agosto 13, 2026, Puebla, México

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El mezcal también recuerda / Una crónica de Misael Sánchez

Nunca pensé que una ruta pudiera cambiarme la vida. No hablo de un camino turístico ni de un mapa diseñado para convencer incautos. Hablo de un trazo en la tierra, de esos que empiezan con una vereda y terminan convertidos en destino. Hace algunos años, cuando todavía creía que la memoria era un lujo y no una obligación, decidí volver a los pueblos donde el maguey crece como si fuera un animal antiguo que respira lento y observa todo.

La primera vez que llegué a San Dionisio —o quizá era San Baltazar, nunca lo supe con certeza porque el polvo de los caminos suele borrar los nombres— conocí a un hombre que se hacía llamar Evaristo. Tenía la piel curtida por el sol y una manera de hablar que recordaba a los viejos que cuentan historias sin darse cuenta de que están revelando secretos. Me recibió con una frase que todavía me persigue.

—Aquí el mezcal no se bebe, se entiende.

No supe qué contestar. Me ofreció una jícara y me señaló el horno donde las piñas de maguey descansaban como cuerpos que esperan resurrección. El humo salía despacio, como si tuviera prisa por quedarse. Evaristo me contó que su abuelo había aprendido a leer el maguey antes que las letras, y que en ese oficio había más verdad que en cualquier libro.

—El maguey es como la gente —dijo—. Si lo cortas antes de tiempo, se muere. Si lo dejas demasiado, también.

Aquella tarde entendí que el mezcal era una forma de medir la vida. No era una bebida, era un calendario. Cada planta tenía su historia, cada horno su duelo, cada destilación su esperanza. Y yo, que había llegado buscando respuestas, terminé encontrando preguntas.

En otro pueblo, cuyo nombre tampoco recuerdo porque la memoria suele ser selectiva con lo que duele, conocí a una mujer llamada Luciana. Tenía los ojos claros, pero no de esos que presumen belleza, sino de los que anuncian tormenta. Era maestra, aunque todos la conocían por su habilidad para distinguir un buen mezcal sin probarlo.

—El mezcal se huele como se huele la mentira —me dijo mientras caminábamos entre los magueyes—. Si arde demasiado, algo esconde.

Luciana hablaba del mezcal como si hablara de su vida. Me confesó que había amado a un hombre que se fue sin despedirse, y que desde entonces buscaba en cada trago una explicación que nunca llegaba. Yo la escuché sin interrumpirla. En su voz había una mezcla de nostalgia y rabia que me recordó al Cristo de la Vega, ese personaje que espera justicia en silencio, confiando en que la verdad siempre encuentra su camino.

—La gente cree que el mezcal cura —dijo—. Pero también revela. Y eso duele más.

No supe si hablaba de la bebida o de sí misma. Quizá de ambas cosas.

El tercer personaje apareció en un palenque escondido entre cerros. Se llamaba Julián, aunque todos le decían “El Zurdo” porque destilaba con la mano izquierda. Era joven, demasiado joven para cargar con la responsabilidad de un oficio que exige paciencia y respeto. Sin embargo, tenía una habilidad que no se aprende en ninguna escuela.

—El mezcal es un animal —me dijo—. Si lo tratas bien, te acompaña. Si lo provocas, te muerde.

Julián había heredado el palenque después de una tragedia que prefería no contar. Lo supe por la manera en que miraba el fuego, como si buscara en las brasas una explicación que nunca llegó. Me enseñó a distinguir el sonido del maguey cuando está listo para ser molido. Me enseñó que el mezcal joven es como la gente que empieza a vivir, y que el añejo es como los que ya entendieron que la vida no se apresura.

—La venganza no sirve —me dijo una noche—. El mezcal enseña eso. Todo lo que se hace con prisa se arruina.

No sé si hablaba de su historia o de la mía. Quizá de las dos.

Años después, cuando la ruta del mezcal empezó a convertirse en moda y los turistas llegaron buscando fotografías y no historias, volví a esos pueblos. Evaristo ya no estaba. Luciana había dejado la enseñanza. Julián seguía destilando, pero con una tristeza que no intentaba ocultar.

Me senté con él frente al horno y le pregunté si todavía creía que el mezcal era un animal.

—Ahora creo que es un testigo —respondió—. Guarda lo que fuimos y lo que dejamos de ser.

Miré el fuego y entendí que tenía razón. El mezcal no es una bebida. Es una memoria. Una forma de resistir. Una manera de contar lo que no se dice. Una ruta que atraviesa pueblos, pero también personas.

Y mientras la noche avanzaba, pensé que todos somos magueyes esperando el momento exacto para ser cortados. Que todos ardemos en algún horno. Que todos destilamos nuestras verdades. Que todos, en algún punto, buscamos una jícara que nos explique lo que la vida no se atreve a decir.

Por eso vuelvo. Porque en esa ruta aprendí que el mezcal no se bebe. Se entiende. Y entenderlo es entendernos.

Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx

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