III
“La mansión no era una casa cualquiera, la habitaba una curiosa familia ‘compuesta’, muy liberal, formada por una chica de no más de 17 años de edad, llamada Bianka Elmersson y siete varones. La jovencita jugaba aquí variados roles en la relación: era a la vez esposa, hermana y madre de los muchachos. Esta forma singular de convivencia familiar no era conocida por el vecindario; aun así había sospechas, mucha expectación y todo tipo de rumores sobre lo que ocurría tras esos muros, habida cuenta del conservadurismo que privaba en la Angelópolis.”
—¡Ja, ja, ja! Ya me imagino el chismerío de los alrededores –comentó Canty, soltando fuertes carcajadas.– De seguro, en las calles aledañas, hasta se alquilaban cuartos con telescopio para fisgonear dentro de la casa.
—¡Basta, Canty! Lo calló Edgardo. Deja de exhibirte frente a Lolita. Eres un voyeurista incorregible, ¡ja, ja, ja!
De pronto, Lola detuvo la marcha del grupo. No aguantó las ganas de asomarse al interior de la mansión. Tal vez pensó que lograría ver algo interesante.
—¿Lola, qué haces? –la reconvino su hermano Fausto, siempre refunfuñando de cualquier cosa que hiciera su hermana. —Deja de curiosear, te pueden picar un ojo.
—Ja, ja, ja, –estallaron en risas todos los chicos.
—Allí te pican otra cosa –dijo El Gomas, mostrándose como el cretino que era.
—Fausto, tu sigue discutiendo sobre marcas de coches ¬–dijo Lola– y deja de molestar.
—No pasa nada Fausto, aquí la vamos cuidando Canty y yo, además en esta casa deben estar todos dormidos, Lola llegará sana y salva a su camita –dijo Edgardo y siguieron su marcha.
“La chica de la mansión y su tribu eran de origen europeo –continuó Edgar su relato. —Ella provenía de la región de Escania, –había nacido en Malmö, Suecia–, si bien su familia era de origen danés. Bianka era bella de la cabeza a los pies. Parecía una granjera de las que anuncian el queso azul o la cerveza Carlsberg: alta y güera, con una inmensa cabellera dorada más larga que la de Melissande; de labios sutiles y pechos que ya se dibujaban generosos. Los varones, por su parte, eran como personajes imaginados por Tolkien. Se sabía poco o nada de su origen y cómo entraron en contacto con Bianka. Hablaban todos, ella incluida, un castellano con rasgos septentrionales. El acento hacía suponer que habían vivido en alguna zona de los Pirineos. A pesar de su talla reducida, los chicos eran un ejemplo de trabajo: tenían en la colonia La Paz un taller de reparación de relojes, joyería, juguetes antiguos, muñecas y aparatos mecánicos pequeños, que gozaba de muy buena reputación y clientela. Pero también ponían mucha atención a las tareas del hogar y en el cuidado de la chica. Serían unos hombres perfectos, de no ser porque padecían acondroplasia. Sí, los peques contaban con todas sus funciones en regla, tenían gran vitalidad y portaban cada uno un paquete de buen tamaño, que envidiarían muchos gimnastas presunciosos del Club Deportivo Alfa. La displasia ósea, ciertamente, los hacía verse como infantes regordetes, pero en realidad eran hombres hechos y derechos, cuyas edades fluctuaban entre los treinta y cuarenta y cinco años, si bien con una estatura minúscula.”
—¿Enanoooooos? –exclamaron Lola y Canty casi al unísono, con los ojos redondos de asombro.
—Así es –asintió Edgardo.
—Y co-como..? –balbuceó Lola, que repentinamente se imaginó el escenario.
Pues sí, –reiteró Edgardo. —”Toda la familia, chicos y chica, vivían felices con su modelo de relaciones maritales. Habían logrado un altísimo nivel de convivencia y un entendimiento muy sofisticado y placentero. Cada muchacho aportaba su genio y pasión a las relaciones con Bianka, lo que le daba un colorido muy diverso a los nexos conyugales. A su vez, Bianka recreaba con cada consorte su vívida imaginación e imprimía al ayuntamiento carnal toda la plasticidad de su hermoso cuerpo, convirtiendo los abrazos eróticos en rítmicas danzas orientales.”
—¡Ah raza, tenían un verdadero congal! –dijo Canty.
—No seas grosero Eduardo, –reaccionó Lola, divertida– se deben respetar las nuevas formas de relación familiar, de creatividad humana, y dejar de satanizar el sexo, je, je.
—¡Lola, ya te oí! –gritó Fausto, emputado–, ¡aléjate de ese par de cabrones!
—Les digo que no interrumpan –intervino Edgar, dirigiéndose a Lola y Canty. – Escuchen y callen por favor. Luego me dices, Canty, con cuál de los enanos te gustaría pasarla, ¡ja, ja, ja!
“Las inusitadas relaciones sexuales y juegos eróticos no tenían nada de extraordinario, exótico, ni inmoral para esa comunidad, pues se había entregado durante un tiempo a las enseñanzas del gurú Ganesha Saddhi, alumno del gran Vatsyâyânâ. El famoso yogui llegó a ser el único varón que el octeto dejó entrar en su intimidad. Con él practicaron las maravillosas orientaciones del Kãmã Sutrã y la ética y hábitos de vida de la filosofía hindú.” (Continuará)