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19 Octubre 2021, Puebla, México.

Cantares de la Ciudad de Los Ángeles / Poemas de Moisés Ramos Rodríguez

Cultura | Poesía | 15.ABR.2021

Cantares de la Ciudad de Los Ángeles / Poemas de Moisés Ramos Rodríguez

Moisés Ramos Rodríguez

Ciudad de los Ángeles, ¿quién soy yo? ¿un ángel que sueña con muertos o un muerto que sueña con ángeles?

 

 

Mundo Nuestro. En el aniversario 490 de nuestra ciudad, el poeta Moisés Ramos Rodríguez ofrece para esta revista digital una selección personal de su libro Cantares de la Ciudad de los Ángeles, publicado por el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Puebla en el año 2017. Las fotografías son de la autoría del propio poeta. Y para dar paso a los poemas, ofrecemos la presentación a la obra de Moisés Ramos Rodríguez incluída en este extraordinario libro:

 

Cantor irredento de la urbe angélica, en este libro Moisés Ramos Rodríguez la toma de los cabellos para mirar en su rostro el espejo negro de la poesía. Un espejo al que se asoma para atisbar un itinerario que hurga en sus raíces y culmina en un ademán profético.

En el centro de un paisaje dominado por la historia y el perfil acerado del Popocatépetl. Ramos nos entrega en Cantares de la Ciudad de los Ángeles una exploración amorosa de la metrópoli (“urbe timorata”) construida y habitada por personajes humanos y divinos: Tlaltecíhuatl, Gutierre de Cetina, los borrachos de la calle. Personaje ella misma, al hacer su sátira y encomio el poeta convierte el comentario de aldea en comentario del mundo:

“No cesa la lumbre si el nombre de la urbe cambia: / no se requiere ser Proteo / para sobrevivir a su tracto diario: / basta con acentuar / lo deleznable del nombre que se creía propio…”

Dueño de una voz que ha ido acendrando sus tonalidades, el autor de estos cantares nos sorprende con la precisión con la que narra esta —a la vez— crónica de ángeles y álbum familiar. Un recuento donde la memoria poética traza puentes entre los anales colectivos y el testimonio personalísimo.

 

 

 

 

Ciudad de los Ángeles / ¿quién soy yo? / ¿un ángel que sueña con muertos / o un muerto en el amanecer?

 

 

 

 

 

 

 

y la miré a los ojos

…una noche

decidí tomar de los cabellos

a la ciudad convertida en fugitiva

—nada más para mirarle el rostro—

 

(estaba yo cantando

como corresponde a quien se precia

de estar solo

o ser poeta)

 

…y la miré a los ojos:

estaba tan fuera de sí

que gritaba ofreciendo mercancías

sentada cómodamente en el retrete de su olvido

No quedaba en ella rastro

de lo que fue su vida regia:

cubierta con harapos 

los pies desnudos y maltrechos

estiraba la mano temblorosa

decorada aún con el brillo

casi imperceptible

de su última joya:

la Octava Maravilla

el Osario de América

 

Pedía

por caridad

el verbo o la palabra que llevarse a la boca

hincado el codo en sus riquezas mal habidas

Nos vimos como se miran

los huérfanos

los gemelos

los cófrades que toda filiación abandonaron

alejados de toda pertenencia

El frío congelaba sus encías deshabitadas

babeaba como quien pierde la palabra

escurrida por la comisura de los labios

pero logró decir

que estaba dispuesta a cortarse las venas del asfalto

para dejar renacer un río limpio

Juró que recuperaría su nombre augusto

para perpetuarlo en un blasón de piedra en la memoria

 

Hablaba creyendo estar iluminada

mientras los dedos de los pies le carcomían las ratas

y las cucarachas le surcaban el rostro virulento

Tartamudeaba 

apoyada en el báculo de sus centros comerciales

Le pedí que dijera su nombre en voz alta

que repitiera el nombre de sus padres

de sus hijos

sus entenados

las hienas que están royendo su cadáver:

ojos nublados de vieja ciega

echó hacia atrás la su cabeza

agitó su bote con monedas

tarareó las últimas estrofas de su himno

y yo me fui a buscar bronca a otra parte

 

+++++

 

Angélica ciudad

 

Cual raíz de planta venenosa

como luminosa frase

la ciudad crece en mi plexo

se bifurca hacia las constelaciones de mis huesos

 

La veo como es:

única

mortal

repetición de sí misma

lejana

plena

sueño de ceniza consumida

 

Cuando crece y se protege

entre el vetusto corazón de arena

y los músculos de la siniestra

¡es tan fácil nombrarla

tan fácil hallar y escribir su verdadero nombre…!

 

Busco el río ahora subterráneo

y la reconozco en el instante

de cara al día

firme y dilatada en el pasado

incrédula del porvenir

—pues sabe que no existe

que lo ve en mí:

una ilusión el es

el será

el era—:

escucho cómo gatean sus pensamientos

cómo golpea contra el corazón aquello que rechaza y más desea

Entonces

ascua de la vida

filtro de la muerte

miro por primera vez su firme trazo

perfectas avenidas

escenario para el enfrentamiento del amanecer pálido

la recurrente noche

Entiendo entonces el su origen

sostengo en lo más alto su voz

—roída    anciana bandera—

horadada por los cuervos

—los sus hijos—

que        diligentes

los ojos le buscan

Cribadora es también esta palabra

y esta mañana ya no la lloraba:

miraba

y me miraba en sus ojos de lagunas niñas del azufre

me sofocaba con sus arterias improvisadas hacia el sur

—al norte ahogando una autopista—

y repetía el nombre de las antiguas calles

tocaba la piel seca

la sangre después de la lidia de los toros

después de los ya acedos juegos de caña

 

No me moví:

convertido en valle y tecajete

contenedor de la Angélica

hurgadora del ombligo

de sí misma

para mirar si florece aún en ella la semilla de Utopía

 

(La he vivido hoy de tal manera

que el sueño me reconoce

el sol me cuenta entre los convidados

trescientos sesenta y cinco días

cuatrocientos ochenta años después de haber sido plantada

mi Medina Cuetlaxcoapan)

 

Un presente de profundidad azufrosa me llega del volcán Popocatépetl

y el humo del Ser que se consume

—nada permanece—

llega de la Matlalcuéyetl

 

¡Y era tan sencillo nombrarla en aquel momento

tan fácil traducir cuanto su nombre dice

que no me moví

no quise verterla hacia el olvido en un descuido!

fui hacia la sangre de ese animal caliente

recolecté los frutos de sus otoños

miré bajo los días piedra

a ver qué olvidos entre humedad hallaba:

me desentendí de mi nombre de profeta

de mi oficio de plañidera en su velorio

de mi nunca voz de apologista:

miré sólo por ver cómo lucía:

la reconocí

la supe fresca y condenada:

se hundió la traza ajedrezada en mi pecho

se fundieron noche y día

su secuencia

 

Con leves punzadas

a mi corazón llamaba:

iba a estallar y florecer

volvería al frío inicial

una vez más recién nacida

 

Un pensamiento descendió

ardió en su cuerpo:

desde entonces en mi plexo solar vive

intoxicada y sanadora

fruto envenenado que recapitula

contorsionada

cada mañana:

la Angélica Ciudad

la perra antigua

 

+++++

 

 

Peregrinar en Cuetlaxcoapan

 

Soy una mujer condenada a muerte.

María Sabina

 

Afilada obscuridad

despierto cuando el sol no produce sombra:

hijo del reloj en el que todo se repite

busco incrustarlo en un túnel clausurado

La prisa    su vértigo y las esquinas me conocen

los mercaderes de espejos falsos

quienes comparten su refino con los hijos del exilio

prófugos en sus propias calles

 

Escucho en altavoces

la fuga de gas butano

la ráfaga de pasos hacia ninguna parte

el ansia por llegar

al sitio más perturbador

al más cercano

 

Mi saludo es agudo

hueco tronco del espanto

peregrino cuyas nanas fueron las sirenas

de agudas patrullas punitivas mortificando calles

 

Escucho los golpes sobre el cuerpo de la noche

miro cómo estallan         lascas        sus costillas

el sanguíneo símbolo en el asfalto

el tabique nasal destrozado por los puños de la bronca

dientes desperdigados por los arrabales

 

Mi canto está oxidado

es fúnebre

queja impuesta a la reseca voz del viento [y amargo reconocimiento]

 

Acelero el paso:

frente a la barra se reflejan 

las horas por venir

tributo por pagar

trago a trago

sin luz para mirar cuanto sucede

 

Antes

en los mismos puentes y avenidas

réplicas de mí

que no somos porque soy

que soy porque no somos:

Legión sin memoria vamos

alejados del orden y concierto de la cartografía celeste

prófugos en serie

mostrando sus números de registro

para pedir permiso de pasar al otro lado:

“Permiso denegado”

 

Agua de verde espesura

lamosas raciones para los prisioneros

que viven sin querer asomarse a sí mismos

 

Árbol de luz

brilla en una isla que no miramos

Fuego que bautiza y renueva

rechazamos con las atadas manos

Muñecos de podrida madera

en las rodillas de oligofrénicos ventrílocuos

lloramos

 

Hacemos señales en abandonados aeropuertos

de los hangares regresa nuestra voz vacía

Encrucijadas no asumidas

plexos        cajas de resonancia de quejidos acedos…

Pasan las horas sobre aguas de cuarenta y un grados

cúbicos témpanos

y un removedor para mezclar lo falso con lo amargo:

Y “otra vez a brindar con extraños…”

Paloma Negra…

con miedo de ir a buscarte    

con ganas afiladas de morir

sin recordar que condenado estoy a muerte

 

+++++

 

Tenochtitlán seiscientos noventa y uno

 

Para Alekos

 

La boca de una mujer extraña es un pozo profundo.

Y una gran ciudad es como una mujer extraña.

Norman Mailer

 

 

 

 

Lo primero que vimos al salir del inframundo fue al arcángel

espada de luz

ligeras         líticas alas:

miramos a la Tierra alumbrar

la nopalera de tunas corazón

y vimos al águila guerrera

unida a la serpiente de nuestra antigua fuerza

 

En la plaza        danzantes

—roncas voces las de sus atabales—

cascabeleando al ritmo de su entusiasta alma:

músicos de músculos frugales

nutridos por el sol y las entrañas del ayuno

 

Vimos el rostro antiguo de los guerreros

Ocelotl

Cuautli

ávidos de sangre

Y la primigenia madre        Tlalcíhuatl

ofreciendo aún sus nutrientes pechos

en tanto al Zócalo llegaba       vociferante

la voz de otro 2 de octubre

(el viento trae aún las sus plegarias

clamando por justicia para los inocentes:

letanía que se repite

para que Luzca para ellos la luz perpetua)

 

Plazuelas        ciudadelas de agusanados años

persistente hundimiento de los escaños

oscuro esplendor y miseria de falsos tlatoanis

y fuego que nos trae copal

intentando sanar el cuerpo purulento

 

Calaveras en cuentas    –y en los sangrantes tzompantlis—

cráneos en los tocados y las muñequeras

niños con la furia de Huitzilopochtli

repitiendo otro grito

por otra venganza clamando:

“¡Oh Cortés, oh rubio Alvarado…! ¡Oh, asesinos…!

sus petos y cascos nadan aún en sangre

¿quién se atrevió a honrarlos

quién a perdonarlos?   

Aquí están nuestros corazones

aún en la incertidumbre…” 

 

El viento sana hoy

—respiración boca a boca—

estas calles

mas aún se empuñan navajas de obsidiana

 

“Mi patria es el español”

uno repite

y el prójimo

en el cercano extremo

insiste

—en algo cercano a la lengua florida—

en culminar la su venganza

 

Se diluye la tarde:

ejércitos de las sombras vuelven al túnel

¿Cuándo aceptarán paz los corazones

—unos y otros        herederos—

de estos que del inframundo suben

que al inframundo bajan?

 

+++++

 

 

 

Sueña la ciudad un río

 

I

 

Yo soy de donde ya no hay río:

el mío era un arroyo

—Almoloya—

que crecía con los opulentos aguaceros de mayo

a veces

creo haberlo visto

como fluye en esta página:

veo al fiero que

—me cuenta mi padre—

traía árboles desraizados

animales fabulosamente hinchados

y artilugios deformados

 

Escucho que habla en el verano

aun cuando su voz huela a podredumbre

Lo veo animar pulidos batanes

 

 

 

molinos antediluvianos

llevarse la inmundicia de las calles

y erguir las cañas a su paso

—guerreros ante su general

cambiante y permanente—

 

Lo escucho defenderse

coletear al comenzar su entubamiento 

Lo veo vengarse al inundar los barrios

calles y plazuelas

cada temporada de lluvias

puntual e irrefutable

 

Lo veo

joven serpiente

lomo esplendoroso que se expande

Lo miro seguir creciendo en los árboles antiguos

del abandonado Paseo Viejo en San Francisco

 

Me siento

a veces

a platicar con él

como si no hubiera sido ahogado

Miro a la ciudad pagar la cuota de su insensatez

al haberlo clausurado

contra natura

 

He caminado toda su ribera

mirando los barcos de papel

que ya no pude echar sobre su lomo:

aún siento su espíritu vagar

azotando los muros de la Angélica Cuetlaxcoapan

la cobarde ciudad que no supo guardarle

 

Entonces bajo nuevamente a recordar

que vengo de aquí

de donde no hay río

Y escucho los días navegar sin su sextante

sin Stella Maris

Y se derrumba la Angélica Ciudad

húmeda la vista  al mirarla

espíritu de eternidad

cuerpo que no puede encauzar ningún olvido

  

II

 

Sueña la ciudad un río

caudaloso y fresco

espejo de las constelaciones

 

Río

 

Por momentos es tan intenso ese deseo

que los angelopolitanos hacen barcas durante la madrugada

edifican muelles desde donde zarparán

con la eclosión del día

Y escuchan ya el chocar del agua contra rocas

el chasquido de ramas sobre el lacustre pecho

 

Agua

líquida ensoñación

alcanza tal intensidad

que humecta los ojos que la miran

 

Sueña la ciudad que recupera un río…

 

 XII

 

Este poema crece como un río

entre las manos del sueño

se expande y filtra por la piedra de los pensamientos

gotea antiguas inquietudes

escurre por la laja que mañana será cortada

a la luz de la luna

Este poema extiende los brazos

arruga el rostro de la tierra

llegado de lacrimales milenarios

de depósitos de miedo y azufre

parte en dos    en multitud

el llano

donde recuerdos yerbajos

amarillos y secos permanecen

(al atravesar el bosque

arrolla la sabia de todas las raíces

refresca el estiércol

alimenta barbudos bulbos

llega a una desconocida superficie

de pensamientos ciegos    deshebrados

que van hacia un estanque de agua envenenada

donde flotan el dolor    el miedo verdaderos)

Este poema llega de otras eras:

dispone un orden perdido

vuelve la mirada a los signos anteriores a todo alfabeto:

frío

de labios azulados por el tiempo que permaneció a la intemperie

muere en la página

fermento de otro sueño

 

 

+++++

 

 

 

Los pasos del cantador en Cuetlaxcoapan

 

                                                                                                A Pablo Fulgueira

 

Soy el cantador de la ciudad sitiada

soy el cantador de la Medina en llamas:

habito entre el humo y la velocidad sin pausa

Conspiro para sacarte de la vesania

y miro el miedo en los espejos

el espectro de los días por vivir

y el agua de azahares envenenada

de sal y azufre asentada

 

El fuego cubre las esquinas

y el tributo a pagar aquí es

doblarse sólo en sombra

ir lejos de la luz

 

Pasan los días en alternarse

sobre el toro enloquecido de la monotonía

 

Fumo despacio hacia los cuatro vientos

saludo y ofrendo al Arriba y al Abajo:

veo desplegarse el concilio de las águilas

— bajo sus supervisión y encargo    trabajo —

La luna se asoma a esta escena

confiada en su plática y cara buena 

 

Los perros alejan espíritus obscuros

la luz cae vertical

para acurrucarse en el centro de la Tierra:

un paso que mueve el infinito

un barco a la deriva entre ocres bulevares

 

Resplandece la cúpula del Templo de Jerusalén

(van alejándose

despreciadas por sí mismas

la injuria y la maledicencia)

 

Soy el cantador haciendo sonar la su sonaja

para abrir el corazón

Veo a quienes lloran por prescripción del dolor

Escucho la voz del desconcierto

Veo a quienes aceptan no saber

a qué han venido hasta aquí

—recuerdo también sus múltiples rostros    espejos—

 

Está el viento llamando desde las castellanas torres grises

y el fuego mantiene su resplandor fijo

—se esparce el rumor de que

podría sublevarse    hoy

la plebe—

 

Pasa una hora aquí

y ya parten otros:

el desfile continuará

aunque no nos dé tiempo despedirnos:

veo pasar a diario

a los rápidos

—como siempre      furiosos—

también a horcajadas sobre el miedo

 

La larga letanía

por ahora

no se detiene:

el canto es el mismo

entre distintos forros

en diversos ritmos:

no corren las nubes a esconderse

les urge entregar su carga con rayos y centellas

 

Gotea la realidad perdida

en el fondo de su propio decaer:

aún hay ruido para identificarla

 

La música persiste

da forma a los efectos

describe la plenitud

es su sustento

hace esplender cuanto miramos

e insiste en darnos memoria

capaz de reconstruir días enteros

 

Soy el cantador de la ciudad dolida

de la urbe timorata y agiotista

la frenética que no quiere verse ni en los charcos

 

Vuela

el águila ondea en el blanco de la tarde

(rojo el poniente

verde que arde)

y en él se aleja

en balance

 

Llueve sobre la casa donde se busca el conocimiento:

la comunión es ácida

de azufre el polvo:

un venado azul es repartido

a quienes aspiran

y quieren ser más eficaces en sus constelaciones

 

Ondula el día en su música

suena la sonaja

—semillas en jícara rotunda—

y me reconozco cantador en medio de la calle

en el acantilado de la noche

 

No llegan el sueño

ni la verdad

en tanto no hay silencio

 

 +++++

 

Otra ciudad    de polvo y verdadera

 

 

…¿qué le han hecho? Es otra ciudad, yo no la reconozco. Toda harapienta, mugrosa, las paredes raspadas, descascaradas, todos esos edificios sarnosos, horrorosos. Yo no sé por dónde anduve.

Elena Garro

 

…la ciudad no era bella ni tan temible como él había querido presentarla: era falsa; también la muerte era falsa, por eso tenía que llevar siempre una máscara, la imagen del miedo del hombre.

                                                                                                    Malcolm Lowry

 

Tomo de nuevo el camino hacia lo inesperado.

Álvaro Mutis

 

 I

 

Escrito está que en este instante

hay otra ciudad

—ni eco ni repetición—

la verdadera       

asomada a los ojos del insomne

fluyendo por el río segado

condenada en muros que devoran puertas

respirando a través de ventanas nunca abiertas

ajustada a goznes y carriles sin grasa        desgastados

Otra

la auténtica y real

la verdadera

única como ésta

sobre la cual me inclino en la tarde

 

Escrito está que la gente

habitante de esa otra ciudad que no es de niebla  

es la misma que desgasta las baldosas

es otra que habita cuando cree

que pasa del sueño a la vigilia

 

Escrito está que la que nombro es verdadera:

se le puede tocar en el último vaho de los suicidas

se le puede oír en el eructar de los borrachos

se le oye crujir al paso de los días

se sabe que acomete falsas empresas

que está por sí misma sitiada

y es su libertad y su cerrojo

 

Ésa es la ciudad desde donde escribo

la misma cuyas venas afiladas

se rozan y hieren mutuamente

ciudad donde renace el original desorden

la del instante

la que hace posible el lenguaje

y nada tiene que ver con estos muros

que a diario reciben lamentos y desastres

 

Escrito está que ésta es la cierta

la verdadera

aquella cuyo rostro de ceniza flota

—como el de la otra—

en la marea

presa del viento y su faena

 

 II

 

Cansado de dormir

soñar

y no lograr reunir

las imágenes dispersas que me forman:

asomarse a un pozo de turbiedad

bajo el cual yace una veta de oro

entrar a una reunión de antiguos muertos:

mudos    desdentados

hablan a gritos

y no entiendo

Algunas veces

he despertado seguro de haber recibido

la señal convenida

el santo y seña necesario

para abrir

para entender…

y basta un movimiento

leve

imperceptible

para derribar el castillo de naipes

que era el mensaje recibido

Hoy también estoy cansado:

fui tan lejos

bajé tan profundamente

agoté galerías casi interminables

reconocí grutas dónde sé quién soy

y al volver

al incorporarme

al primer golpe de sol

me halló con las manos vacías

 

VIII

 

Vengo de un antiguo sueño

de urbes acedas

de cuerpos de tul y humo zarandeado

donde perviven nombres

seres a quienes sólo yo escucho

 

Vengo de un sueño

erigido en un desierto

de torres de carbón

calles    extensas lenguas calcinadas:

oigo a seres

vacíos como sonajas de guajes sin semillas

somnolientos        pesados

arrastrados por su propio nombre

 

Vengo de un cementerio

de una antigüedad extraordinaria

donde crecen ideas fijas como púas

cercas de alambre

pentagrama donde no escribe        para cantar         el aire

 

Escucho andar a gatas a ciertos pensamientos

otros

se vuelven remolinos que peinan los pantanos

 

Hay luces muertas que saben a derrota

futuros triturados en un molino extraño

despiadado

 

Escucho que aquí nada se oye

que pasa un día    o dos

un centenar de horas guiadas por un cencerro inapiadable

y nada aquí sucede:

no se mueve el lodo de los pensamientos

se vacía la cuenca desde donde todo se miraba

 

Voces que no reconocería

ni la propia garganta donde se expendían

van adheridas a los muros

se destrozan las uñas buscando una salida

boquean

presas del bozal que son

que incuba su silencio

 

Paso buscando una mirilla

deseo sólo un respiradero  

mas mi sueño es viejo y desdentado

ácido y desangrado

territorio donde ya no corre el aire:

se sofoca a sí mismo

se envuelve en llamas pardas o bien        decoloradas

se ahoga

y yo me voy secando

flanqueado por esas voces en los muros

los seres de sal cual olas ocres

e ideas que se ahorcan    penden

—mecate  y madera el segundero—

para mostrar dónde vivimos

dónde venimos a husmear:

en medio del silencio

sin traductor para este sueño viejo

decrépito

lápida que hará de nosotros fósiles

sangre inútilmente convocada

 

(Todo ha pasado ya:

llega la aurora

palabra que arde y guía

voz para ser

para mostrar que consistimos

pese a que polvo inquieto

no otra cosa somos)

 

 

+++++ 

 

*Selección personal del autor al libro Cantares de la Ciudad de los Ángeles, Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Puebla, Puebla, México, 2017.