Pedro Salmerón (FCE) 31/10/25
Pedro Salmerón ha escrito un libro, que ya es imprescindible, en el que nos ofrece una visión de conjunto de las incomprensiones, errores, prejuicios racistas, distorsiones y cursilerías románticas que se han llevado a cabo, por los más diversos autores, al tratar el tema de la invasión española y la batalla por Tenochtitlán.
Cuando aborda el tema de los famosos “presagios”, tan divulgados por Miguel León Portilla en su Visión de los vencidos, tiene el gran acierto de recurrir al libro de Guy Rozat, Indios imaginarios e indios reales en la Conquista de México. Desde hace 50 años Guy exponía estas ideas en la clase que nos daba en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Medio siglo ha transcurrido y, desafortunadamente, León Portilla, en buena medida el destinatario de esta bien sustentada crítica, nunca se dignó a responder. Ahora Salmerón vuelve a colocar estas críticas en la mesa de debate, como una señal alentadora para que no se sigan repitiendo, como en catecismo, interpretaciones de dudosa procedencia, pues se atribuye a los indios y su cosmovisión un discurso impregnado de creencias que provienen de la cosmovisión judeocristiana.
Sucede que, en primer lugar, la llegada de los españoles a estas tierras fue considerada por ellos, clérigos o no, como una afortunada intervención de la Divina Providencia, como la mano de Dios que les abría el camino para seguir adelante, como ya lo habían hecho en las Antillas, es decir, combatir y someter a la población, considerando que estas tierras estaban dominadas por Satanás. De este modo se combinaba el saqueo y la rapiña, que satisfacía su ambición por conseguir oro, con la piadosa actividad de bautizar multitudes, con la creencia de que, al volverlos cristianos mediante este acto, salvaban sus almas.
Pues bien, Guy Rozat nos muestra, recurriendo a Jacques Le Goff y Georges Duby, cómo se construyó esta visión medieval sobre la población indígena, atrapada en las redes del Diablo, y cómo utilizaron la narrativa judeocristiana, con su simbología, para que los cronistas del siglo XVI nos relataran la destrucción de México-Tenochtitlan recurriendo a la destrucción simbólica y real de Jerusalén.
En el capítulo XXXI de La guerra de los judíos de Flavio Josefo, un libro muy leído por los monjes y teólogos de la Edad Media, se informa de los “signos y predicciones de las desgracias acaecidas a los judíos”. Bueno, resulta que siete de los ocho “presagios” que menciona este libro, son los mismos que en las fuentes indígenas anuncian la destrucción de Tenochtitlan. Entonces, si prescindimos de la voluntad divina en uno y otro caso, debemos voltear a ver, y comprender, que detrás de las supuestas fuentes indígenas que dan cuenta de estos presagios están, convenientemente expuestas, las ideas religiosas de los cronistas españoles.
Para lograr este efecto, se debía convertir a Moctezuma en un vidente, como lo dicen claramente Sahagún y Muñoz Camargo: “Solo Moctezuma está marcado con el sello de la videncia, con el sello de Dios”. En consecuencia, ante la fatalidad del fin de su reinado, solo hay en él una actitud pasiva, temerosa y un “entreguismo teológico”, a partir del cual algunos autores han concluido que “traicionó a su pueblo”, que se acobardó ante la agresividad de los españoles y ante “el recuerdo de antiguas profecías”, como el regreso de Quetzacóatl. Aunque los textos no lo presentan de manera peyorativa -dice Rozat- sino como un alma desorientada ante la terrible prueba de fuego que se le presentaba, ante la ineluctable destrucción que él sabía que debía ocurrir. Este temor supuestamente se generaliza en la población. Es así como los textos apocalípticos de León Portilla trazan la realización escatológica del destino mexica.
Este fatalismo religioso, dice Pedro Salmerón, fue sustituido en el siglo XIX por un fatalismo “racional” e “histórico”, que persiste hasta nuestros días planteando lo siguiente: Tenochtitlan tenía que ser avasallada porque así lo dictaban las “leyes de la historia”, de la “modernidad”. Y cita a un pionero de esta nueva visión, Lucas Alamán, quien escribió que, a la falta de unidad política en América y a la ausencia de grandes cuadrúpedos, habría que añadir
La ignorancia de todos los inventos que habían hecho una revolución en el arte de la guerra en Europa, y de todos los adelantos que había habido en las ciencias y consiguientemente en las artes, se verá que el nuevo mundo no estaba en manera alguna en estado de entrar en lucha con el antiguo, que su descubrimiento no sería más que la señal de su dependencia, y que había de ser necesariamente la presa de la primera nación de Europa que tuviera conocimiento de su existencia.
Otro acierto de Salmerón es recurrir a las inteligentes biografías sobre Malintzi que han escrito Camila Townsend y Fernanda Núñez. Dos libros sumamente recomendables para deshacer la ridícula leyenda de la noble indígena enamorada del valiente conquistador y puesta incondicionalmente a su servicio como guía y traductora en la expedición punitiva de Cortés y sus hombres.
Escribe Fernanda Núñez en su libro La Malinche: de la historia al mito, lo siguiente:
Malinalli-Tenepal, Malinche, Malintzin, doña Marina, mujer e indígena, madre y puta, traidora y útero simbólico de la nación mexicana, personaje ambiguo y desconocido, así es como se nos presenta a la Malinche. No sabemos a ciencia cierta ni su nombre ni su origen, ni su vida, a excepción de los momentos en que sirve de “lengua” y de “vagina” al conquistador, macho y fecundador de la Nueva España.
Por su parte, Laura Esquivel, en su libro Malinche, un libro que no he leído ni leeré, dice lo siguiente:
Se moría de curiosidad por ver lo que se sentía al acariciarlo. Pasar su mano por su pecho, por sus brazos, por sus piernas, por sus entrepiernas, pero en su calidad de esclava tenía que mantener la distancia. Y lo prefería; ya había sentido las miradas de Cortés en sus caderas y sus pechos y no le gustaban.
Vaya proyección la de esta autora hacia una figura idílica inexistente, pues sabemos, después del examen antropológico de sus restos, que Cortés era un tipo chaparro, chimuelo, con secuelas de artritis o gota y dificultad para caminar, de modo que difícilmente podría atraer con sus “encantos” a una mujer joven que todas las crónicas describen como inteligente y hermosa.
Este libro está lleno de aciertos bibliográficos que apuntan directamente a deshacer una versión de la historia que ha perdurado por décadas, tanto en la educación pública como entre especialistas. Ante la pregunta ¿Por qué se lanza Cortés a la “conquista”? Conquista entrecomillada, pues el libro plantea que no hubo tal. Entonces, ¿por qué se lanza Cortés a esta empresa? Según Serge Gruzinski: porque no tiene ningún otro lugar a dónde ir. Ya había sido declarado rebelde por el gobernador de Cuba y solo tiene como salida la fuga hacia adelante. Algunos de sus compañeros lo tachan de “loco”, pero esa locura tiene su lógica. Para conjurar las acusaciones de rebelión, Cortés no tiene otro camino que apoderarse de los dominios de Moctezuma, dando a su iniciativa una fachada legal, irreprochable, imperial y cristiana. Es decir, la conquista de México no parece ni una decisión pensada concienzudamente, ni un proyecto político bien planeado; más bien, es una cuestión de vida o muerte para su principal protagonista. Y esa situación aparentemente sin salida lo lleva a la desmesura y a prometer al rey cualquier cosa en sus cartas, por ejemplo, decirle lo siguiente: “Estábamos en disposición de ganar para vuestra majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo”.
Hay una última reflexión de Gruzinski que me parece clave; dice: Si la modernidad es claramente el salto a lo monstruoso que describe Peter Sloterdijk y la capacidad de asumir toda la responsabilidad por los crímenes cometidos o por cometer, Cortés es el portador de esa modernidad. Su programa es literalmente demencial. Y Pedro Salmerón añade que ese programa demencial está a caballo entre dos mundos: por un lado, en la acumulación originaria del capital y el espíritu empresarial que augura el capitalismo; y, por el otro, el sueño aristocrático y de cruzada medieval que hunde sus raíces en el feudalismo. Esta demencia no está exenta de una lógica de poder y de rapiña, pues ya los españoles habían expulsado con las armas a los musulmanes de la península y también a los judíos, quemando, arrasando y torturando. De modo que lo que sucedió aquí no era ninguna novedad para ellos.
El cuento de hadas que nos relata Cortés diciendo que Moctezuma se había sometido en su primer encuentro, al escuchar el “requerimiento” que se le hizo, es otra de las fantasías que se ha venido repitiendo década tras década.
Salmerón cita la versión del Códice Florentino de este encuentro:
Moctezuma le dice a Cortés:
Señor nuestro: te has fatigado, te has dado cansancio; ya a tu tierra has llegado. Has arribado a tu ciudad: México. Aquí has venido a sentarte en tu trono…
Y tú has venido entre nubes, entre nieblas.
Como que esto era lo que nos habían dejado dicho los reyes, los que gobernaron tu ciudad.
Que habrías de instalarte en tu asiento, en tu sitial, que habrías de venir acá..
Pues ahora, se ha realizado: ya tú llegaste, con gran fatiga, con afán viniste.
Llega a la tierra: ven y descansa; toma posesión de tus casas reales; da refrigerio a tu cuerpo.
¡Llegad a vuestra tierra, señores nuestros!
OJO: Esta última expresión coloca inmediatamente a Moctezuma y su pueblo como vasallos del rey de España.
“Eso nunca ocurrió”, dice enfáticamente Matthew Restall, el historiador que ha analizado como pocos este encuentro en su libro Cuando Moctezuma conoció a Cortés. Y Salmerón añade con toda razón: “El supuesto discurso de Moctezuma no estaba dirigido a las audiencias indígenas, sino a la Corona española y a otros poderes europeos”.
Veamos este episodio, clave en la historia, con más detenimiento:
El relato de este sometimiento aparece en la Segunda Carta de Relación de Cortés a Carlos V. Pero, dice Matthew Restall: El contexto durante el cual Cortés redactó su segunda carta al rey era absolutamente desolador. Su campaña había sido un desastre. La mayoría de los españoles que lo acompañaron desde Cuba estaban muertos… La gran isla-ciudad de Tenochtitlan no había sido conquistada… los españoles habían sido expulsados con violencia del valle (después de la matanza del Templo Mayor). Los sobrevivientes dependían, más que nunca, de sus aliados tlaxcaltecas.
En el “programa demencial” que mencionábamos antes, mostrar al rey la sumisión inmediata de Moctezuma, era imprescindible para que Cortés pudiera justificar sus acciones ante la Corona. Cortés no podía “conquistar” ningún territorio sin la autorización previa del rey.
Entonces, para que se considere que los mexicas son un pueblo en rebelión contra Carlos V (al haber combatido y expulsado a los españoles en lo que se conoció como La noche triste) y, por lo tanto, el blanco de un contrataque presentado como un acto de legítima defensa, es indispensable inventar el relato de la sumisión de Moctezuma y, para que la sumisión sea más completa, el señor del lugar debe ser rehén de sus visitantes.
Y un documento con esas intenciones, con esa necesidad, como la Segunda Carta de Relación —dice Salmerón— selló la forma canónica del cuento que luego siguieron contando los historiadores.
No me puedo extender más relatando la muy bien ordenada e inteligente secuencia bibliográfica que ha hecho Pedro Salmerón en este libro, alternando las crónicas de clérigos y soldados con historiadores contemporáneos, como él, que han analizado críticamente estas fuentes.
Solo diré que el puntual seguimiento que se hace de las alianzas de los españoles con totonacos de la costa, tlaxcaltecas, huejotzincas, otomíes y texcocanos del altiplano no responde únicamente al plan militar de los peninsulares, sino que, después de su derrota y expulsión de Tenochtitlan, serán los tlaxcaltecas, principalmente, quienes diseñen la estrategia a seguir para sitiar la ciudad, combatiendo antes a todas las poblaciones aliadas de los mexicas para garantizar su falta de respaldo en los combates decisivos. Digamos que fue una estrategia militar híbrida, conformada por los guerreros mesoamericanos y los soldados europeos para atacar y someter definitivamente a la gran Tenochtitlan.
Son profundamente tristes, escalofriantes y conmovedoras las escenas descritas después de 70 días de sitiada y atacada la ciudad por agua y tierra.
Desde luego que las peores escenas de crueldad, saqueo y violación son atribuidas casi exclusivamente a los aliados y no a los españoles. Por ejemplo, Pedro Mártir de Anglería describe así la escena:
“Por espacio de 70 días ininterrumpidos fue hostilizada la ciudad por todas partes. Con arreglo a los informes de los nuestros, cuando por las tardes se recogían a sus tiendas, quedaban muertos quinientos mil y a veces más enemigos dentro de las calles mismas de la ciudad, en los diarios encuentros; y cuando más cruel era la matanza, tanto más copiosa y opíparamente cenaban los guajocingos, tlaxcaltecas y demás comarcanos auxiliares que acostumbraban sepultar en sus estómagos a los adversarios caídos, sin que Cortés se hubiese atrevido a impedirlo.
Pero el Códice Florentino dice otra cosa:
“Los españoles tomaban cosas a la fuerza de las personas. Buscaban oro; no les importaba nada el jade, las plumas preciosas o las turquesas… y escogieron y se llevaron a las mujeres bonitas”. Versiones semejantes están en el Códice Aubin y en los Anales de Tlatelolco, donde se puede leer esto: “Los cristianos buscaron en todas partes a las mujeres; les arrancaron las faldas y se echaron sobre sus cuerpos, sus bocas, sus vaginas, su cabello”.
Al final del capítulo, titulado Martes 13 por el día en que cayó finalmente la ciudad, Pedro Salerón se dirige a quien tiene el libro en sus manos en estos términos:
Lector o lectora, déjame venir por una vez al siglo XXI, a mi mesa de trabajo, y lamentar no solo que carezcamos de la versión de los macehuales de Cempoala, Tlaxcala, Cholula, Texcoco, Chalco, Cuauhnáhuac, Xochimilco, Tenochtitlan, Tlatelolco… déjame lamentar también que no tengamos ni una sola versión ni un solo atisbo de los pensamientos y estrategias de Cuauhtémoc. Ni la posibilidad real de inferirlos y reconstruirlos.
Quizá López Velarde tenía razón —termina diciendo— y Cuauhtémoc es el único héroe a la altura del arte, si pensamos en la concepción individualista del héroe y olvidamos a todas las mujeres, niños, ancianos y guerreros que resistieron hasta que él fue capturado.
Y es que no hay tal “visión de los vencidos”, sino más bien un muy lamentable y espeso silencio, que se ha intentado superar atribuyendo indebidamente narrativas postizas a quienes fueron sometidos. En fin, Salmerón menciona a historiadores como Todorov, quien sintetiza en su libro La conquista de América. La cuestión del otro, las versiones tradicionales de “la conquista de México”, o a intelectuales como Emilio Uranga y Octavio Paz, que examinan una supuesta esencia de la mexicanidad (criticada por Roger Bartra en La jaula de la melancolía), todo ello teñido por un racismo y clasismo que desprecia lo indígena y que desafortunadamente ha influido en quienes diseñan los proyectos educativos.
Precisamente por eso, este libro, según mi opinión, debería estar en todas las bibliotecas de las preparatorias y bachilleratos del país, para ser leído, pensado y discutido colectivamente. De este modo se podría adelantar un paso para desmitificar y desmentir las versiones no solo fantasiosas, sino también racistas y discriminatorias que han predominado en la historia de la llamada “conquista” durante tanto tiempo.