Diario de trabajo, 28 de marzo, 12.00 Hs.
Cartas desde la ciudad 2
A lo largo del tiempo, la ciudad no solo ha sido el escenario de distintas formas de poder sino, simultáneamente, el instrumento y el objeto de dichos poderes. De ser el escenario y ombligo del poder religioso – también mandala del universo y reproducción del cuerpo, cuerpo ella misma- la modernidad seculariza el espacio urbano y, con ello, la ciudad y el hombre se conviertan en los principales actores de la historia; uno y otro se hacen sujetos de sí mismos. La ciudad es, repito, el símbolo por excelencia de la utopía y sus avatares, desde el descubrimiento del otro, hasta su negación hoy día.
No es solo anecdótico que la Revolución francesa o la “Comuna “ hayan sido movimientos eminentemente urbanos, o que el flâneur de Baudalaire encare la forma privilegiada de agenciamiento del hombre moderno.
En México contamos con uno de los más agudos ejemplos del significado de la ciudad como utopía: me refiero a “ La sombra del Caudillo”, de M.L. Guzmán. La misma obra de Octavio Paz está marcada por el vínculo ínquebrantable entre ciudad y otredad , y la propia ciudad como espacio de escritura, o mejor, la ciudad es el sujeto de la escritura. Si la obra de Cernuda está marcada por la ecuación cuerpo- escritura, la de Paz se perfila entre ciudad- otredad – escritura.
La ciudad posmoderna, como la antigua ciudad medieval, vuelve a amurallarse, a ensimismarse. La ciudad ya no es más el espacio de la pluralidad y la diferencia. Ya no es más la utopía del cuerpo que reviste la propia modernidad sino, ella toda, se convierte en pura extraterritorialidad. Si la ciudad moderna había estado marcada por la frontera aleatoria entre interioridad y exterioridad y a ese “ entre “ debía su razón de ser y su sentido, hoy, la ciudad posmoderna reduce la exterioridad a una pura amenaza. La ciudad se debate entre las pulsiones parciales de las que habló Freud y un universo narcisista.
Si la ciudad y el cuerpo –la ciudad como cuerpo y el cuerpo como ciudad–, habían sido el principal resorte de la libertad hasta la década de los 60s, la inflexión utópica que vive el mundo una década después, y más claramente en la era Reagan- Tatcher, convierten al cuerpo y a la ciudad en medios eminentemente contaminantes, amenazantes. También la ciudad se fractura, irreconciliable, entre la fuerza centrípeta del capital y las fuerzas centrífugas de las identidades. Continúa