enero 28, 2026, Puebla, México

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Memoria de mi madre / Manuel Espinosa Sainos

A veces, en las tardes, cuando la soledad se posa en la rama de un árbol y canta su desconsuelo, la veo ahí tendida, sonriendo, como si acabara de morir para entrar a un mundo sin penas ni dolor y sin ese maltrato que desde la infancia y durante toda su vida sufrió.

Nunca supe lo que por última vez quiso decirme. Sus labios se habían callado desde semanas antes. ¿Cuáles hubieran sido sus últimas palabras? Tal vez el búho que noches antes vino a dejar su mensaje lo reveló, pero nadie le entendió, ni siquiera yo.

Éramos tan felices ella y yo. La recuerdo con mucho cariño y aunque llevo años viviendo fuera de Ixtepec, su amor completo era para mí, para nosotr@s, así me lo demostraba cada vez que iba a la casa que le fue donada durante los desastres naturales de 1999.

Recuerdo aquella tarde de mi infancia, afuera de la casa, ella venía distraída, todos los bancos de madera acomodados cual si fueran unos caballitos que cargaban alegrías que yo mismo había inventado. Eran asientos de troncos que mi padre había echo con sus propias manos. -Ay dios mío-, se dio un azotón con todo y niño en la espalda y ahí quedó tendida boca abajo.

Fue la única vez que conocí su furia. Nunca supe si en otras ocasiones sustituyó la sonrisa de sus labios por un cúmulo de majaderías. Eso fue muchos años antes del desastre, como un desastre es ahora, mi corazón.

¿Qué palabras profundas me hubiera dicho? ¿qué consejos? ¿o aun habría querido darme mi merecido por mis travesuras?

Aun la veo ahí tendida, en aquella cama de metal, en aquel cuarto frío, sin palabras, sin movimientos, sin un abrir ni cerrar de ojos, sin esa sonrisa que la caracterizaba siempre y con un montón de cables conectados a su cuerpo.

Dicen que la esperanza muere al último, pues en mi caso nunca murió. Recuerdo muy bien cuando le hablé. Le hablé desde el dolor y la alegría, desde el corazón y el cerebro, desde el presente y el futuro, destapé mi corazón para sacar las palabras escondidas, le hablé con la tranquilidad de un hijo a una madre que duerme y que sabe que se va para nunca más volver.

Entonces, así quieta como estaba, de su rostro rodaron un par de lágrimas y sentí un leve apretón de sus dedos posados en la palma de mis manos. Esa fue la última comunicación que tuve con ella.

Todos los días era igual, ninguna noticia alentadora, pero esa vez el médico dijo que había una leve mejoría y me mandaron a comprar medicamentos. Corrí lo más que pude a la farmacia, estaba feliz pues por fin había una buena noticia. Regresé a los pocos minutos a entregar los medicamentos, pero ella ya había partido para siempre.

Cómo olvidarla, así tendida, con sus trenzas de lado a lado de la cama, y en sus labios, con ese adiós de los amores que nunca vuelven.

Aún conservo los primeros zapatos. ¡Cómo olvidar aquel día! Se despojó de sus enaguas para ponerse un vestido de flores y así intentar adaptarse en la gran ciudad de México hasta donde nos llevó a vivir durante casi un año, nunca la había visto así.

-Pobrecito niño, mira como lo traes así descalzo, ¿no se da usted cuenta de que los microbios le van a hacer daño en sus piececitos?-, dijo aquella mujer citadina a la que ella le lavaba la ropa.

Ajena a nuestra comunidad, lejos estaba ella de imaginar que en este pueblo la mayoría de los niños crecimos así, en contacto directo con la tierra a través de nuestra piel.

Fue entonces cuando entendí que no toda la gente que no es de nuestro pueblo es mala, que hay algunas, quizás pocas, personas con una mejor posición económica que también tienen corazón y comparten lo que tienen.

Compadecida, aquella mujer que no hablaba como nosotros nos dio una taza de leche, pan, ropa y zapatos. Fue la primera vez que probé el sabor de la leche y lo que se siente tener calzado. Aunque buena, nunca volvimos a saber de la mujer citadina.

Eso fue cuando vivimos en la Ciudad de México, cuando ella se había separado de mi papá, luego de que éste le puso un machete en el cuello y salimos huyendo de la casa y nos dirigimos a la ciudad aún cuando ella casi no hablaba español, porque si nos escondíamos en el pueblo nos iba a traer y otra vez los golpes de siempre.

Así la recuerdo, como una madre trabajadora, huyendo de la violencia cotidiana, entregada a sus hijos para que no les faltara nada, abriendo un camino de amor.

¡Cuánto hubiera dado por estar con ella de nuevo¡ 17 años no han sido suficientes para curar su ausencia. A veces la pared se viste de dolor y llora conmigo. Aun la veo en todas partes, aun la escucho y me duele…

* A la memoria de mi madre que se quedó dormida para siempre un día como hoy hace 17 años en el hospital de Teziutlan, y en memoria de los que tienen en estos tiempos algun ser querido en el hospital, porque el dolor no es ni debe ser ajeno.

Manuel Espinosa Sainos. Poeta, traductor y comunicador totonaco.