Querida lectora, querido lector: ¿cómo estás? Te saludo esta vez desde la antigua y verde ciudad de Atlixco, en el estado de Puebla. Hace tan sólo algunos años —antes de que Chihuahua llenara de polvo e ilusiones las suelas de mis tenis— venía seguido a este municipio cercano a la Angelópolis, donde se dice, igual que en Cuernavaca, que la primavera es eterna. Por cierto: desde hace algunos lustros se tiene la costumbre de inundar de luces multicolores las calles atlixquenses, justo en épocas navideñas, regalándole al pueblo una tradición más y, de paso, una razón feliz para recibir turistas. A esta curiosa actividad se le ha llamado “Villa Iluminada” y, francamente, vale mucho la pena.
El cierre de cada año se vive distinto en el mundo. En Japón, por ejemplo, en muchos templos budistas se toca una campana 108 veces para “limpiar”, simbólicamente, las alegrías y los dolores antes de estrenar calendario. En Escocia, una persona es elegida para realizar el first-footing, es decir, aquella que entrará a la casa en el primer instante del año; su deber es traer regalos a los moradores: carbón (calor de hogar), pan (comida abundante) o whisky (buena convivencia y paz).
Para los mexicas, el cierre también era diferente. Su principal calendario estaba dividido en 18 meses de 20 días cada uno; la suma resultaba en 360 días, muy similares a los que tenemos en la actualidad. Lo curioso es que, tras cumplirse todas las veintenas, venían algunos días adicionales llamados nemontemi (días vacíos). Durante esas fechas —consideradas típicamente de mala suerte— no se realizaban actividades ni se celebraba a los dioses.
Cada que los ciclos solares y lunares coincidían en su cierre, se decía que una era había terminado; esto sucedía cada 52 años. Ese gran final, durante los nemontemi, se llenaba de misticismo y los sacerdotes buscaban la cima de los cerros para saber si el Sol volvería a brillar o si abandonaría por completo a la humanidad; a esa ceremonia se le llamaba “del fuego nuevo”.
Sea cual sea la cultura, los últimos momentos de cada calendario se viven con recogimiento y respeto. A mí me gusta imaginar que los habitantes de aquellas comunidades mesoamericanas eran asaltados por las mismas preguntas e inquietudes que me invaden en esos instantes de transición: ¿qué dejar ir?, ¿qué guardar? Por un lado, el reto de dejar atrás los momentos dolorosos, los recuerdos trágicos, las relaciones tóxicas, los hábitos malsanos, los empleos y patrones ingratos —por no darles un adjetivo más escandaloso—; por otro, atesorar las vivencias felices, los aprendizajes, los seres que llegaron, los acuerdos, los besos y los abrazos.
Finalmente, mientras camino por estas calles encendidas de Atlixco, en medio de estos nemontemi —como si el pueblo hubiera decidido alumbrar también lo que no se ve—, me permito un pequeño ritual: agradecer lo que fue, soltar lo que pesa y guardar lo que importa. Que el año nuevo llegue como llegan las buenas noticias: sin tanto ruido, pero con luz suficiente para seguir andando.
Voy y vengo.
Dr. Luis Gerardo Ortiz Corona,
profesor e investigador.