enero 27, 2026, Puebla, México

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La vida de Chuck / Serafín Vázquez

Una vez fui a México, a la Gandhi o a El Parnaso (librería que ya no existe).

Iba con Luis, un promotor de medicamentos. No recuerdo exactamente a qué fuimos, quizá por El Erotismo, de Georges Bataille. Luis cursaba Filosofía, yo Literatura.

El caso es que al salir, a unas calles, había un puesto de tacos. Los de suadero (que no hay en Puebla) son un placer.

Le invité unos tacos; en la Ciudad de México es la comida más popular, como en Puebla son las gorditas (memelas).

Todos los comensales comíamos de pie. Yo, que no soy nada extrovertido, me senté en la banqueta a saborear los tacos. Era más cómodo. El gesto no le gustó a Luis, lo tomó a mal. Sintió que lo criticaba. No fue mi intención. No sé por qué lo hice, pero lo disfruté. Era mi ciudad, la ciudad de los palacios, mi querido México, la ciudad de mi infancia.

Otras ocasiones me han pasado hechos así: que sin importar a donde vaya, me paro a disfrutar el momento.

Me pasó en las calles del centro una vez que iba a la FIL de Minería: del violín de una joven salían las notas de La vie en rose. Luego tocó otras. Me quedé ahí minutos que se hicieron eternos.

En Puebla, hace años, en la 5 sur, frente al templo de San Agustín, había una cantina. Llevaba el unomásuno y traía Sábado, el suplemento cultural más leído e interesante de la época.

Así que sin pensarlo, entré a la cantina a tomar unas cervezas y leer. Hubo un trío de desconocidos que les extrañó que entrará solo siendo sábado. Me invitaban a su mesa, rechacé la invitación, pero sí acepté una cerveza.

Ahora sé que la vida es un instante y el placer un destello. Los tomas o los dejas, son pocos.

Ayer recordé todo esto porque fui a comprar un medicamento a la 16 de Septiembre, esa avenida colonial por la que a diario transitan miles y miles de seres humanos. Bajé en la 13 poniente y caminé a la 11 oriente donde se encuentra la farmacia. Ahí mismo pasa el transporte de regreso.

Al salir, en lugar de tomar el micro, decidí caminar hacia Catedral. No hacía frío. Ahí, en una banca estaban Fabiola y Fernandita. Distraído como iba, no las reconocí de inmediato. Me senté con ellas y recordamos la vida, su niñez. A Dolores, su reciente muerte. Entristecimos.

De repente, pasó una chica y bailó alegre unos instantes. Sus amigos voltearon a verla, ella sonreía.

A los tres nos asombró su espontaneidad. Cierto, en la banca de enfrente, una mujer cantaba con su guitarra, quizá eso la animó.

Entonces les hablé de La vida de Chuck, quizá la chica vio la película, dije.

En la historia, una joven negra toca la batería en la calle con mucho entusiasmo. Un contador (Chuck) escucha y -aunque lleva prisa, coloca sus cosas en el piso- se entrega al ritmo.

Pronto, se forma un círculo a su alrededor y Chuck invita a una joven mujer a la improvisada pista.  Y como la chica de la 16 de Septiembre, se entrega al baile con Chuck.

Y pensé que siempre dejamos pasar la vida y esos instantes de placer tan a la mano.

Como diría el escritor Walt Whitman, somos inmensos y contenemos multitudes.

Nota: La película es de Mike Flanagan, el relato del mismísimo Stephen King, la música de Taylor Gordon y la pieza se titula Joy por si te interesa bailarla.