Organizar un besamanos a los 600 días del gobierno de Alejandro Armenta en Puebla resulta inútil y refleja la falta de conexión con los ciudadanos quienes observan a un gobierno que replica todas esas viejas prácticas, donde ahora dice que va a “transformar en grande”.
El besa manos para el gobernador replicó lo mismo de siempre. Políticos en la mira por corrupción, señoras en escándalos morenistas, directores de medios de comunicación tocados por el cinismo del arrastre, funcionarios marinistas con conexión directa en el penal del Altiplano, un coordinador limitado que habla como soldado “raso” e instruye la maquinaria de negocios y golpeteo.
Estos 600 días de la administración armentista revisten la puesta en escena que protagonizan una boxeadora, una secretaria que se dedica a pintar bardas, un tenor que tiró dinero por calles y avenidas y un desfile del burocratismo dorado tocado por el nepotismo y la opacidad.
Estos tiempos en Puebla se revisten de lo burdo que representa hacer de un gobierno y de su nueva clase política como los nuevos personajes intocables.
Ahí en esos 600 días, el mandatario poblano refrendó su prioridad a los caprichos gubernamentales que hoy polarizan a una sociedad que ve estas propuestas como negocios que se anteponen a las verdaderas necesidades de una entidad como Puebla.
El besamanos gubernamental sólo sirve para confirmar el retroceso que registra una entidad carcomida por los grupos delictivos, las desapariciones, los feminicidios y la corrupción que disimula e ignora entre quienes forman parte de un gobierno de excesos, donde la impunidad se disfraza de silencio y desvío de atención.
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