mayo 7, 2026, Puebla, México

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Escribir como quien camina / Armando Pliego Ishikawa

Al mirar hacia atrás descubro que, incluso en estos tiempos vertiginosos, en los que el contenido audiovisual se impone sobre casi toda forma de consumo cultural, encuentro en la palabra escrita una apuesta por la paciencia, la pausa y la reflexión más ponderada, con todas las desventajas que esto supone en términos de alcance

En “La inmortalidad”, Milan Kundera distinguía entre el camino y la carretera. La carretera, decía, une un punto con otro; su sentido está en llegar. El camino, en cambio, tiene sentido en cada tramo. Invita a detenerse. Es un elogio del espacio. En el mundo de las carreteras, la belleza aparece como una isla entre destinos. En el mundo de los caminos, la belleza es esa colección ininterrumpida y cambiante de elementos que nos invita a detenernos cada cuanto. 

Me gusta pensar la escritura como camino. Escribir, cuando se toma en serio, obliga a detenerse. A mirar dos veces. A escuchar mejor. A sospechar de la primera respuesta. A reconocer matices. Encontrar belleza, dolor, contradicción y sentido en los tramos que la prisa suele borrar.

Antes de estudiar la licenciatura en comunicación, ya escribía. Antes de entender la escritura como hábito, ya la intuía como una forma de estar en el mundo: mirar con más atención, ordenar lo que parecía confuso, nombrar lo que incomodaba y dejar constancia de aquello que no quería olvidar. 

Mi colaboración en medios escritos comenzó cuando todavía estudiaba física. Venía de participar en el movimiento estudiantil #YoSoy132 y, por una amiga que conocí en ese proceso, llegué con Benjamín Paz, quien me ofreció un trabajo de medio tiempo como redactor en el extinto LatinPost. Ahí estuve poco menos de un año. Fue ahí donde pedí la oportunidad de escribir una columna de opinión sobre el debate por la presidencia municipal de Puebla, durante las elecciones locales de 2013. Mi primer texto en este género. 

Esa primera opinión abrió otra puerta. Héctor Rodrigo Ortiz, quien leyó mi columna sin conocerme, me contactó por twitter para invitarme a escribir un blog autogestionado en todopuebla.com. Publiqué allí alrededor de treinta entradas. En esos años viví una transición que marcó mi vida: dejé la licenciatura en física, comencé a estudiar Ciencias Políticas y Administración Pública en el sistema abierto de la UNAM, viajando todos los sábados a la Ciudad de México, y de lunes a viernes cursaba Comunicación en la BUAP.

Por esas fechas leí el blog de una vieja conocida que escribía en un medio local de Pachuca sobre sus experiencias de caminabilidad durante un intercambio en Europa. Hablaba de caminar, de accesibilidad peatonal, de calles que invitaban o expulsaban, de ciudades pensadas para las personas o contra ellas. Leerla me dejó una marca. Quien me conoce mejor, seguro ya ha escuchado esa anécdota que nunca dudo en contar cuando me preguntan sobre mis motivaciones para perseguir esta vocación. 

Fue en ese tiempo cuando gracias a esas reflexiones y a mis propias vivencias en las calles y el transporte público de Puebla y CDMX, empecé a escribir sobre la ciudad, todavía sin mucho rigor y más bien desde la inquietud. Desde esa sensación, primero intuitiva y luego cada vez más clara, de que algo estaba profundamente mal en la forma en que la habitábamos; de que valía la pena preguntarnos qué podíamos hacer para cambiarla, y de que en las calles había una respuesta importante frente al flagelo que hoy representa moverse para muchas personas.

La escritura, en mi caso, pasó de ser sólo una forma de narrar lo que veía, a convertirse en una puerta de entrada a la acción pública.

Por esos años trabajé con Sergio Mastretta en Mundo Nuestro, escribiendo crónicas sobre temas ambientales en Puebla. Después vendrían otros espacios, algunos constantes y otros esporádicos: Lado B, Animal Político, El Chamuco, y más recientemente, e-consulta. Cada uno fue, a su manera, una parada en este camino. Escribir ha sido parte fundamental de mi trayectoria profesional,y de mi propia formación como ser humano.

Creo en las letras y en su capacidad para cultivar y cuidar la memoria, y en su potencia para ordenar la rabia sin apagarla. Creo en la posibilidad de que una idea bien trabajada ayude a mirar distinto un problema que parecía de inicio muy grande para poder entenderlo. Creo en la escritura como una forma de ofrecer a las personas marcos para analizar la realidad y, en el mejor de los casos, transformarla.

Después de casi treinta publicaciones de opinión en e-consulta entre 2025 y 2026, me despido de ese espacio por los motivos que ya han sido expuestos en el texto que suscribí junto con otras y otros articulistas, frente a la injerencia gubernamental en su línea editorial. No quisiera convertir esta columna en una explicación adicional de esa decisión. Lo importante ya fue dicho públicamente, aunque aprovecho estas líneas para agradecer a Rodolfo Ruiz, y creo que esta salida me exigía también una reflexión sobre mi relación con la escritura. 

Al mirar hacia atrás descubro que, incluso en estos tiempos vertiginosos, en los que el contenido audiovisual se impone sobre casi toda forma de consumo cultural, encuentro en la palabra escrita una apuesta por la paciencia, la pausa y la reflexión más ponderada, con todas las desventajas que esto supone en términos de alcance. 

No sé si me leen muchas o pocas personas. Sí sé que quienes me han leído y me lo han hecho saber merecen toda mi gratitud. Me recuerdan que todavía existimos quienes apostamos por apreciar los detalles del camino, en lugar de dejar que los ojos fijos en el destino nos distraigan del proceso.

Escribir sobre movilidad, espacio público y ciudad es para mí algo más que hablar de banquetas, ciclovías, transporte o de leyes. Se trata más bien de una forma de discutir con mis conciudadanos sobre las vivencias a las que aspiro compartir en las calles. Ha sido además parte de mi camino en la construcción de mi identidad como ciudadano, y quizás de esta humana aspiración por trascender. 

La ciudad se disputa con ideas. Las ideas se expresan en palabras. Y para fortuna de nuestros egos, las palabras también se escriben para perdurar. 

Una forma de decir: estuve aquí, vi esto, esto me importó, esto me dolió, esto no debe olvidarse. Una apuesta por tender puentes con quienes todavía creen que pensar con calma no es una pérdida de tiempo. Una manera de caminar, paso a paso, contra la velocidad con la que a veces nos quieren conducir de un punto a otro sin permitirnos mirar el paisaje. Por lo pronto, seguiré haciéndolo desde aquí, en Mundo Nuestro.

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