El nacimiento y la resurrección de Cristo son quizás los hechos más loables de la fe católica. El primero porque al estar el hijo de Dios entre los humanos y sacrificarse por nosotros, nos hermana con él; el segundo, la resurrección, porque los seres humanos añoramos justamente la vida eterna. Recordar cada Semana Santa ese hecho genera la ilusión de la salvación de la muerte. Es la memoria de nuestros seres queridos, al mirar una flor, recordar un aroma, revisar el recetario de cocina, leer un libro o pasear por las calles de antaño, lo que devuelve a nuestros muertos a la vida y por un instante o un milenio, se quedan aquí. La resurrección es entonces un acto cotidiano que practicamos los seres humanos sin darnos cuenta. El gran tino de la fe católica es hacer de ese ejercicio individual una fiesta colectiva el día de la resurrección de Cristo.

La plaza de Huejotzingo luce espléndida este domingo, con sus árboles milenarios y la cruz franciscana que apunta al convento. Recién acaban de retirar los altares monumentales con escenas de la vida de Cristo que se colocan en la propia plaza y en las casas de los feligreses, algunos de los cuales tienen el honor de recibir figuras sacras para su resguardo por unos días. Las familias, en una labor artesanal sin igual, elaboran dentro de sus hogares grandes estructuras para venerar las imágenes sagradas que son trasladadas desde el convento y las parroquias, para ser cuidadas por la familia que abre las puertas de su hogar al público. La espera para ese honor puede ser hasta de 20 años. Cada altar es una obra de arte efímero adornada con flores, plantas de trigo, ramas y semillas. Se decoran con velas y adornos de papel blanco y morado. Los personajes que acompañan a la imagen sacra, son manufacturados en cartón y madera por artesanos locales desde varios años antes, así como la ropa que habrán de vestir, la cual corre a cargo de las mujeres expertas ya en esa labor. Para llegar a los domicilios con los altares, hay que seguir la señalética, que viene acompañada de caminos de aserrín hasta llegar al hogar respectivo.

Fotografía de Enrique Soto.
La permisión por la Iglesia del uso de las imágenes para propagar la fe católica tiene su origen en el siglo XVI, durante el Concilio de Trento, con el argumento de que no se permitía venerar a la imagen en sí misma sino su significado. El propio Concilio marca un estricto rigor en el uso litúrgico de las mismas, su vestimenta y los colores que se debían usar, tanto en las esculturas como en los frescos. La religiosidad prehispánica estaba basada también en el atavío de sus dioses, con diversos significados, por lo que la práctica católica fue vista con simpatía por los recién convertidos. Pero pronto el mundo novohispano se vio rebasado por el color de los artistas locales en las obras de arte, lo cual perdura hasta el día de hoy. En Tonantzintla, esta Semana Mayor, cuelgan del techo de la Iglesia, como una piñata abierta y suspendida en el aire, sandías, piñas, plátanos y tortillas, que provienen del mismísimo cielo, para dotar de abundancia el jardín de los fieles. En Huejotzingo, la sobriedad de los frescos franciscanos en el Convento y la Iglesia, delineados en negro o solo matizados con colores tenues, contrasta, no muy lejos de ahí, con los intensos colores amarillo, rojo, azul, café y negro de los murales de Cacaxtla, pintados muchísimos años antes. Los altares monumentales, cuya preparación lleva por lo menos un año de dedicación, cuentan con la impronta cultural y creatividad de cada familia; y con la meticulosa labor de escultura en papel, yeso y madera, del taller de artesanal de los López Munive, que sin lugar a dudas interpreta y reinterpreta lo sacro.

Este Domingo de Resurrección disfrutemos del frescor de una sandia. Y en este patio del convento de Huejotzingo, que es un edén, hagamos que resuciten en nuestros corazones nuestros muertos.
