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5 Diciembre 2021, Puebla, México.

La otra frontera, 1990. San Marcos, Guatemala. Para entender el 2021 / Parte 5

Mundo /Sociedad | Crónica | 27.SEP.2021

La otra frontera, 1990. San Marcos, Guatemala. Para entender el 2021 / Parte 5

Sergio Mastretta

Porque aquí la guerrilla es un asunto natural, como la niebla

(Foto de portadilla: Reunión de guerrilleros y población civil, sin fecha. Colección del EGP. Por Megan Thomas. Fuente: CIRMA)

REUNIÓN DE GUERRILLEROS Y POBLACIÓN CIVIL, SIN FECHA. COLECCIÓN DEL EGP. POR MEGAN THOMAS. FUENTE: CIRMA

En tres horas he dejado el trópico mexicano para subir a la montana guatemalteca. A las diez de la noche San Marcos es una franja de niebla disuelta en los borbotones del alumbrado público que, a falta de sonidos en la ciudad muerta, rebota contra las tejas del caserío, contorsiona la iglesia en la plaza principal, remueve el letargo nocturno.

 

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He remontado desde la costa la región mame, con sus 800 mil indígenas que tienen en el mam el idioma natural, el segundo grupo étnico en este país de 9 millones de habitantes, después del quiché y antes de los kakchiqueles y kekchíes.- Mi cabeza rezumba de rostros y lenguas aprisionadas en la camioneta, como aquí le llaman al autobús que hizo la última corrida del día entre Malacatán, a media hora de la frontera mexicana de Talismán, y la capital del departamento de San Marcos, el tercero en importancia por número de habitantes en Guatemala. En un atisbo de luz, a la hora en que el cobrador se las ingenia para recorrer el pasillo en el que nos apretujamos 80 guatemaltecos y un mexicano, me sorprendo hermanado con la raza camionera del mundo y extraigo ruidos, risas, olores, borracheras, bolsas de mandado, costaleras, moños, aretes, ronquidos y rostros, sobre todo palmos de bigotes, pelos lacios, lunares, mazorcas fulgurantes, bocas que bostezan, en algún apretón similar en el primer viaje de la ruta Azumiatla-Puebla, a la hora en que los albañiles indígenas se lanzan a construir la ciudad.

Jornaleros que regresan de la costa y comerciantes que suben y bajan con legumbres del altiplano y jabones y pastas de dientes mexicanas, me envuelven en ese estrépito lujurioso que sólo provoca la soledad amarillenta de una cabina con viajeros hacia la noche. Se duerme, se ronca, se mastica, se suda en medio del rumor húmedo y la carcajada, la que alumbra de cuando en cuando la negrura del camino.

--Esta es zona de conflicto -me informa un profesor que soporta de pie como yo la ruta entera, con la certeza de la cadera de una mujer mame encajada en el abdomen-. No verá ejército por aquí, no subirán soldados a revisar documentos como allá en la costa. Aquí golpean sobre seguro donde ya saben que hay guerrilla.

Porque aquí la guerrilla es un asunto natural, como la niebla.

En la cuesta hacia San Marcos atravesamos la principal zona productora de café, cultivo que se lleva el 42 por ciento de las exportaciones guatemaltecas. Fincas innumerables que revelan la inexistencia de una reforma agraria: en 1950, el 2.2 por ciento de los propietarios poseía el 70 por ciento de la tierra cultivable. En 1954, un golpe de Estado promovido por Estados Unidos a favor de la bananera United Fruit termina el incipiente reparto de tierra realizado por el presidente Jacobo Arbenz a partir de 1952. La situación hoy en San Marcos y en el resto de Guatemala es similar a la de 1950, y peor: entre minifundistas y campesinos sin tierra se alcanza alrededor del 70 por ciento de la población que vive de las labores agrícolas, centenares de miles de jornaleros acasillados a las fincas con salarios equivalentes a cinco o seis mil pesos mexicanos. (De los viejos pesos mexicanos, todavía con tres ceros más.N. de la R.) Jornaleros que mejor viajan a las fincas del Soconusco en Chiapas, donde los finqueros alcanzan a pagar los ocho mil pesos. Tan sólo entre enero y abril de este año 23 mil guatemaltecos han cruzado la frontera bajo contratos.

--La guerrilla está fuerte aunque el ejército lo niegue -me ha dicho un jornalero en Tecún Umán-, quema la finca de aquél que pague abajo de lo mandado por el propio gobierno.

Más tarde, aquí en San Marcos, en la cocina de una casa ganada por la cruzada evangelista -que prácticamente ha desmantelado la fuerza católica en los pueblos serranos-, un muchacho narrará su propia tragedia. Pedro, nieto de alemanes, vio morir a su padre en un ataque de la guerrilla a la finca cafetalera a su cargo, en 1981. Meses antes su hermano había aparecido muerto en un cantón de San Marcos, asesinado por el ejercito, identificado como colaborador de las fuerzas guerrilleras de ORPA.

Mi amigo es una prueba del desquiciamiento social que sufre Guatemala:

--Mira -dirá en una recámara que una vez a la semana se convierte en pequeña capilla para los cristianos conversos del barrio, adornada con el fresco de la cascada de "agua vivan-, Guatemala lo que necesita es la fuerza, la disciplina de Efraín Ríos Montt. El impuso el orden en 1982, entonces podías caminar por la calle sin temor a la muerte. El mató a quien tenía que matar, al que la debía. Si hubieran dejado que fuera candidato a la presidencia el año pasado, hubiera ganado con el 90 por ciento de los votos.

El padre muerto por la guerrilla. El hermano muerto por los soldados. Mi amigo se agarra de la figura furibunda del "nuevamente nacido para la luz de la vida", el coronel cristiano Ríos Montt que dirigió la política de tierra arrasada a partir de 1982, el que militarizó a la fuerza con las patrullas civiles a más de 500 comunidades mames y quichés, ixiles y kekchíes -que originó el inmenso desplazamiento indígena en el altiplano, con decenas de miles de refugiados en México y en su propio país-, el hombre cuyo gobierno mereció que la propia iglesia católica guatemalteca denunciara el genocidio cometido por d ejército contra los pueblos indígenas.

En la vida real cada quien marca sus héroes y sus demonios. No entiendo gran cosa. Pero mi amigo es un joven alegre que me lleva a la medianoche a recorrer las calles desiertas de San Marcos.

La niebla trae fantasmas y ruidos de la guerra. Pedro silba ausente.