Los vencedores aseguran que la guerra, cualquiera de ellas, es gloriosa. Los vencidos, en cambio, lo menos que aspiran es a que les sea honrosa. Creo que ambos se equivocan, pero debo admitir que mi opinión tiene pocos adeptos en comparación con aquellos que veneran a deidades guerreras de toda época y nación.
La novela que hoy presentamos: El ejército ciego nos enfrenta a ese dilema de una forma pocas veces relatada, mediante un abordaje tragicómico que se equilibra entre el horror y la sonrisa mordaz.
El acontecimiento que motiva a David Toscana es terrorífico. En el siglo XI Basilio II, emperador de Bizancio, vence a los búlgaros en la batalla de Klyuch:
“El emperador cegó a los prisioneros, en número de quince mil, con órdenes de que a un hombre de cada cien se le dejara tuerto para que sirviera de guía. Entonces los envió de regreso a Samuel (Zar de los búlgaros). Él, cuando los vio llegar en tal cantidad y en el estado en que se hallaban, careció de fuerza moral para soportar el golpe. Le vino encima la oscuridad y un desmayo, y cayó al suelo. Con agua y mirra hicieron que volviera a respirar. Lograron que recuperara en algo la conciencia. Mientras revivía, pidió de beber agua helada. La recibió. Bebió. Sufrió un ataque al corazón. Dos días después murió, en el 6 de octubre.” Ioannis Skylitzes (1040-1101). Sinopsis de la historia.
El horror de la bárbara acción de Basilio es tan sólo el inicio de la historia, pues esta se profundiza en el penoso regreso de ese ejército de ciegos a sus hogares, en su llegada (cuando les es posible encontrar su hogar), en su readaptación (cuando logran ser aceptados), en su reeducación ineludible y escabrosa, tanto de ellos como de sus familiares y vecinos y aún de sus enemigos, a esa nueva y terrible condición de “desojados”.
De tal suerte, todo este conjunto de hechos serían más que idóneos para construir un pavoroso relato que moviera al lector a henchirse de furor, condenando tan inhumana brutalidad; esa sería, sin duda, la solución literaria fácil y, quizás, apreciada por historiadores y lectores convencionales.
Y, en las primeras páginas el relato, parece apuntar hacia ese derrotero:
“Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y ver negro… Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres son bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos… Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos.”
En ese áspero tono continúa por varios capítulos, acrecentando la sospecha sobre un relato épico convencional:
“Hay preguntas que más valdría no hacer. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes… En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron.”
Y aún en esas páginas iniciales incide en heridas no sólo de los hombres, sino de los dioses:
“A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios. «¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?»,alguien volvió a preguntar. Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.”
Sin embargo, al adentrarnos en la novela descubrimos, sorprendidos, que David Toscana poco a poco va modificando la narración hacia una fina ironía, sátira inteligente y un sutil e irreverente humor negro. Camino literario este mucho más escabroso, pero, sin duda en este caso, provocador de sonrisas complacidas con cierto gusto agridulce y miradas de soslayo precaviendo la censura del vecino que asomara curioso en nuestra lectura después de vernos la brillante mirada que nos ilumina.
Este cambio de vena sucede gradualmente para que, como en el relato de la rana y el agua caliente, en vez de respingar con las escenas de horror, vayamos aclimatándonos a las terribles realidades que, sin remedio, debieron afrontar todos los integrantes del ejército de ciegos en su camino hacia la resurrección de sus muertas almas atrapadas en sus cuerpos invidentes.
Esta fina ironía preñada de realidad incide en el lector como el orvallo asturiano, sutil pero pertinaz:
“En la corte de Constantinopla existe el cargo de maestro sacaojos. Lo natural es que, si el emperador tiene algún traidor en su entorno, ordene vaciarle las cuencas… Los maestros sacaojos se consideran una casta distinta de los torturadores o verdugos, pues su propósito no es matar ni hacer sufrir, aunque siempre hagan sufrir y a veces terminen matando. Sacar ojos no es un método de ejecución ni de obligar a nadie a confesar o delatar. Para el oficio hay dos medidas que hacen perfecto un trabajo. La primera es que casi no se derrame sangre. La segunda se alcanza si los ojos siguen viendo hasta antes de cortar el cordón, cuando cuelgan a la altura de las mejillas. El maestro hace su trabajo en un reo maniatado; a él no le corresponde luchar contra piernas, brazos ni cabezas, sino contra un par de párpados bien apretados.”
La faena de “desojar” a quince mil personas adquiere visos de romería y aún de chanza y a pesar del dramatismo mueve a la sonrisa, más interior que exterior, más condescendiente y algo medrosa, pero risa al fin, cuando vamos recreando con nuestros propios ojos faciales y mentales, lo que acontece en el hipódromo de Constantinopla, donde se ha de completar la orden de Basilio II:
“De las gradas bajaron muchos voluntarios. Empezaron con grande entusiasmo y hasta con risas que legitiman lo que nada tiene de gracioso. Luego terminó por aburrirles hacer lo mismo miles de veces… Con los tuertos no hubo norma. A algunos se les sacaba el derecho; a otros el izquierdo. Tardaron seis días en hacerlo.”
Equilibrando lo aterrador con la ironía, en cada párrafo vamos descubriendo ese otro reflejo con el que el escritor busca equilibrarnos el espanto:
“Acabaron su faena y se tumbaron con un cansancio entristecido. Las únicas risas eran las nuestras. Había un malabarista. Dijo que, aun sin ver, podía hacer suertes hasta con cuatro ojos. Los lanzaba al aire y como embrujo caían en una de sus manos o en la otra listos a ser lanzados de nuevo. Eso decía él. «Suben y bajan, vuelven siempre a mis manos diestras y amorosas». Y nos reíamos porque sin ver nada había que creerle. «Otro ojo», decía alguien. Y él aceptaba el reto. Cinco ojos. Siete. Diez. Todos en el aire, arriba, abajo, a un lado, al otro, como astros que regresan al mismo punto del firmamento. Éramos el público perfecto porque perfectas también eran esas suertes tan reales como imaginarias. Los ojos giraban en su viaje y en un instante veían el cielo y el suelo y el horizonte y los muros y a nosotros, que embelesados abríamos los párpados.”
Durante varios capítulos vamos conociendo los pormenores de la nueva vida del ejército de ciegos preñados con la zozobra de que no habrá solución a su dilema ni satisfacción a su afrenta. Sin embargo, página a página se va gestando la posibilidad, imposible a ojos vista, de la venganza.
Es tan monstruosa la afrenta a su pueblo que Gavril Radomir, sucesor de Samuel, dicta dos decretos que, al tiempo, propiciarán la venganza: 1) A partir de su orden, dejan de existir los ciegos en su reino y, 2) Meses después, ante el inminente asedio de Basilio II, se obliga el reclutamiento militar de todo varón que, por mandato del primer decreto, está más que apto para la inminente guerra ya que la ceguera ha dejado de existir en el reino.
“Ya estaba bien entrada la primavera. La temporada de guerra comienza cuando los caballos recuperan su brío. Un relincho alborozado marca la fecha y no la voluntad de un zar o de un emperador. Hay que esperar el deshielo y que emerjan los pastizales; después, que los caballos coman hasta el hartazgo, que preñen a las yeguas, que se pongan a correr hasta que corran como atletas, hasta que anden ligeros con hombre, silla, arreos, armas y armaduras… Y en espera del feliz relincho de caballos, todos en el campo se apresuran a sembrar, que tampoco nadie quiere la guerra antes de la siembra.”
El vientecillo aromado por los almizcles de la guerra despierta en el ejército de ciegos sentimientos encontrados y deciden prepararse, ellos también, para la venganza. Esas sensaciones sentimentales que los corroen desde su ceguera, van aflorando conforme se precisa el reclutamiento obligatorio ordenado por el zar Gavril Radomir; primordialmente el de ellos, los ciegos, a quienes culpa por la repentina muerte de su padre Samuel:
“Los duetos de soldados a caballo continuaron con la leva de ciegos por todo el imperio… Igorón (uno de ellos) dijo a sus reclutadores que no era ciego, que el vía los planetas y las estrellas, el sol naciente y poniente, y hasta el lado oculto de la luna (con sus ojos de cerámica comprados al judío Moskono, decorados con todos esos astros). Pero igual estaba dispuesto a combatir en cualquier batalla que le ordenara el zar… Prémeld estaba tallando una muñeca. Le preguntó a su mujer si ésa sí se parecía a su hija (desaparecida); pero ella no solía hablar. Se quedó mirándola y cuentan que enloqueció un poco más. Prémeld se despidió de su mujer… tomó un hacha de su taller y siguió a los soldados… Nadie fue tan feliz con el reclutamiento como Radislav el aprendiz de herrero. Había pasado el invierno pulimentando su (contrahecha) espada de San Miguel Arcángel (forjada desde su ceguera). En la empuñadura enrolló un cordón de cuero de vaca. El pomo era un disco brillante de metal que él decía era su ojo vuelto de plata. Su arma no tenía guarda y la mano le quedaba indefensa, pero eso a él no le importaba. Alguien le había pedido que se aprendiera la frase que por primera vez habló de una espada en las escrituras: «Echó fuera al hombre, y al oriente del huerto del Edén puso querubines y una espada encendida que se revolvía por todos lados para custodiar el camino del árbol de la vida”.
De ahí en adelante la novela entra en una vorágine sorprendente pero verosímil, que redundará en un final inesperado.
El ejército ciego, es la novela triunfadora del premio Alfaguara 2026 y de ella señala el jurado:
“Historia, inventiva y poseía confluyen en este magnífico retablo inspirado en las crónicas medievales y en uno de los episodios más crueles de las guerras bizantinas… y nos habla, con deliciosa ironía e ingenio, sobre las narrativas del pasado y sobre cómo el testimonio de los vencidos desaparece fácilmente en el olvido.”
El ejército ciego. Penguin Random House, 2026. e-Book