marzo 11, 2026, Puebla, México

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La Profecía de Ezequiel / Atilio Alberto Peralta Merino

En la imagen de portadilla, “La Visión de Ezequiel” (1605), cuadro realizado por el artista Giorgio Ghisi, representa una escena bíblica del Antiguo Testamento descrita en el Libro de Ezequiel, específicamente el pasaje del Valle de los Huesos Secos

El libro del profeta Ezequiel fustiga la impiedad en Israel y Judá que, en realidad, venía de mucho tiempo atrás, acaso, desde los días en que el rey Salomón influido por su esposa egipcia decidió rendir culto a diversos dioses; el celo de Jehová, entonces, manifestó que por amor a su padre David no castigaría tal infidencia en vida del rey, pero que, el esplendor de su casa habría de ser  menoscabado a sus sucesores; Jeroboam, exiliado en Siria por sus diferencias con Salomón, retornó tras la muerte de éste para coronarse en Judá  dividiendo el reino, en tanto que Roboam,  heredero de Salomón, se ceñía la corona del reino de Israel.

Jeroboam, descendiente de la “Casa de José” y de la línea de Eprahim, por su parte y  por influencia también de su esposa,  se entregó a su vez a la idolatría comenzando una escalada que llegó al extremo cuando Acab (rey que inspiraría la creación del personaje de Melville en “Moby Dick” con el correspondiente cambio ortográfico a su nombre : Ahab), también influido por el enorme poder de su esposa la princesa Jezabel,  mandó edificar  portentosos templos a Baal, la deidad de la Ciudad de Tra de donde era originaria la reina,  el temible Baal-Zebub .

La historia de  reyes y profetas se inscribe en la doble lucha conformada por una interminable guerra civil entre los reinos de Israel y de Judá por una parte, y  por la sublevación de las clases populares contra las dirigentes por la otra,  que termina expresándose  en el abierto llamado a la sublevación de Elías –quién antes de elevarse al cielo conducido por “carros de fuego” invoca el carácter único , espiritual y no representable en imagen de Yahvé así como sus mandamientos–, culminando su llamado a la subversión  con el ajusticiamiento público de Jezabel motivado por la crueldad de su despotismo.

Los arqueólogos han concluido,  desentrañando vestigios en concordancia con tales relatos, que , en realidad, jamás existió el cautiverio en Egipto y que ello, así como todo el relato posterior hasta la conformación del esplendor de Salomón habría sido  una composición creada tras el cautiverio en Babilonia, en donde los escribas aprehendieron la noción de un monoteísmo moral  que esgrimieron  en su lucha social de clases; de ahí la enorme relevancia de los llamados libros “proféticos” desde Isaias, hasta Ezequiel, pasando por Jeremías y las lamentaciones; tal y como lo aborda Karl Kautsky en su libro “Orígenes y Fundamentos del Cristianismo”.

Jeremías hace sitiar a  Jerusalem por Nabucodonosor bajo el reinado de Sedecías, en tanto que, Daniel lo refiere bajo el reinado de Joacim,  ello, al parecer de  que las respectivas  referencias   aluden momentos históricos  distintos; lo cierto, es que, en los referidos libros “proféticos”, Nabucodonosor es, al unísono, un enviado de Jehová para ajusticiar la impiedad del pueblo, destinado a su vez a recibir él y sus descendientes el  castigo de Dios,  una vez que el pueblo hubiese purgado la culpa de sus impiedades.

Daniel, el otro gran intérprete de sueños y presagios después de José, anuncia el castigo conducente decretado por El Señor tanto a Nabucodonosor como a su hijo, que asume un nombre prácticamente idéntico al que le han asignado al profeta los propios  babilonios, el heredero de Nabuco –dijera Verdi en su magnificente Ópera–, Beltsasar, el nombre asignado al intérprete de los sueños, y  Belsasar es el nombre del monarca a quién Daniel profetiza: “Tu tiempo ha sido contado y ha llegado a su fin, fuiste puesto en la balanza y encontrado falto, tu reino, será entregado a medos y persas”; dado lo cual, Ciro “el persa”,  permite el retorno de los cautivos a la tierra prometida  en donde Esdras inició los trabajos para la edificación del segundo templo de Jerusalem.

En las diatribas de Ezequiel por la infidencia de Judá y de Israel, se destaca la ingesta de los niños que han sido previamente sacrificados, señalamiento que remite al episodio de Abraham con Isaac e incluso al  mandato referido en “Éxodo”, en el que Dios ordena ofrecer todo primogénito de los rebaños, y un sacrificio adicional para redimir el del hijo primogénito, así que, al parecer, los manuales de instrucción de Epstein tendrían un añejo precedente, fustigado por su parte por los profetas, y muy particularmente por Ezequiel.  

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