Estos días se me han extendido innecesariamente. Comencé a vivir una etapa involuntaria de descanso que me tomó por sorpresa a finales del año pasado; bueno, ni tan involuntaria, porque en los últimos meses de 2025 ya venía deseando un epílogo a un proceso laboral desgastante que me fue robando, poco a poco, la paz, el optimismo y la autoestima. Así que, muy en el fondo del corazón, yo mismo decretaba ese final. Y tampoco tan “de descanso”, pues me mantengo ocupado con mis hijos, mis proyectos de investigación y escritura, mis clases y la búsqueda —obvia, inevitable— de otra opción que despierte en mi alma la misma curiosidad y pasión.
Tal vez estas líneas puedan servir de desahogo para muchas de las inquietudes, preguntas y reproches que traigo en la mente; sin embargo, prefiero decir que, a mis 36 años, esta es la primera prueba de este calibre que me toca enfrentar: separarme de un empleo muy querido, muy respetado y en el que sentí pertenencia. De hecho, cuando lo retomo mentalmente, el cariño está intacto hacia su gente, su marca y su legado. Mi agradecimiento es total; bueno, casi total, y es que debo dejarle algo a la fatalidad, al amor imposible, a la lucha que pudo ser y no fue. Como en muchos cuentos, historias y crónicas, siempre hay una villana —o un villano— que se empeña en desacreditar, corromper o destruir la poca salud física o mental del protagonista; aunque, a veces, no son sinvergüenzas quienes acechan, sino las circunstancias inexplicables del destino.
Hace algunos años, la película Ustedes los ricos nos regaló uno de los finales más trágicos que la cinematografía nacional pudo imaginar: la muerte del hijo de Pepe “el Toro”. Luego de una historia conmovedora y sumamente angustiante, cuando todo parecía resolverse poco a poco para llevarnos a un “y fueron felices para siempre”, la narrativa se oscurece súbitamente, arrebatándonos la poca fe que nos quedaba y hundiéndonos en un naufragio en medio de un mar de lágrimas. Nadie entendió por qué el director del filme, Ismael Rodríguez, accedió a incluir semejante puñalada al corazón. Tal vez sea sólo cine, pero creo que muchas personas vivimos episodios similares cuando resistimos, insistimos y persistimos —parafraseando la letra de “Las dos caras del amor”, de Fito Páez— y, aun así, perdemos. Nos sentimos como el perro más flaco: ese al que más pulgas se le cargan.
Se dice que cuando más oscurece está más próximo el amanecer; también, que “al final todo estará bien, y si no lo está es que aún no es el final”. En la película antes mencionada, protagonizada por Pedro Infante y Blanca Estela Pavón, ella —la inolvidable “Chorreada”— le dice a su marido, en medio de la fatalidad, que tiene derecho a llorar, pero que no olvide que Dios da y Dios quita. Unas escenas más tarde, como si se tratara de una premonición, la fe de esa mujer de acero se ve recompensada con dos nuevos bebés, fruto del amor de los protagonistas, mencionados como compensación divina frente a la pérdida tan espantosa del primogénito. De la misma manera, quienes perdemos sin culpa algo tan apreciado como una pareja o un empleo, somos colocados —socialmente— en las manos de Dios o de los refranes, para que, de alguna forma, se haga justicia y se nos compense por aquello que nos fue privado.
Como pueblo estamos acostumbrados a mirar la tragedia con una buena carga de pensamiento mágico, justificando tropelías o abusos, muertes o finales, bajo la idea de que Dios sabe por qué hace las cosas y de que, al final, siempre nos tiene algo mejor. No creo ser diferente: tengo mucha fe. Sin embargo, sí me parece fundamental no cargarle la mano a la metafísica, a lo invisible, al karma o a los dados celestiales. A veces hace falta algo más terrenal: hacernos escuchar, pelear por un sitio más digno en la vida y alcanzar, por nosotros mismos, aquellos lugares donde podamos trascender.
Voy y vengo