La maga pintada de azul
II
—Está bien, querida Lola, tú lo quisiste. Cuida a tu hermano, que no se acerque –dijo Edgardo–, no me vaya a acusar de estar pervirtiendo a su hermanita.
“In illo tempore, dice la leyenda, había una mujer llamada Xochitl López Tepale, originaria de San Pablo del Monte, allá por los rumbos de Tlaxcala. Era verdaderamente guapa. En ella se expresaba la belleza mestiza de las mujeres del altiplano mexicano. Cara redonda con ojos negros sutilmente rasgados, piel morena y una cabellera larga y lacia, con la que tejía dos trenzas gruesas que adornaban su cabeza. Tenía, además, un cuerpo bien formado; era joven, fuerte y sana; también era muy trabajadora y estaba acostumbrada a cualquier tipo de tareas, pues no le temía al cansancio, a nada. Xóchitl casi rebasaba los treinta años de edad y no era insensible al coqueteo de los varones que la admiraban, o de los que tenían la suerte de verla por la calle, de solazarse con su meneo sensual al caminar. Xóchitl se sabía, pues, atractiva y deseada.
“La señorita López Tápale desde jovencita aprendió de su abuela las artes de la sanación y la hechicería. La anciana era una indígena muy respetada en los pueblos que rodean a La Malinche. Curaba a sus habitantes de todos los males, físicos y espirituales.
“—Fíjate bien en estas ramas, Xóchitl –le decía la abuela, mostrándole el arbusto que las producía–, procura siempre llevar una contigo bajo las enaguas. Te servirá para defenderte de los hombres. Sólo debes ‘encenderla’ con un sencillo ritual que te enseñaré. A los machos, por ejemplo, los podrás paralizar de muchas formas cuando quieran portarse mal, si intentan propasarse contigo o también si se oponen a tus deseos. Los puedes enmudecer, engarrotar, cegar, debilitar y muchas cosas más dependiendo del encantamiento que pronuncies.”
—Yo necesito una varita de esas –interrumpió Lola el relato, con entusiasmo–. Para frenar a la perrada, je, je… Perdón, Edgarcito, sigue, sigue contando.
“Así, la chica Xóchitl, día con día, fue aprendiendo todos los secretos de la herbolaria y la variedad de hechizos de la abuela. Llegó a conocer la diversidad de plantas de la región y sus nombres en español, náhuatl y latín, lenguas que llegaría a dominar más tarde, trabajando en una academia de lenguas clásicas, cuyo director le pagaba sus servicios dejándola asistir a los cursos. También sabía de cortezas de árbol, raíces, semillas; hongos buenos y hongos dañinos; flores, polvos y minerales con los que hacía variadas mezclas y pócimas. Aprendió, además, los aspectos doctrinarios de la sanación y la magia, que comprendían creencias religiosas sincréticas y un diversificado menú de rezos, sortilegios, invocaciones, danzas y cánticos. Con este valiosísimo bagaje místico y naturista, la joven era desde los veinte años una apreciada curandera, heredera del conocimiento mágico de los pueblos del volcán. ¡Una mujer poderosa!”
—¿Más chida que doña Sabina, la oaxaqueña, no? –preguntó Eduardo Canty, que iba con la oreja parada siguiendo el relato de Edgardo.
—Nel, Canty –respondió–, María Sabina es chamana mazateca, de otras experiencias sensoriales y místicas. ¡Ya no me interrumpan!
“Un buen día, Xóchitl se marchó inopinadamente a la ciudad de Puebla. Allí trabajó durante un buen tiempo en diversos lugares: como mesera en cantinas y marisquerías, dependienta en tiendas de abarrotes y cocinera en algunas fondas; fue afanadora de hospital, taxista… En fin, exploró cuanto empleo le garantizara lo básico para vivir y ahorrar un dinerito con el que se proponía poner un puesto de hierbas medicinales en el mercado La Victoria. Por lo demás, Xóchitl siempre guardaba en secreto sus poderes excepcionales de curandera, sólo los usaba para alguna intervención urgente. Después de algún tiempo, cuando tuvo que hacer un balance de lo que había ahorrado para montar su negocio, la joven López Tepale se dio cuenta de que era muy poco capital con el que contaba. No le alcanzaría ni para rentar una pequeña accesoria en el mercado.”
—Debió ser menos ambiciosa la Xochitl –dijo Lola, presumiendo que sabía del tema–, había la opción de otros mercados como el Acocota, el Hidalgo y hasta el Carranza. Yo he acompañado a mi madre a los dos primeros y hay varias marchantas de hierbas raras.
—¿Apoco vas al mercado con tu mami, Lola? –cuestionó Edgardo. —Creí que esas actividades no las conocías, je, je.
—¡Claro que sí, chico! En mi casa, como en casi todas las casas de la pipopiza, las mujeres tenemos que aprender economía del hogar. ¡Los “juniors”, los fodongos, son los hombrecitos! Ya hasta existe una nueva palabra para definirlos: onvres.
“Bueno –siguió Edgardo, cortando lo que parecía volverse un discurso reivindicatorio de Lola–, Xóchitl decepcionada pensó en otras actividades que fueran más lucrativas. Fue así como llegó a la mansión de la avenida Juárez, recomendada por una dama importante, cuyo nombre no les diré, a la que había sanado de un mal vergonzoso. Allí la contrataron de inmediato con una buena remuneración para servir como ama de llaves, encargada de todo el funcionamiento de la casa y del poco personal de servicio: un chofer, una cocinera y dos jovencitas de media jornada que se encargaban del aseo en general.” (Continuará)