¡Soy un FIFA de closet!
Uno que sale del armario cada 4 años. Que sale a la calle vestido con esas playeras olvidadas o recién adquiridas para la ocasión.
Llevo más de 15 días, leyendo, estudiando y trabajando. Casi los mismos viendo pedazos del mundial. Una beca y un curso intensivo de periodismo político comparten agenda, toda revuelta, con el mundial, mi trabajo y la crianza.
Respiro, debo escribir y escribir mucho porque la IA me seduce con sus agentes, sus prompts y sus metaprompts. Porque leo y me convenzo de que la IA es esa gran muleta que te hace brincar más lejos, pero que te debilita las piernas.
Es el VAR y la recreación milimétrica del fuera de lugar el síntoma de un tiempo en el que lo humano dejó de importar. Es el gol que una máquina le quita a Irán y luego a Colombia por un pedazo de zapato virtual. Una máquina que nos dicen que es perfecta, que no se equivoca, que ya no deja espacio para el error ni para el “No era penal”.
Y entonces también quiero escribir de Lionel Messi, no como alegoría, sino como pretexto. Porque cuando se escribe desde el periodismo uno busca contar, busca entender, y para entender hay que preguntar y también investigar.
Leo a Martín Caparrós y sus grandes columnas sobre Messi, y leo a Juan Villoro y sus Héroes Numerados. Me comparten memes que sugieren que Messi es protegido de la FIFA; veo a quienes buscan que Messi rivalice con Mbappé, como rivaliza en el imaginario colectivo con Cristiano Ronaldo.
Los tres representan el American Dream con todos sus matices, la aspiración a la movilidad social, el obrero, el hijo de migrantes, el del barrio, el enfermo, los ningunos que se hacen gigantes gracias al esfuerzo y el talento. ¿Por qué tendrán que ser rivales?
El American Dream que desde hace décadas no se puede entender sin la migración. El jovenzuelo que se va a otro país a buscar la salud que no puede pagar en el suyo. O el hijo de migrantes al que hoy los blancos de su país le vitorean los goles.
El “gran reemplazo” como la derecha mundial asustada le llama. Todos esos afrodescendientes que hoy son figuras centrales de las más blancas de las patrias futboleras.
Pero me dicen que la FIFA quiere mucho más a uno que a los otros, y yo me pregunto ¿Qué clase de interés pueden tener Gianni Infantino y todos esos señores con corbata en un país como Argentina y en ese muchacho bajito llamado Lionel?
Mi pregunta la hago con la imagen de Infantino entregando una medalla al mismo Donald Trump que tiene arrodillado por voluntad al ridículo Javier Milei.
Pero hoy, al menos en mi patria, Argentina es el Club América del Mundial. Es ese que casi todxs odian o adoran, pero todxs ven. Es el América al que Televisa y la Femexfut regalaban los penales.
Mi duda es real y mi desconexión periódica del fútbol de clubes me obliga a insistir con la pregunta que parece más ingenua cada que la repito. ¿Qué gana la FIFA cuidando a Messi y Argentina?
“Todo mundo gana con Messi, todo Estados Unidos gana con Messi”, me dice mi compadre y me habla de Miami y sus estadios llenos, y la fiebre futbolera que ha desatado Messi y las miles de playeras que vende y de las apps de apuestas, y recuerdo que mi hija adora a Messi sin siquiera ver 5 minutos de un partido.
Desde los 90s la MLS siempre buscó el brillo importado para ganar respeto: y así llegaron El Pibe Valderrama, Hristo Stoichkov y Lothar Matthäus; después Beckham, Henry, Kaká, Pirlo y muchas figuras más. Todos para dar relevancia a una incipiente liga que crecía en un país donde el fútbol sigue llamándose soccer. Pero nadie sacudió a la afición como Messi: llenó estadios, vendió camisetas y convirtió partidos comunes en acontecimientos. La MLS ya había tenido estrellas; con Messi tuvo un fenómeno.
Nadie, absolutamente nadie, le puede regatear a Messi su talento, su habilidad y su disciplina pero Messi se va.
¿Qué será del mundo sin Messi?, o mejor dicho ¿Qué será de los Estados Unidos, de la MLS, de la FIFA, de las casas de apuestas y de Milei sin Messi?
¿Qué nuevos migrantes racializados tomarán su lugar?,
¿Mbappe?,
¿Yamal?
La FIFA ya tiene definido el guion de este mundial. Quizá también el de la próxima década. Sólo queda ver el espectáculo, disfrutar del síntoma porque aun con guión, el fútbol sigue siendo ese gran pretexto para gritarle a la televisión, abrazar al desconocido y coleccionar emociones. Al menos para mi, lo es cada 4 años.
Ver menos