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La maga pintada de azul
I.
Edgardo salió un viernes de la escuela de Economía alrededor de las 7:30 de la tarde. Se despidió de sus compañeros de clase y fue directo a los Billares Reforma para verse con sus amigos de la colonia La Paz. Se habían citado allí para ir al cine, pues se estrenaba la película Cuando el destino nos alcance, de Richard Fleischer, protagonizada por Charlton Heston, que fue un éxito fílmico en el 73. La función se convirtió en un acontecimiento interesante, porque además del filme, que les habían recomendado mucho por su ficción futurista, se habían sumado a la banda de amigos dos bellas chicas: Rosy Milán y Lola Herreros, hermanas de El Gomas y de Fausto respectivamente. Rosy era una chica delgada, bonita y animosa que alegraba el ambiente en donde estuviera. Trabajaba en un banco de capital nacional. Lola, por su parte, era una mujer morena, muy guapa y tranquila, que a Edgardo le atraía además por el tono grave de su voz. La chica estudiaba en un colegio particular la preparatoria, así es que frecuentemente se le veía de faldas largas y calcetas altas.
Lola era siempre foco de atención de Edgardo, le encantaba estar con ella cuando se reunían todos los amigos y amigas en las tardes sabatinas, afuera de la casa de Fausto o de la familia Milán, donde Edgardo pernoctaba. Solían cantar las rolas de moda, particularmente de los Beatles, pues algunos chicos del barrio tocaban la guitarra. También entonaban boleros cuando se incorporaba Raúl, el hermano de El Gomas, que se sabía todo el repertorio de El Pirulí, de José José, de José Feliciano y de otros connotados artistas. Los ambientes bohemios acentuaban los ánimos románticos de Edgardo y su creciente apego por Lola, pero siempre se atravesaba el celoso hermano para poner freno a las inquietudes del amigo. Fausto desvanecía con burlas e improperios la agradable atmósfera musical.
—No va a ser para ti, pinche “Infausto” –le reclamaba Edgardo–, ¡déjala ser!
—Ni madres –contestaba Fausto con una sonrisa fingida y le ordenaba a Lola – ¡Tú, ya métete a la casa!
—¡Ja, ja, ja, machín celoso! ¡Qué ojete eres! –le reviraba Edgardo.
Así terminaban las agradables noches en La Paz, con el berrinche de Fausto, cuidando la pureza de su hermanita y con la frustración de Edgardo.
En aquella ocasión, después del cine, decidieron quedarse en el centro para tomar unas cervezas en los portales. Se metieron al bar del restaurante El Vasco, de lado poniente de la plaza de armas, y se la pasaron comentando la película. Lola ponía el acento en el carácter premonitorio del filme; pensaba que así acabaría el género humano, buscando en los basureros de los restaurantes y comiéndose lo que encontraran, o bien tragándose las proteínas que les ofrecía el régimen, en croquetas con formas de caritas de cerdito sonriente y muslitos de pollo. Entre esas galletas destinadas a paliar el hambre de la gente pobre, destacaban las misteriosas galletas denominadas Soylent Green, de las que trata el filme. Edgardo oía con interés las opiniones atinadas de Lola, aunque no dejó de precisarle –usando sus conocimientos de Economía– que en el futuro la sociedad lograría los avances tecnológicos necesarios para sacar agua de las piedras y darle de comer al hambriento, como mandaba el Evangelio.
—Dudo que haya comida para todos –dijo Rosy, pontificando el desastre–, mientras la mayoría no tenga otra diversión que seguir reproduciéndose como conejos y cucarachas, y los ricos continúen acaparando los bienes y la buena educación.
—Sabias opiniones, chicas –dijo Edgardo, y preguntó: ¿Ustedes, amigos, no tienen algún comentario para nuestras inteligentes invitadas? Qué entendieron de la película, ¡joder, retazo de inútiles! Por eso nos insulta Paquita la del Barrio, ja, ja, ja.
—Exageran Lola y Rosi –dijo El Gomas, mientras sacaba un sobrecito de su cartera que mostró a la concurrencia–, para eso pusieron estos latex en el mercado. Hay hasta de sabores, je, je. Y para la raza, los dan gratuitamente en Salubridad. Con esta tecnología, Rosi, –dijo sonriéndole a la hermana– se acabará “conejolandia”.
—Lo dudo –refutó Lola–, no veo a los guapotes de Uganda o de Somalia, ni a los seguidores del Profeta Alí, poniéndose gabardinas en el fusil, ni las conocen. Menos a los machos de por acá, mi linda tierra, que sí los conocen, pero los rechazan, je, je. Los acaban inflando como globos en las fiestas de los niños.
—Bueno, ya mejor vámonos –sugirió Fausto, a quien comenzó a incomodarle la conversación. Lola, tu ya cálmate, ¿no?
—Ja, ja, ja, –rompió en carcajada Edgardo al escuchar a Fausto y sus reclamos.
Lo cierto es que las “ricas galletas” de la película les habían abierto el apetito, por lo que la banda de amigos se fue a cenar a la taquería La Michoacana de la avenida Reforma, que tenía una fama muy bien ganada. Quizá lo que destacaba de esos sabrosos taquitos de maciza, cueritos y cachete de cerdo, era la salsa roja, muy picosa, con la que se acompañaban. No tenía rival. Los tacos eran pequeños, envueltos en doble tortilla y se comían prácticamente en dos bocados. Los jóvenes podían llegar a consumir, como en el caso de Edgardo y El Gomas, hasta 10 taquitos cada quien, sin problema. Nada que un buen eructo cervecero no sanara.
—Al menos estos taquitos son de marranito y no de huesos y cadáveres humanos como las Soylent Green –bromeó Rosy.
—¡Guácala! –gritó Fausto, que intentaba morderle a un taco de cachete–. No me chingues Rosy, me echas a perder la cena.
El grupo de amigos se entretuvo todo lo que quiso en la charla, disfrutando la compañía de chicas tan divertidas, que no hubo oportunidad de que regresaran en el Central-San Matías a su colonia, pues terminaba su servicio a las 11 de la noche. Tuvieron que caminar con la panza llena y el alma alegre.
Al salir de la taquería se fueron por la avenida Reforma hacia el poniente, cruzaron la esquina de El Gallito y atravesaron el Paseo Bravo. Se siguieron a todo lo largo de la hermosa avenida Juárez, hasta la calle Chietla donde vivían. Edgardo aprovechó para caminar al lado de Lola durante todo el trayecto. Platicaban sobre esto y aquello; bromeaban sobre la cantidad de leyendas que se habían construido sobre los habitantes de una lujosa casa porfiriana que estaba justo en la esquina de la avenida Juárez y la 17 Sur: la “Casa de los Enanos”, le llamaban. Era una hermosa mansión decimonónica, construida a la manera de un chalet francés provinciano, de dos plantas y rodeada de jardines. Entonces Lola recordó que Edgar se sabía una historia del lugar, de sus curiosos inquilinos, y le pidió que se la contara de cabo a rabo.
—¡No, Lolita, está muy fuerte! Aún no tienes 18 años –dijo Edgar, carcajeándose.
—No seas pesado, Edgardo. ¡Anda, cuéntamela! –insistió Lola.
—Quanti anni hai? –la cuestionó Edgar sobre su edad.
—No seas ñoño, chico, suelta ya el cuento por favor.
—Sí, Edgardo cuéntaselo enterito, –dijo Canty, quien siempre aparecía en el momento oportuno, opinando muy divertido sin ton ni son– pa’que se eduque la niña, ji, ji. (continuará)