Rasgos de un personaje que dejó huella en la historia de Puebla
“El Estilo es el hombre”, escribió el naturalista francés George-Louis Leclerc, conde de Buffon. Dijo que “la forma de expresarse, actuar o escribir, refleja la verdadera esencia, personalidad y pensamiento del individuo.”
Y sí que lo es.
Viene esto a cuento por el estilo de los gobernantes. Me acordé del gobernador Melquiades Morales (1999-2005) y un encuentro que tuvo con el escritor y editor Federico Reyes Heroles. Fue una cena de ambos a la que fui convidado.
Melquiades ha conservado una personalidad modesta y una forma de ser muy natural, sin poses. Mira a los ojos, identifica por su nombre a quien le da la mano y añade una sonrisa al apretón de manos. Tiene algo de pueblerino que mete a su círculo de confianza a quien saluda.
Su modestia es natural, lejos de artificios, así lo transmite su lenguaje corporal. Tiene el don de conectar con una notable facilidad.
Grato ambiente el de aquella noche en Casa Puebla. Melquiades, con anfitrionía poblana, le guardaba especialmente reconocimiento a Federico, como que veía en él una proyección del peso y calidad de su señor padre, don Jesús Reyes Heroles, un político de gran relevancia en la atmósfera del país.
Melquiades, al principio de la charla y cuando el tema brotó, expresó un gran respeto y admiración por don Jesús.
No se conocían, por eso el diálogo empezó un tanto formal, distante. Ambos intercambiaban comentarios. Melquiades empezó hablando del estado, del país, de su experiencia como delegado político priista en varias entidades. Luego, a preguntas de Federico, se refirió a los problemas de la entidad, pero los dos salpicaban la conversación con la cita de vidas y dichos de figuras políticas mexicanas.
Había también referencias históricas, pasajes y decisiones, etapas, personajes, momentos clave de México. Federico es un gran conocedor de la historia, pero el gobernador sostuvo la charla del mismo nivel.
El gobernador Melquiades, sin subrayarlo, más bien de modo llano, sin alardes, citó episodios de la historia, el papel de Puebla en la historia del país, de vez en cuando poniendo de relieve a figuras locales en distintos momentos de la vida nacional. Federico escuchaba atento, curioso, sorprendido a veces.
Federico le pidió al gobernador que le platicara de él, de su desarrollo como político, sus conceptos de la política, historia y los problemas y soluciones que estaba aplicando en la entidad.
A veces, el gobernador hacía un alto en sus comentarios, cediéndole el lugar de modo elegante a Federico en la conversación. El invitado lo notó y agradecía la deferencia, no necesariamente de modo expreso.
Casi al final, Federico le dijo algo como, “yo veo en ti a un político muy genuino, algo que va escaseando en nuestro país… Me has hablado de tu origen provinciano, de tus valores, tus dichos del campo y de la tierra, y quizá no te das cuenta Melquiades, pero yo te lo digo, me pareces algo así como un árbol, de hondas, profundas raíces en tu tierra, en nuestro país, a las que eres fiel en todo, en tus formas y en tus ideas, y eso debiera ser un orgullo, así te lo digo…”
Y siguió: “Mira, te veo como un árbol, orgulloso de tu tierra, de Puebla y de tu pueblo, con las raíces o los pies bien puestos fijos en el suelo que pisas, un follaje frondoso que son tus experiencias, tu vida, tu amor al terruño, me gusta tu filosofía, creo que en nuestro país van escaseando políticos así, con un claro vínculo entre la administración pública, los intereses de la gente y un estilo de vida sin vanidad ni simulación…”
En poco más de dos horas de conversación, sellaron una amistad con un desfile de interesantísimos temas, intercambio de múltiples experiencias, coincidencias, anécdotas, dichos y carcajadas. Deliciosa cena, buen vino y magnífico postre…
Esa era Melquiades, y sigue siendo. En corto, un encantador de serpientes sin falsos brillos. Cuidadoso del detalle, fino sin apariencias, llano lejos de ser chistoso o populachero y con un estupendo nivel cultural.
Le ha gustado la lectura. Contó que esta inclinación por leer le nació en sus tiempos de estudiante de leyes y en sus ratos muertos o de soledad, en su cuarto de estudio en un departamento modesto en la Puebla de sus años de alumno de la UAP.
Platica que en esos años, le sobraba tiempo y compraba “El Sol”, el diario local más importante, y que todos los días lo leía completo, de cabo a rabo, desde locales hasta sociales, pasando por la página policiaca y deportes, todo. Y como gobernador, leía todos los periódicos, revisaba lo importante. Quizá ese hábito le llevó a desarrollar una memoria prodigiosa. Se sabía los nombres de cientos de personas que saludaba a diario.
Su estilo, ese del que hablamos al principio, tenía como rasgo característico el saludo de mano de todas las personas que asistían a sus actos masivos, todas, sin importar que ello le ocupara mucho tiempo y atrasara el inicio del acto. Tenía amigos y compadres por miles. Y detalles singulares.
Cierta ocasión, una tarde, regresábamos de gira por Tehuacán y cuando el helicóptero se aproximaba al centro del estado, por Tepeaca, le dijo a su fidelísimo y eficiente jefe de ayudantes don Domingo Becerril:
-“Domingo, dile al piloto que busque un claro por ahí en las orillas, mira por aquél rumbo -señaló la periferia de una colonia o ejido– y que baje con cuidado, quiero saludar a un compadre, a fulano (citó el nombre)..¿te acuerdas?”
-“Sí, gobernador, ya sé por dónde..”
Y bajamos. Sólo íbamos los tres a bordo, con el piloto. Y en efecto, caminó un par de calles, saludó a la gente que acudió ante la curiosidad del aparato en esos lares, preguntó por el jefe de una conocida familia y entró a su casa a saludarlo. Nos invitó un refresco o un café, platicaron un rato, intercambio de abrazos y sonrisas con toda la familia, y vámonos de regreso.
Así era Melquiades gobernador. Un hombre con un estilo muy peculiar. Dejó huella. Y se le recuerda en la entidad con gran cariño…