El silencio llega cuando parece que nadie sabe qué decir o cuando se intuye que hay que callar: ¿incomoda?, ¿disgusta?, ¿perturba?
No.
Este silencio del que yo hablo es de otro tipo: preciso, necesario, sereno. Como el que se escribe en una partitura para que el músico sepa que tiene que callar: el compás de espera.
Y el músico calla no porque haya terminado la canción, sino porque abre, en ese instante, la posibilidad de lo que todavía no sabemos qué sigue. Es el respiro que la canción necesita para seguir siendo música.
Silencio que no es vacío.
Es preparación.
En la vida ocurre algo parecido cuando hay algo que todavía no está listo para ser atendido. Es el compás de espera de nuestra propia partitura. Y si lo omitimos, tendremos más sonidos, pero no necesariamente más melodía.
Porque el silencio tiene duración.
Tiene ritmo.
Forma parte de la composición.
Hay temporadas en las que parece que me he detenido. Etapas en las que aquello que esperaba no llega, el camino no se abre y las respuestas no aparecen.
Y me pregunto:
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
¿Por qué no pasa nada?
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué tengo que esperar?
Fui educada para creer que mi valor estaba en hacer: producir, avanzar, conseguir, resolver, demostrar.
Pero hay momentos en los que he descubierto que mi tarea no es hacer.
Es esperar.
Es escuchar el silencio.
Dar sentido a lo que ocurre dentro de mí mientras afuera todo permanece quieto.
Por eso algunos silencios incomodan: porque cuando todo calla es irremediable percibir —estés o no preparada— que ha llegado el momento de escuchar tu propia música.
Llevo años tocando una melodía que quizá ni siquiera es mía. Una melodía que me revela un cansancio que confundí con fortaleza, que me delata un deseo enterrado y una pregunta que llevo demasiado tiempo evitando contestar.
Pregunta que manifiesta algo que ya no puedo ignorar: no soy la misma que comenzó aquella canción.
La música no se desespera durante un compás de espera.
El músico no golpea el instrumento con lamentos para demostrar que sigue ahí.
Espera.
Escucha.
Confía.
Porque el silencio dice algo: incluso, que ha llegado el momento de cambiar la partitura.
El silencio asombra porque nos da tiempo para comprender que no todo lo que se detiene está perdido.
Una pausa puede ser una transición.
Una aparente quietud puede estar preparando el siguiente movimiento.
Y quizá una Presencia habita precisamente ahí: en ese acontecimiento silencioso que nos obliga a mirar hacia dentro; en el espacio en el que no ocurre nada espectacular; en el diminuto intervalo entre una nota y la siguiente. En ese instante en el que parece que la música desapareció, simplemente está esperando.
Vivir obliga a aprender a escuchar: saber cuándo tocar, cuándo callar y confiar en que el silencio también forma parte de la música.
Porque hay momentos en los que la vida no nos está pidiendo que hagamos algo.
Nos está pidiendo que esperemos.
Y ese momento no es una pausa.
Es un compás de espera.
(Imagen de portadilla generada con IA)
















