enero 28, 2026, Puebla, México

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El periodismo se mide en consecuencias / Misael Sánchez

Cuando uno de esos viejos periodistas se va, no deja manuales ni discursos. Deja ausencias. Una silla vacía en la redacción, una mesa desocupada en el café de siempre, un cajón lleno de libretas indescifrables. Y una ciudad que entiende un poco menos lo que ocurre. Porque se ha ido alguien que escribía con el cuerpo, no sólo con los dedos. Alguien que sabía que el oficio, cuando se ejerce de verdad, no busca comodidad. Busca sentido

Antes de que la prisa se volviera método y el internet dictara agenda, el periodismo se aprendía con el alma. No en aulas climatizadas ni en manuales de estilo, sino en la fricción diaria con la calle. Había reporteros que no necesitaban presentarse: bastaba verles las manos, manchadas de tinta y madrugada, para saber que venían de lejos. Eran metódicos hasta la obsesión, desconfiaban del adjetivo fácil y trataban la opinión como se trata un arma: sólo cuando es inevitable.

Ese mundo no empezaba en la redacción, sino mucho antes, en los desayunos interminables, en las cantinas donde se hablaba en clave, en los pasillos donde el poder dejaba caer migajas de verdad. La gran jornada no era la del aplauso público, sino la de la nota que se ganaba la plana completa. La que se escribía con paciencia, traiciones cruzadas, datos confirmados a golpes de intuición y una cuota inevitable de suerte. Esa victoria silenciosa valía más que cualquier reconocimiento posterior.

El periodista de entonces no acumulaba contactos: construía relaciones. Sabía quién hablaba por convicción, quién por miedo y quién por conveniencia. Entendía que la información circulaba por caminos oblicuos, envuelta en sobres discretos o servida en frases incompletas. Leer ese mapa exigía algo más que técnica: requería calle, memoria y un olfato afinado para distinguir el dato del engaño.

Había una economía paralela sosteniendo el oficio. Favores, apoyos discretos, silencios negociados. No por romanticismo, sino por supervivencia. El periodismo nunca fue un monasterio y aquellos veteranos lo sabían. Vivían en un equilibrio incómodo entre la verdad posible y la realidad pagable. Algunos resistían por la fuerza de su pluma; otros, porque alguien poderoso los respetaba lo suficiente como para no empujarlos al vacío. Ese pacto tácito, incómodo y real, formaba parte del paisaje.

Con el tiempo, ese ecosistema comenzó a resquebrajarse. El poder aprendió a controlar el flujo de información con métodos más sofisticados, haciendo innecesaria la vieja complicidad artesanal. Y el oficio, en lugar de endurecerse, se ablandó. Llegaron generaciones formadas en la teoría, pero ajenas a la intemperie. Sabían analizar discursos, pero no levantar alcantarillas. Podían citar códigos de ética, pero no negociar una entrada a un anfiteatro con un cigarro encendido y respeto en la mirada.

El escenario cambió de forma drástica. El periodista dejó de ser sabueso y empezó a ser gestor de contenidos. El dato, antes cazado como fiera, fue reemplazado por la consigna, el chisme o la tendencia. La calle se volvió opcional; el escritorio, obligatorio. Se escribe mucho, pero se observa poco. Se publica rápido, pero se entiende menos. Y esa mutación tiene consecuencias: los poderosos ya no temen al reportero, apenas lo administran.

Sin embargo, aún quedan vestigios de aquel oficio duro. Persisten en quienes siguen creyendo que el dato es sagrado, que la verificación es una forma de respeto y que la intuición no sustituye al trabajo de campo. En esos periodistas sobrevive la idea de que escribir no es una actividad inocua, sino un riesgo asumido. Que el periodismo no se ejerce desde la comodidad, sino desde la herida.

La reconstrucción del oficio no pasa por idealizar el pasado ni por negar sus sombras. Exige recuperar lo esencial: el respeto por el dato, la paciencia para esperar, la humildad de escuchar y el coraje de incomodar. Volver a entender que la calle no es un decorado, sino la fuente primaria. Que el teclado no sustituye a la mirada. Que el periodismo no se mide en métricas, sino en consecuencias.

Cuando uno de esos viejos periodistas se va, no deja manuales ni discursos. Deja ausencias. Una silla vacía en la redacción, una mesa desocupada en el café de siempre, un cajón lleno de libretas indescifrables. Y una ciudad que entiende un poco menos lo que ocurre. Porque se ha ido alguien que escribía con el cuerpo, no sólo con los dedos. Alguien que sabía que el oficio, cuando se ejerce de verdad, no busca comodidad. Busca sentido.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx