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29 Enero 2023, Puebla, México.

Contigo al norte, Guadalupe / La película

Sociedad | Reportaje | 12.DIC.2022

Contigo al norte, Guadalupe / La película

 

La película en Youtube

 

Mundo Nuestro. Con. este texto arranca una crónica que convirtieron en película Melchor Morán y Sergio Mastretta, estrenada formalmente en el 2010. Puedes verla aquí mismo.

Ensoñación. Cuándo comienza una historia… A la media noche, tal vez, sin soltar una frase, tan sólo imágenes que se enredan en el sueño, como la de un tipo en negro, tirado en el suelo, que duerme y sueña que está tirado en el suelo, y que puede estar muerto o a medio sueño. O está muerto y no sueña nada o es enteramente un sueño, una ilusión vana, como la de una vida que nos es ajena o que no es ajena a las penas, y que no sabe de la gloria y se sostiene en la nada. Soltar una historia a la medianoche: estamos en la frontera, con Martín Luna, el personaje de nuestra película, tirado en el suelo de un hotel cualquiera, en Matamoros, en Reynosa, en Laredo, en cualquier caso sí es un hotel de paso, con la línea de polvo surcada por un dedo sonámbulo en la ventana, contra la luz del arbotante que apenas nos deja ver la figura del muchacho que sueña que tiene una camiseta negra con la guadalupana estampada. Pero ya no está el suelo, corre deslumbrado contra el pavimento, su figura en negro disuelta en la línea blanca de la carretera, contra el verde deslavado de las lluvias que se han ido semanas atrás de esta región caliza de la montaña mixteca. Correr, correr, por cien metros, por mil, por una vez, por cien mil, con la mano apretada como si agarrara su propia figura para arrastrarla en el sueño fundido por la mano en la antorcha. Pero no es la antorcha lo que agarra, tampoco está tirado en el suelo, y si sueña debe cuidarse de no perderse en la noche entre miles de luces que reflejan los cristales de los rascacielos que le parecen caramelos con los que juegan sus manos, con la vida colgada del andamio y con la mano manipulando la manivela, gira y gira y voy apenas en el piso 24 y hay que bajar hasta el 17 y se viene desde la azotea del 47, desplomado, adivinado, arrullado por ese enjambre de luces y hierro. Es que no hay luces. Sólo hay grillos. Y al fondo, sobre sus pasos negros, si hay algo que brilla, es una luciérnaga, no, no se mueve, no se apaga, no se prende, nada va y viene, ni siquiera es un faro, aunque las sombras del chaparral bien podrían esconder un océano, el de la incertidumbre del que huye al otro lado de la línea. Oscuridad, un bulto que no camina, que lo llevan apretujado en una cajuela. La luz, de nuevo, es un puntito, un agujero al que acercar el ojo, con el mundo entero que se mueve afuera, a la velocidad del carro del pollero. Soltar una historia en la medianoche de otro que sueña. ¿O acaso soy yo ese muchacho tirado en la nada? ¿Son mías las imágenes que lo contienen? ¿De verdad puedo entrometerme en sus sueños? ¿Soñar por él? ¿Y si no soñara nada? ¿Y si yo fuera su sueño? O todo está en negro y no vemos nada, y no hay tal la sucesión de imágenes, y las que se han soltado antes de convertirlas en frases de verdad no pasaron de ser un sueño. Despierto. Contemplo la realidad que se sostiene por mi mirada. Hace tiempo que Martín ha dejado el hotel, ha cruzado la línea, ha seguido su vida sostenida en los pasos de su carrera propia: ya no está tirado en el suelo, ya no es un vuelco en el andamio, ya no es una luz en la noche, un faro que no refleja, un cuerpo apretado en una cajuela. Se ha ido.