octubre 8, 2026, Puebla, México

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Aprender a esperar, aun en la inmediatez / Alejandra Fonseca

Hemos confundido que algo pueda suceder inmediatamente con que ese algo tenga que suceder inmediatamente.

La inmediatez es la circunstancia de estar dos cosas contiguas en el espacio o en el tiempo. El significado principal del tiempo es duración: el momento en que ocurren las cosas; la magnitud física que ordena los sucesos en pasado, presente y futuro; la época o período en que ocurre algo.

Antes, no hace mucho, había que aprender a esperar: una carta, una fotografía, una llamada, un libro, una respuesta, incluso el crecimiento de una planta. Aprender a esperar era tener la esperanza de conseguir lo que se deseaba; creer que habría de suceder algo, especialmente si era favorable, y permanecíamos en el sitio donde se creía que habría de llegar alguien o donde se presumía que habría de ocurrir algo.

Hoy podemos obtener casi cualquier cosa en segundos desde cualquier lugar donde estemos, pero seguimos sin poder acelerar el duelo, el amor, el perdón, la comprensión, la madurez o el encuentro con nosotros mismos. Y eso nos tiene confundidos.

Vivimos la tiranía de lo inmediato: confundimos velocidad con tiempo y procuramos que todo suceda de manera instantánea. No sabemos esperar la respuesta, el mensaje, la noticia, la solución, la disculpa, la explicación ni el resultado. Si alguien tarda en contestar, la impaciencia irrumpe, porque la inmediatez germina al instante dentro de nosotros. Y si algo no sucede cuando queremos, damos por hecho que algo está mal.

Nos hemos acostumbrado tanto a la inmediatez que la espera semeja una falla del sistema.

La tecnología ha hecho que un mensaje llegue en segundos, pero no hace que una herida sane en un instante. Los bytes nos acercan a alguien que está del otro lado del mundo, pero no fabrican intimidad. La red puede darnos millones de respuestas, pero nunca comprensión. Nos muestra el camino, pero no camina por nosotros.

Muchas de las cosas importantes de la vida no obedecen a la velocidad del internet: el duelo, el perdón, la confianza, el amor y, sobre todo, conocernos a nosotros mismos requieren tiempo.

Vivimos una pasmosa paradoja: tenemos cada vez menos que esperar y, sin embargo, cada vez nos cuesta más esperar.

Queremos resultados antes de haber procurado el proceso; deseamos entender antes de haber tenido la experiencia; ansiamos sanar antes de haber sentido; aspiramos llegar antes de haber caminado.

Y la vida, terca, tozuda y empecinada como es, sigue haciendo las cosas a su propio ritmo: una semilla no crece porque la miremos con impaciencia. Una persona no madura porque le expliquemos cómo debería hacerlo. Una herida no cicatriza porque estemos cansados de sentirla.

Hay un tiempo para todo. Y una de las grandes tareas pendientes de nuestra época es recuperar aquello que la inmediatez nos ha robado: la capacidad de esperar sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Porque esperar no es estar detenido. Es permitir que algo se acomode dentro de nosotros. Es aceptar que hay trabajos que solamente el tiempo puede hacer.

Nos engañamos pensando que la inmediatez nos acerca a los resultados, sin darnos cuenta de que los auténticos resultados —los que nos transforman— solamente llegan con el tiempo.

La inmediatez pregunta: “¿Cuándo va a pasar?” El tiempo, en cambio, pregunta: “¿En quién te estás convirtiendo mientras sucede?”

Quizá el tiempo sea, finalmente, ese territorio interior donde aprendemos a permanecer con nosotros mismos mientras la vida ocurre:

La inmediatez resuelve; el tiempo transforma.
La inmediatez contesta; el tiempo comprende.
La inmediatez demanda resultados; el tiempo crea procesos.
La inmediatez da respuestas; el tiempo da sentido.

Y quizá por eso, en este mundo que corre desesperadamente para llegar a ninguna parte, aprender a esperar sea una de las formas más silenciosas —y más profundas— de volver a nosotros mismos, y habitar nuestra propia vida.

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