junio 29, 2026, Puebla, México

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Rabia / Serafín Vázquez

De pronto sentí una rabia inmensa, un odio incontenible, un rencor contra el mundo. Lo intenté, juro que quise contenerlo, pero el veneno desbordó y tuve que dejarlo correr.
La ola de calor, el sudor que corría por la frente, el cuello y el cuerpo aturdían mi pensamiento.
Luego se atravesó ese alto puente peatonal. No lo pensé más y subí. Subí con el corazón latiendo aceleradamente; tuve que poner mi mano en el pecho para contenerlo. Dolía.
Me coloqué al borde del vacío y mordí mis labios. Sangraron y salió el resentimiento, todo el que fui guardando desde el día en que no debí haber nacido.
Pero yo no nací un día que Dios estuvo enfermo, no. Ese domingo en casa de mi madrina, la partera, Billie Holiday me recibía cantando Summertime.
Y mi madre canturreaba:
Chico, la vida es fácil…/Tu padre es rico y tu madre hermosa…/ Nadie te hará daño/no llores pequeño…
Y me tomaba entre sus brazos.
Se oyeron sirenas. Seguramente alguno de esas decenas de mirones morbosos -que esperaban ver salpicar mi sangre cuando mi cuerpo cayera al asfalto- llamó a la Cruz Roja o a los bomberos o a la policía para salvarme de la muerte, cuando yo lo que quería era salvarme de la vida.
Desde este lugar privilegiado en las alturas, como un dios romano, fui observando la llegada de los cuerpos de rescate. Vi como poco a poco la multitud se multiplicaba como los peces y el pan.
¡Salta, salta!, hijo de la chingada. Las cosas se hacen, no se ensayan. ¡Muérete ya! y déjanos seguir nuestro camino, gritaban unos.
Alguien te espera, nada es imposible para Dios, los milagros existen, sólo la muerte no tiene remedio, gritaban los menos.
Unos tenían la esperanza de salvarme; otros de ver un cadáver arrollado por los monstruos de gasolina.
¿La vida era injusta o sólo fue mi destino? Entonces vi a los policías que intentaban acercarse. Engañarme.
No saltes, amigo, de la muerte nadie vuelve, y luego me darían mis buenos madrazos por romper la paz de este sofocante día.
Quizá alguno tendría que acompañar a su mujer que estaría a punto de dar a luz. Una vida nueva, un nuevo comienzo. Sí, como el mío.
Insistieron:
amigo, la vida es fácil / nadie te hará daño
Pero esta vez nadie me acercaría a su regazo.
Entonces estallé, miré sus caras de terror cuando abrí fuego en su contra. Sus cuerpos azul y rojo cayeron.
La multitud abajo se paralizó. La intensa luz solar y el miedo la cegaron. Atinaron a correr cuando oyeron claramente los siguientes disparos. La sangre corrió arriba, pero también abajo.

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