marzo 28, 2026, Puebla, México

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Divulgar la ciencia en un entorno de posverdad y neoscurantismo / Revista Elementos BUAP

Enrique Soto Eguibar
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El cambio en los hábitos de lectura, impulsado por la digitalización y el acceso masivo a Internet, entre otros factores, ha modificado drásticamente las condiciones de producción y consumo de contenidos científicos (Salceda, 2025). Como anticipaba Marshall McLuhan –“el medio es el masaje”–, los medios modifican el curso y el funcionamiento de las relaciones y las actividades humanas; o, dicho de otra manera, el medio es uno de los determinantes del tipo de mensajes y del contenido de lo que se produce. Los medios que McLuhan denominó como calientes se caracterizan por su alta definición, claridad y sencillez, lo que facilita la comprensión del contenido. Esto reduce la necesidad de interpretación y la participación activa del receptor, quien puede consumir la información con una implicación intelectual mínima (McLuhan, 1969; McLuhan y Fiore, 1969). Hoy, los medios de divulgación de la ciencia –usualmente fríos– compiten con una infinidad de contenidos calientes en redes sociales, podcasts, videos de YouTube, TikToks y blogs.

EL DESAFÍO DE LOS MEDIOS: SIMPLIFICACIÓN Y ESPECTÁCULO

Cabe señalar que los medios de comunicación, tal como ha señalado McLuhan, constituyen en sí mismos un elemento clave que introduce cambios de escala, ritmos o patrones en los asuntos que se comunican. Así, encontramos que los medios distintos a la escritura, como la radio o la televisión, implican un ritmo de expresión rápido que por lo general no es compatible con la comunicación en ciencias, menos aún cuando se consideran las contradicciones y dudas que existen en tal o cual asunto. Ni qué decir de TikTok o de las redes sociales, que implican mensajes cortos, con contenidos precisos y “divertidos”. Terminamos, así, realizando una divulgación científica muy simplificada que no contempla contradicciones, que oculta matices y que frecuentemente lleva a aseveraciones que acaban siendo falsas. Eso sí, la calificamos de divertida. Ello obliga a que la divulgación sea realizada mayoritariamente por especialistas en el manejo de estos medios, quienes con harta frecuencia tienen un conocimiento parcial de lo que están presentando y se introducen errores o verdades a medias, con la buena intención de hacerlo claro y que no sea “aburrido”. Se usan metáforas incorrectas, ejemplos exagerados o fuera de lugar, lo que indudablemente degrada la intención de comunicación científica y contribuye a generar ideas erróneas.

     Paradójicamente, resulta así que la misma tecnología que permite, o permitiría, difundir contenidos científicos con mayor alcance, también dispersa a las audiencias y amplifica discursos pseudocientíficos, teorías conspirativas, noticias falsas y desinformación. Durante la pandemia por COVID-19, esta tensión fue especialmente evidente. El objetivo de estos medios no es informar, sino generar tráfico en los sitios para vender publicidad (Badillo, 2025).

EL MARCO FILOSÓFICO: POSMODERNISMO, POSVERDAD Y RELATIVISMO

Si ponemos esto en un contexto posmoderno, encontramos que el lenguaje ya no describe la realidad, sino que la inventa: el mapa se come al territorio. Hoy vivimos en hiperrealidades en las que los algoritmos nos dicen qué desear antes de que lo sepamos; las redes sociales son el sueño posmoderno (Baudrillard, 1978).

     Si algo caracteriza a lo posmoderno es el rechazo de las ideas de progreso y verdad, al tiempo que se abraza al relativismo y al subjetivismo (de ser posible, “cuánticos”). La comunicación de la ciencia enfrenta dos grandes problemas: uno, la posverdad, en la que se relegan los hechos objetivos y se forma opinión pública suscitando la emoción y las creencias personales. La posverdad puede distorsionar deliberadamente la realidad con fines políticos, ideológicos o económicos. El otro, el relativismo corriente, que niega la existencia de verdades absolutas argumentando que el conocimiento y la verdad son relativos a factores como el individuo, la cultura o el contexto, y son un asunto individual: la verdad es, verdaderamente, incognoscible. Con ello se ecualiza el conocimiento y el saber académico tiene así el mismo valor que cualquier opinión. Lo importante es lo controversial o polémico, que suscita interés, siembra dudas y produce likes.

     El relativista confunde el deber de respetar a la persona que opina y su derecho a opinar con el deber de respetar toda opinión. Pero en realidad no tenemos por qué aceptar todas las opiniones, por el simple hecho de que no todas las opiniones son válidas. Incluso, tenemos el deber de refutar las opiniones falsas y dañinas (García de Yegüez, 2011).

     Debemos anotar que el relativismo tiene una lógica que, estrictamente, es correcta; el buen juicio nos lleva claramente a la conclusión de que los argumentos totalizadores y el cientificismo son incorrectos, en muchos casos refieren a la vanidad, y en términos académicos entendemos que, si existe una verdad, esta tiene un carácter estadístico. La racionalidad dialógica entre pares existe y debe promoverse, pero en medios y ante audiencias académicas. La equidad epistémica vale, pero siempre y cuando compartamos cosmovisiones y la idea misma de equidad, y no haya de por medio creencias definitivas que empantanen toda discusión. Cabe anotar que, si el relativismo estricto fuese cierto, también sería cierta la tesis contraria; luego, el relativismo es falso (Platón, 369/368 a.C.).

     La desinformación digital contribuye a complicar el panorama de la comunicación de la ciencia, que hace uso de las redes sociales para difundir teorías conspirativas o pseudocientíficas, erosionando la confianza en fuentes verificadas, llegando así al relativismo extremo que lleva a equiparar opiniones infundadas con hechos (“toda verdad es subjetiva”, claman sus defensores), socavando el diálogo racional. Y aquí hay que señalar a los fanatismos ideológicos y a los dogmatismos políticos, religiosos o culturales que censuran el pensamiento crítico.

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