enero 28, 2026, Puebla, México

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Férrea memoria: Lvcem spero post tenebras Moisés Ramos Rodríguez

I.- El cuexcomate (del náhuatl, granero), no es un volcán, es un géiser volcánico ubicado al poniente de la antigua Ciudad de los Ángeles, en la junta auxiliar de La libertad.

Durante el virreinato, los cuerpos de quienes, por ejemplo, se suicidaban, eran arrojados en ese sitio: “no merecían” ceremonia ni tumba.

Los otros angelopolitanos podían ser sepultados en los atrios de los templos, o en sitios anexos a éstos.

Es sabido, porque lo indica una placa en su muro norte, que quienes morían en el Hospital San Pedro, en una carreta era conducidos a Xanenetla, saliendo por la puerta de la actual Avenida 4 Oriente, al menos desde 1797.

Un panteón de inicios del siglo XIX fue el anexo al colegio de San Javier, convertido posteriormente en penitenciaria y fuerte.

Los obispos poblanos han sido sepultados bajo el altar mayor de la catedral angelopolitana; el espacio reservado ahí para el cuerpo del obispo Palafox y Mendoza permanece cubierto con la placa que indica el deseo del prelado de ser enterrado ahí, pero lo fue en España.           

En 1870 se hizo la primera solicitud de construir un panteón “civil”, es decir, dejar de utilizar los cementerios de El Carmen y San Francisco —amén de los pertenecientes a pequeños templos— y sepultar a los muertos en sitios donde no se corriera el riesgo de contaminación, por ejemplo, de las aguas subterráneas.

Así, en 1880 fue inaugurado en Panteón municipal, en terrenos del antiguo rancho de Agua Azul, al poniente de la Angelópolis, frente a la garita de Amatlán, donde es recordada la niña María Merced Huerta, la primera inhumada ahí.

Poco después, de manera “particular” se comenzó a proyectar la apertura del panteón de la Piedad, al sur del cerro de San Juan, inaugurado en 1891; en 1896 fue abierto el Cimetière français, al sur del Municipal, que había “prestado” y después vendió esa parte a una asociación franco-suiza-belga.

A finales del siglo XX, pese a la determinación sanitaria, en algunas poblaciones —varias cercanas a la Angelópolis— seguía la costumbre de sepultar gente en los atrios de los templos.

En un atrio vi una lápida; no recuerdo el nombre del difunto, pero si su ruego que podría ser el de todos los sepultados: Lvcem spero post tenebras.

II.- Del establecimiento de los panteones civiles en el siglo XIX viene la moda de crear arquitectura, monumentos funerarios. Por supuesto, los primeros y más famosos, fueron los de la Ciudad de México: copia de los parisinos —el porfiriato era de gusto francés— tienen, aun con el descuido, descollantes ejemplos de ello.

¿Quién no ha visitado, si gusta de arquitectura el Panteón de San Fernando? Aquí, en Puebla, el donador de los terrenos para el establecimiento del Panteón Municipal, quiso asegurar un sitio para que su alma descansara. Y con ello, un monumento, aunque esa no fuera su primera intención.

Cuando el católico panteón de La Piedad fue abierto, como hemos dicho, muy pronto, detrás del de Agua Azul, también la arquitectura del sitio empezó a descollar, al grado de pedir algunas familias copias de monumentos italianos con sus ángeles a punto de despedirse volando.

En el Cimetière français, donde primero se pensó en sepultar a los soldados caídos en la Batalla del 5 de Mayo, y en la toma de la Angelópolis, después del sitio de más de sesenta días en 1863, también los monumentos comenzaron a ser parte de su paisaje, el primero de ellos, no en una tumba, sino en la entrada, las figuras de un francés y un mexicano amistados con un apretón de manos.            

En la antigua Ciudad de los Ángeles, no era raro que prevalecieran en sus tres primeros camposantos, decimonónicos, los ángeles: los hay tristes, victoriosos, iluminando caminos hacia la luz; consoladores de los dolientes, vigilantes fieles y silenciosos, con la corona de olivo en las manos, mirando al lugar donde descansa aquél al que guardaron en vida y a quien no dejarán bajo ningún concepto.

Mas si bien, después de más de cien años hay tumbas completamente olvidadas —con sus placas de “Perpetuidad” muy visibles— también es cierto que los túmulos más modestos (en el Municipal y en el de La Piedad, sobre todo), siguen esa tradición, aunque ahora cubren los sitios, sobre todo, losas de piedra de tecali, y se han incorporado, desde hace años, las fotografías de los difuntos.

Las cubiertas de las tumbas, o las cruces que las encabezan en los tres camposantos citados, no sólo contienen nombre y fecha de quien está sepultado; abundan también salmos, oraciones católicas, pequeños poemas, deseos de pronto rencuentro y, ante todo, aunque hoy no se escriba así o no se traduzca literalmente: “Requiem aeternam dona ei, Domine, et lux perpetua luceat ei. Requiescat in pace.”