Me robaron la sandía en el súper.
Estaba ahí, en mi carrito, y lo peor del caso es que aún no la pagaba.
¿Por qué lo peor? Porque habiendo un millón de sandías más para elegir, a alguien se le antojó la mía: esa que pedí que cortaran más pequeña porque “sólo es para mí”. Cuando volví con el amable señor del área de frutas y le conté lo sucedido me dijo sin más “pruebe esta” (que resultó aún mejor que la anterior, más rojiza, más firme, más dulce y en el tamaño ideal).
Después me dijo con una sonrisa: “Le convino, siempre llega algo mejor.”
Y yo, con lo cursi que soy, pensé que era justo lo que necesitaba escuchar, y lo trasladé al área amorosa. Entonces, ya con la reflexión en mente se las conté al simpático muchacho de la caja y a los señores cerillos –cabe notar que los traía muertos de risa, no porque sea chistosa sino porque seguro no ven gente tan loca a menudo–, y al decirles que era como una metáfora del amor, el chico de la caja me contestó: “Esta sandía está sola, nadie la toma”. Como me sacó de balance le pregunté “¿Con esta sandía te refieres a ti?”, y me dijo solemnemente “sí”. Entonces ya no me quedó más que decirle, como si fuera una verdad irrebatible, que no se preocupara, que de seguro pronto llegaría alguien a llevársela.
Y que seguramente cuando eso pasara alguien más también iba a querer robarse esa sandía.
(Ilustración: SANDÍAS, 1975, RUFINO TAMAYO/Tapiz en lana, punto de alfombra. Museo Tamayo, Ciudad de México.)