Una traducción por el poeta Pablo Piceno de un texto de Anne Carson, Premio Nobel de Literatura 2026
(En esta liga puedes escuchar a Anne Carson con la lectura de este poema: https://www.youtube.com/watch?v=QzZWsqDImXo)
Error. Y sus emociones.
Al límite del error está el miedo. En medio del error se encuentran la necedad y la derrota.
Darte cuenta de que cometiste un error causa vergüenza y remordimiento.
¿Es así? Fijémonos en ello.
Mucha gente, incluyendo a Aristóteles, considera el error un proceso mental interesante y valioso.
En su discusión sobre la metáfora, en la Retórica, Aristóteles dice que hay tres tipos de palabras. Raras, ordinarias y metafóricas. “Las palabras extrañas simplemente nos confunden -dice-; las ordinarias transmiten algo que ya sabemos; es de la metáfora que podemos hacernos de algo nuevo y fresco. ¿En qué consiste la frescura de la metáfora?
Aristóteles dice que la metáfora le permite a la mente experimentarse a sí misma en el acto de cometer un error. Se imagina la mente moviéndose sobre la superficie lisa del lenguaje ordinario, cuando, de pronto, esta superficie se empieza a quebrar o se complica. Emerge lo inesperado. Primero se ve extraño, contradictorio o falso. Luego cobra sentido. Y en este momento, de acuerdo con Aristóteles, la mente se vuelve hacia sí misma y dice: “¡Cuán cierto! ¡Y, sin embargo, erré al pensar en ello!”
De los verdaderos errores de la metáfora se puede aprender una lección. No solo que las cosas son distintas de como parecen, y por eso las malentendemos, sino que ese malentendido es valioso. Esperen, advierte Aristóteles, aquí todavía hay mucho que ver y sentir. Las metáforas le enseñan a la mente a disfrutar el error y a aprender de la yuxtaposición de lo que es y lo que no es el caso.
Hay un proverbio chino que dice: Un pincel no puede escribir dos caracteres con la misma pincelada. Y, con todo, es justo eso lo que hace un buen error. Aquí va un ejemplo.
Es un fragmento de lírica en griego antiguo, que contiene un error aritmético. El poeta parece no saber que 2+2 = 4.
Alkman, Fragmento 20:
[Añadiré una nota al pie aquí porque este poema, que tal vez esté incompleto, empieza con un enunciado que no tiene sujeto. Así que, en lugar del sujeto, inserté un signo de interrogación entre paréntesis].
Alkman, Fragmento 20:
(?) hizo tres estaciones. Verano e invierno y otoño como el tercero, y, el cuarto, primavera, cuando hay florecimiento pero no hay suficiente para comer.
Ahora: Alkman vivió en Esparta en el siglo 7 a. C.
Esparta era un país pobre y es improbable que Alkman haya llevado ahí una vida acaudalada y bien alimentada. Este hecho conforma el trasfondo de su afirmaciones que terminan en el hambre. El hambre siempre se siente como un error cuando te sucede. Alkman nos hace experimentar ese error con él a través del uso efectivo del error de cálculo. Para un poeta espartano pobre, al que no le queda nada en la alacena al final del invierno, le llega la primavera como si la economía natural de pronto hubiera cambiado de opinión, como el cuarto en una serie de tres que hace perder el equilibrio a su aritmética y enyambiza su verso. El poema de Alkman se interrumpe en medio de una métrica yámbica, sin explicar de dónde vino la primavera o por qué los números no nos ayudan a controlar mejor la realidad.
Hay tres cosas que me gustan del poema de Alkman:
Primero, que es pequeño, ligero y más que perfectamente económico.
Segundo, que parece sugerir colores como verde pálido sin nunca nombrarlos.
En tercer lugar, que logra emplazar preguntas metafísicas centrales (como “¿Quién hizo el mundo?”) sin emitir un juicio manifiesto. Ustedes habrán notado que, en el primer verso, el verbo “hizo” no tiene sujeto. Es muy inusual en griego que un verbo no tenga sujeto. De hecho es un error gramatical.
Filólogos estrictos nos dirían que este error es solo un accidente de transmisión, que el poema como lo tenemos seguramente es un fragmento cortado de un texto más largo y que, casi con absoluta certeza, Alkman nombró el artífice de la creación en los versos precedentes a los que tenemos aquí.
Puede que haya sido así.
Pero, como ustedes saben, el fin principal de la filología es reducir todo deleite textual a un accidente de la Historia. Y a mí me incomoda la suposición de que se entiende exactamente lo que un poeta quiere decir. Así que dejemos el signo de interrogación ahí, al principio del poema, y admiremos el valor de Alkman de confrontar lo que está entre paréntesis.
En cuarto lugar, lo que me gusta del poema de Alkman es la impresión que despierta de que la verdad se le escapa incluso en contra de sí mismo. No pocos poetas aspiran a alcazar este tono de lucidez inadvertida, pero pocos lo logran con la simpleza de Alkman. Naturalmente, su simplicidad es fingida. Alkman no es en absoluto sencillo, es una mente maestra – o lo que Aristóteles llamaría, un “imitador”- de la realidad.
Imitación (“Mímesis” en griego) es el término colectivo de Aristóteles para llamar los errores verdaderos de la poesía. Lo que me gusta de este término es la tranquilidad con la que acepta que de lo que nos ocupamos al escribir poesía es el error, la voluntad de producir el error, la ruptura deliberada y la complicación de errores de las cuales tal vez emerja lo inesperado.
Así, un poeta como Alkman, evade miedo, ansiedad, vergüenza, remordimiento y todas las demás emociones vulgares asociadas con cometer errores, a fin de ocuparse de la verdadera cuestión. La verdadera cuestión para los humanos es la imperfección. Alkman rompe las reglas de la aritmética, compromete la gramática y arruina la forma métrica de su verso, con el fin de ponernos en contacto con esta cuestión.
La cuestión no desaparece al final del poema ni Alkman tiene menos hambre.
Sin embargo, algo ha cambiado en el cociente de nuestras expectativas. Pues, al desviarlas, Alkman ha perfeccionado algo. En efecto, ha hecho más que perfeccionar algo. De un solo pincelazo.














