Tres asuntos deben llamar nuestra atención acerca de la reciente reunión del foro mundial de Davos. En primer término, los estrambóticos anuncios hechos por un empoderado Donald Trump. También el valiente y sesudo llamado del primer ministro canadiense a la alineación de las potencias medias. Finalmente, la ausencia de la presidenta Sheinbaum, ligada a la discreta participación de la secretaria del medio ambiente, Alicia Bárcena. De ellos parece desprenderse una conclusión negativa para nuestro país: la suerte está echada.
Con el fin de distraer la atención por la pérdida de popularidad y el creciente descontento de la población norteamericana, Trump anunció el fin de la globalización, la decisión de adquirir a Groenlandia y el mantenimiento de su cruzada contra el crimen organizado. Si bien un buen número de analistas internacionales ha sostenido que con su ruta aislacionista, Trump está hundiendo a Estados Unidos y allanando el camino a China hacia la hegemonía de la economía mundial, las autoridades mexicanas deberán estar entendiendo que la cerrazón mostrada por el mandatario estadounidense es la que habrá de definir la forma que tomará próximamente el T-MEC, en caso de que su renovación sea acordada. Asimismo, tendrán que dar por hecho que, más temprano que tarde, el gobierno norteamericano tomará acciones concretas contra las bandas del crimen organizado en México. Ni el silencio, ni los intentos por dulcificar la relación tensa con Estados Unidos mediante frases amables sobre Trump impedirán que fuerzas militares incursiones, de una u otra manera, en el territorio mexicano para enfrentar a quienes ya han sido calificados como terroristas.
El primer ministro canadiense, por su parte, parece tener claras las enseñanzas que al mundo le dejó el proceder de Hitler durante su intento por dominar al mundo. Mark Carney hizo ver que en tiempos aciagos y cuando el poder amenaza de manera irracional, agachar la cabeza o voltear hacia el otro lado para evitar la mirada del tirano es la peor manera de evitar las desgracias. El político canadiense fue claro. Las potencias medias deben enfrentar a las grandes en conjunto, con base en reglas claras y orientadas hacia la cooperación. De lo contrario, serán subordinadas y sometidas por los poderosos sin la menor de las contemplaciones. La unidad deberá darse alrededor de la diversificación y el intercambio basado en intereses y valores compartidos.
La ausencia de la presidenta cobra sentido, sobre todo, en el marco de la participación de estos dos líderes. México comparte con sus países un tratado de libre comercio que ha sido clave para su desarrollo macroeconómico durante buena parte de las últimas tres décadas. Trump, cabeza de la economía más fuerte de las tres, anuncia que está decidido a clausurar los tratos económicos de una estrategia global que no consiguió —según él— sino debilitar a su país. El primer ministro canadiense no sólo anuncia que tiene entendido el sentido que Trump quiere darle a sus relaciones con el mundo, sino que ofrece una propuesta para hacerle frente. Frente a estos señalamientos, no solamente la ausencia de la presidenta es preocupante. También la participación de Alicia Bárcena. La secretaria del medio ambiente participó en reuniones en las que el cambio climático y el desarrollo sustentable fueron los temas dominantes. ¿México no tiene nada que plantearle al hegemón de la relación? ¿Tampoco se planteó pensar una solución con la otra economía que, como la nuestra, depende en buena medida de este tratado? ¿Sentarse a intercambiar información sobre políticas ambientales y de sustentabilidad no es voltear hacia el otro lado cuando lo que se debate es el modelo del desarrollo mundial?
La gran pregunta es ¿por qué la presidenta no asistió? Si lo hubiera hecho y hubiera fijado postura respecto de lo que México planea hacia el futuro ¿habría irritado a Trump al grado de que éste podría haber adelantado su decisión de ingresar al territorio? ¿Habría provocado en él la decisión de dar por terminado un tratado comercial al que ha calificado públicamente de irrelevante? ¿Por qué no, al igual que Carney, hizo frente a la postura desafiante de Trump?
Las participaciones de Trump y Carney no auguran un buen final para el tratado de libre comercio. Es posible que no haya una renovación del tratado, o se firme bajo nuevas y muy distintas condiciones. En cualquiera de estos dos casos, México será el gran perdedor. La nuestra, es la economía más dependiente del tratado. Su desaparición tendría un impacto negativo muy alto en el PIB, así como también una alta afectación social. La recuperación de su dinamismo requeriría mucho tiempo y pondría en aprietos al régimen pues reclamaría políticas de apertura, incentivación económica e innovación tecnológica y de infraestructura que chocan con su ideario ideológico.
Por otra parte, la poca disponibilidad que el gobierno mexicano ha tenido para trabajar en conjunto con las autoridades norteamericanas en el combate al crimen organizado lo colocan en una situación por demás problemática. El recurso de la defensa de la soberanía además de absurdo resultará inútil. El gobierno de Trump hará lo que él decida y le venga en gana. Tal vez por eso, la presidenta se ocupa menos de apelar a ella.
La suerte de México está echada porque ha dejado pasar oportunidades de desarrollo y diversificación. Al gobierno de la llamada cuarta transformación le ha parecido más atractivo el pasado que el futuro. Y, también, porque no sólo fue incapaz de frenar el empoderamiento del crimen organizado, sino que lo alentó. El dato es demoledor: el crimen organizado es la quinta fuerza empleadora del país.