Más allá de subterfugios, llamémosle a las cosas por su nombre: los gobiernos de Estados Unidos van por territorio o petróleo. La biografía de ese país es la de un imperio voraz. La historia registra alrededor de 400 intervenciones militares en el mundo, especialmente en América Latina.
Ha realizado invasiones y ocupaciones en Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Panamá, Nicaragua y México. Golpes de estado en otras siete naciones; en otras, apoyo a grupos rebeldes u operaciones encubiertas. Intervenciones en muchos países más de todo el mundo. Lo de Venezuela es un caso más. Seguro que no el último. Es su naturaleza, como la fábula del escorpión.
Las “razones” son las mismas: velar por la democracia, cuidar los intereses de un pueblo, traer la paz, hacer respetar los derechos humanos, defender a sus ciudadanos. Son pretextos, es el mismo argumento ejecutado con crímenes, bayonetas, tanques, drones, bombas o aviones.
Los mexicanos hemos visto esa película varias veces.
Ahora derrocan a un dictador. El comandante de la operación es otro dictador. No se diga que Trump es un demócrata ejemplar. Su hoja curricular es la de un delincuente que invoca la libertad y la justicia. En la práctica somete a gobiernos y países con chantajes, puño de hierro, amenazas mil y pisoteando derechos y soberanías.
Fiel a sus antecesores, se erige en policía mundial, procurador de justicia y predicador demócrata. Humilla e insulta a gobernantes y blande el garrote a quien no se pliega a sus caprichos.
Los organismos internacionales como la ONU y OEA particularmente, responden a los intereses de ese país abierta o simuladamente.
Esta vez el escenario fue preparado minuciosamente, con años de antelación. La operación militar ensayada reiteradamente. Minuto a minuto, centímetro a centímetro. La ejecución supera toda imaginación: 30 minutos, 150 naves de guerra, 15 mil militares, agentes encubiertos y cómplices internos. Una operación quirúrgica producto de su larga experiencia agresora.
El blanco perfectamente armado: un gobernante tirano y corrupto, un pueblo sometido, empobrecido; la economía desarticulada; ocho millones de venezolanos expulsados; una élite enriquecida y corrompida.
Este escenario, mostrado tramposamente al mundo con un extraordinario aparato de propaganda, como una escenografía que clama al cielo por un remedio externo benévolo y justiciero.
Ahí aparece Trump agitando la bandera que le atribuyen a Monroe pero que en realidad fue de Washington, la de “América para los americanos”.
Y el señor sin ambages lo confiesa ante los medios: vamos por el petróleo, nuestras compañías explotarán esa riqueza que es seis veces superior a la estadounidense, y aportarán luego recursos para el país dueño de los recursos. La vieja fórmula: primero creamos a los enfermos y luego hacemos el hospital. El estandarte por la democracia por ahí quedó arrumbado.
Esta historia de película tantas veces repetida se puede contar con peras y manzanas de modo sencillo para una comprensión popular más clara:
En una calle urbana el jefe de familia es un macho fanfarrón pendenciero, heredero de minas, petróleo, capitoste de mafias; protegido por socios y amigotes armados; la familia subyugada, todo el vecindario avasallado y sin derecho alguno víctima de la violencia, la cárcel, el miedo, el terror.
Pero surge el pandillero mayor, amo y jefe de toda la colonia, que se viste de guardián y vengador social. Ataca, humilla y secuestra al fanfarrón, lo expulsa de la zona e impone sus reglas: me quedo con toda su herencia y riqueza, poder y territorio, familia y vecinos sojuzgados por el imperio de mi poder impertérrito.
Ahí sienta sus reales y no hay más poder que el suyo, jefe de jefes de toda la colonia. Pisotea leyes, derechos, principios, normas y reglas de todo tipo.
Este es, a grandes rasgos, el más reciente eslabón de la cadena de un imperio, como otros que en el mundo registran los archivos de la historia.
Hace un par de años, otro gobierno de esa nación invasora condenó duramente la garra rusa sobre Ucrania. Cinismo puro. A las cosas por su nombre.