enero 28, 2026, Puebla, México

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Cuando trabajar sale caro: por qué el sistema castiga a quienes lo intentan / Revista sin permiso

Un debate sobre la renta básica en Catañuña

Sergi Raventós fue el Jefe de la Oficina del Plan Piloto de la Renta Básica en Cataluña entre 2021 y 2024. Doctor en Sociología por la UAB y miembro de la Junta de la Red Renta Básica. Revista sin permiso

La asociación Xarxa Renda Bàsica cumplirá el próximo mes de febrero 25 años, y en este cuarto de siglo la propuesta de la renta básica (RB), aunque ha sido un camino complicado, ha avanzado bastante en su difusión y conocimiento. De hecho, es una medida que se ha debatido en muchísimos actos, espacios y jornadas a lo largo de todo este tiempo, y su apoyo según las últimas encuestas es alto. Aun así, sigue habiendo bastante desconocimiento y algunas críticas a la propuesta.

La gente que formamos parte de la Xarxa hemos escuchado —y seguimos escuchando— en muchos debates y también en las redes sociales que las personas que tuvieran una renta básica universal no trabajarían o no querrían trabajar. Seguramente esta es una de las cuestiones más controvertidas cuando alguien empieza a oír hablar de esta propuesta.

En Cataluña, como en el resto del mundo, el debate sobre la renta básica suele moverse entre cifras, modelos económicos y grandes principios y justificaciones filosóficas, pero a menudo se pierde de vista una pregunta más sencilla: ¿qué pasa hoy, en la vida real, con las personas que intentan trabajar mientras reciben alguna prestación de las actualmente existentes?

Las respuestas no siempre son cómodas. De hecho, en muchos casos, trabajar puede significar perder estabilidad, ingresos y seguridad. Las historias de Marta y Manel —dos personas reales con nombres cambiados— lo ilustran con claridad.

Marta: cuando el miedo a perder la pensión pesa más que las ganas de trabajar

Marta tiene 52 años y vive en el área metropolitana de Barcelona. Hace una década sufrió una lesión crónica que le impidió seguir trabajando en su empleo habitual. Tras un largo proceso administrativo, consiguió una pensión por incapacidad parcial, con la que apenas puede cubrir los gastos básicos.

Su salud no le permite trabajar ocho horas al día, pero sí hacerlo algunas horas a la semana. De hecho, tiene formación administrativa y experiencia laboral, y sabe que podría aportar valor en trabajos adaptados: atención telefónica, tareas de apoyo, gestión de datos…

El problema es que el sistema no se lo pone fácil. Si acepta un trabajo y supera ciertos ingresos, puede perder la pensión. Y si el trabajo no funciona —algo bastante probable en un mercado laboral precario—, recuperarla puede significar meses de espera, informes médicos, recursos e incertidumbre.

Así que Marta hace lo que hacen muchas personas en su situación: renuncia a trabajar. No por pereza, ni por falta de voluntad, sino porque el riesgo es demasiado alto. El sistema le está diciendo, de manera implícita: mejor no te muevas.

Con una renta básica incondicional, la situación cambiaría radicalmente. Marta podría complementar sus ingresos trabajando cuando la salud se lo permita, sin miedo. El trabajo dejaría de ser una amenaza y pasaría a ser una opción real.

Manel: la trampa de la pobreza en un mercado laboral precario

Manel tiene 38 años, vive en una ciudad mediana catalana y es padre soltero de dos hijos. Recibe una prestación asistencial condicionada mientras busca empleo. Con ese dinero paga el alquiler, la comida y poco más.

Trabajo, encuentra. Pero es el trabajo que abunda: contratos de días o semanas en logística, limpieza o restauración. Cada vez que acepta uno de estos trabajos, la prestación se le reduce o se le retira. Cuando el contrato termina, tiene que volver a empezar el calvario administrativo para recuperarla.

El resultado es perverso:

  • Semanas sin ingresos mientras espera resoluciones.
  • Endeudamiento puntual.
  • Estrés constante.
  • Y una sensación clara de que trabajar no lo saca de la pobreza, sino que lo hunde más.

Manel no rechaza el trabajo; rechaza la inestabilidad extrema que el sistema le impone. Con una RB, podría aceptar cualquier contrato sabiendo que, pase lo que pase, habrá un ingreso garantizado a final de mes. Esto no eliminaría la necesidad de trabajar, pero sí el miedo a quedarse sin nada.

El problema no son las personas, sino el diseño del sistema

Estos dos casos muestran una realidad incómoda: muchos subsidios condicionados, tal como están diseñados, penalizan el esfuerzo, la iniciativa y la transición hacia el trabajo. No porque sea la intención, sino porque funcionan como una red llena de nudos.

En un contexto como el catalán, con:

  • trabajos parciales y temporales,
  • salarios bajos,
  • trayectorias laborales discontinuas,

este tipo de prestaciones genera lo que a menudo se llama trampa de la pobreza: salir del sistema de ayudas puede ser más arriesgado que quedarse en él.

La RB propone un enfoque diferente. No pregunta quién “merece” ayuda ni bajo qué condiciones. Simplemente garantiza un suelo de seguridad económica sobre el que las personas pueden construir su vida laboral, familiar y personal.

Más libertad, menos miedo

La gran diferencia no es solo económica, sino psicológica y social. Con una renta básica:

  • trabajar siempre suma, nunca resta;
  • desaparece el castigo a quien prueba, falla y vuelve a intentarlo;
  • y las personas recuperan margen de decisión.

Marta podría trabajar sin miedo. Manel podría aceptar trabajos sin arriesgar la supervivencia familiar. Y la sociedad en conjunto dejaría de gastar energías en controlar y sospechar, para empezar a confiar.

Quizás el debate sobre la renta básica no debería seguir preguntando si la gente no trabajaría o trabajaría menos, sino si podemos permitirnos continuar con un sistema que castiga justamente a quienes lo intentan.