La magnífica obra del indígena Francisco Miguel en la iglesia de Nuestra Señora de Ocotlán, Tlaxcala
Hoy, en este miércoles de Semana Santa, en el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de Ocotlán, el cielo de Tlaxcala es de un azul intenso y el sol de las doce del día ilumina la fachada de la Iglesia tan blanca que casi nos ciega. Es de argamasa, cual si fuera un retablo de dulce consagrado a la Virgen María, a San Francisco de Asís, a San José. La imagen central de la Virgen está rodeada de los arcángeles y en la parte superior de la misma, se encuentran frutos tropicales, todo protegido por una gran concha. Al igual que la Casa del Alfeñique, se antoja morderla y desprender las figuras para el goce del paladar.

Cuenta la historia que en 1541 el indio Juan Diego iba subiendo por la ladera occidental del cerro y penetró en el bosque de ocotes en busca de agua para curar a los enfermos, cuando se le apareció una hermosísima señora vestida con un huipil blanco y una falda indígena y lo procuró del agua. Luego le dijo que avisara a los religiosos franciscanos que en ese mismo sitio encontrarían una imagen suya que quería fuera colocada en la capilla de San Lorenzo. Así lo hizo. Al presentarse al lugar, los religiosos encontraron un enorme árbol de ocote incendiado. Una vez apagado, abrieron el ocote señalado y encontraron la imagen de la Virgen que trasladaron a la punta del cerro, donde antes estaba la imagen de San Lorenzo. Cuya devoción local creció a través de los siglos. La iglesia actual se inició en 1670, por el primer capellán Juan Escobar.

En 1716 tomó posesión el tercer capellán, Manuel Loayzaga, a quien correspondió la diriguir la renovación del retablo principal, la obra de la platería del frontal del altar central y el camerín de la Virgen, su habitación privada. Este espacio, de una belleza sin igual por su belleza, colorido y la perfección de las imágenes, iluminado solo por luz natural a través de ventanales, fue concebido por el teólogo Loayzaga, pero el artífice fue el indígena Francisco Miguel. Este gran artista es poco reconocido entre los grandes maestros del México novohispano, a pesar de que el propio Loayzaga dejó claro testimonio de la autoría de sus obras. El propio sacerdote contó la vida de este artista; narra, según se dice en el folleto que venden en la Iglesia, que durante la construcción del templo, Francisco Miguel, al cargar una piedra se resbaló y quedó suspendido en el aire, atorado el pie con las rocas. Pero milagrosamente lo salvó la Virgen. En agradecimiento se retiró de la vida mundana, para vivir como anacoreta en el Santuario, durante veinticinco años. Según narra Loayzaga: “Ahí tomó el oficio de la escultura, en el que salió tan consumado como lo acreditan sus obras. Este maestro fue el artífice primero y único en todo lo que hoy se mira y admira en este santuario, como el trono y el Camerín. Fue humilde y amantísimo del Santísmo Sacramento. Su cuerpo está sepultado en aquél mismo templo que regó con sus sudores”. Obra suya son también las imágenes del retablo mayor y algunas otras. Murió en 1749.
Se trata entonces de un ejemplo inigualable de la maestría indígena en el arte de la yesería y de la técnica de la escultura en madera estofada.
Es el Camerín un espacio de paz, que se deja acariciar por la luz del sol.