Férrea memoria
Felipe Ángeles, municipio poblano a 103 años de su asesinato
Moisés Ramos Rodríguez
Al general Agustín Ramos, con respeto y admiración
I. De Zacualtipán a Nochtitlán
Si bien se cumplirán 107 años del fusilamiento del general Felipe de Jesús Ángeles Ramírez el próximo 26 de noviembre, el 4 de septiembre se conmemoraron 103 de que el municipio poblano de San Pablo de Las Tunas —anteriormente conocido como Nochtitlán, donde abundan las tunas— fue renombrado como el militar nacido en el 13 de junio de 1868 en Zacualtipán, Hidalgo.
Elena Garro, una de las dramaturgas más destacadas del teatro mexicano —y en lengua castellana—, escribió una obra con el nombre del general más de treinta años después de que fuera asesinado. Ahí, tres mujeres aguardan a Felipe ante la inminencia de su ejecución frente al pelotón de fusilamiento. Le dicen: “…nos duele que quieran aplastarlo con esta maquinaria oficial tan eficaz para la destrucción.”
Felipe Ángeles responde a aquellas mujeres que aún esperan con la esperanza de que la decisión fatal no sea cumplida: “No es grave que esta maquinaria se vuelva contra mí, lo grave es que existe, porque existe contra todos. Es un arma que no distingue amigos de enemigos, ni verdades de mentiras. Y esta muerte mía no será la última.”
Garro, a través de la obra, se refiere a que, en la historia, se trató de seguir “asesinando” a Ángeles al darle el tratamiento que se le dio durante el juicio, en la historia, como a otros revolucionarios. Ella es una de las primeras, la más destacada —con Adolfo Gilly et al.— en el rescate de la memoria del militar villista.
Fue por las gestiones del capitán Enrique Claudio Pozos que el 4 de septiembre de 1923, se decretó llamar “Felipe Ángeles” al antiguamente nombrado San Pablo de las Tunas. Por lo anterior, es un acierto el busto colocado en el recientemente intervenido Paseo de Bravo de la Angelópolis, con un Ángeles Ramírez mirando hacia el oriente, hacia donde nace la luz, el sol, con una placa donde se lee:
“Destacado militar e intelectual. Leal al presidente Madero. Defendió las causas sociales de la Revolución Mexicana. Como genio de la artillería en la División del Norte, militó bajo las órdenes de Francisco Villa.”
Los restos de Felipe Ángeles —quien fue sepultado en la ciudad de Chihuahua después de su asesinato—, fueron depositados en el panteón municipal de Pachuca en 1941; junto a ellos, los de su esposa, Clara Krause Sánchez, en el año 2024.
II.-Para curado de tuna…
Nochtitlán, el lugar de las tunas, fue un asentamiento nahua antes de la invasión española; cuando esta se concretó, el lugar fue llamado San Pablo, por lo que el templo de la cabecera municipal es uno sus atractivos, pues data del siglo XVII y en su construcción denota una clara influencia morisca.
El municipio tiene tres juntas auxiliares, Santiago Tenango, Santa Úrsula y San Antonio Portezuelo; una de sus comunidades aún se llama San Pablo de las Tunas. Está ubicado en el llamado Triángulo Rojo, pues al poniente colinda con Acatzingo y al sur con Quecholac; hacia el norte comparte con San Salvador El Seco, parte de esa zona semiárida que caracteriza a gran parte de su vecino, en tanto que al sur comienza una larga porción de tierras verduleras.
En el municipio de Felipe Ángeles, es famoso su pulque y, por supuesto, el curado de tuna; su mole de guajolote también es apreciado, pero hay poca información sobre él, y en el sitio electrónico oficial municipal, ni siquiera hay una sección dedicada a su historia, y menos aún a informar quién fue el insigne hidalguense al que honra con su nombre.
Ahí podrían citar al general Ángeles Ramírez:
“Yo redacté el telegrama que cruzó el rostro de Carranza como un fuetazo. Por mí fuimos a Zacatecas y vencimos finalmente a Huerta. Yo soy el culpable de que, desoyendo los despóticos mandatos de Carranza, hayamos ido a dar el último golpe de muerte a los huertistas. Yo soy el culpable de haberle dicho a Carranza su miseria moral, su envidia, su falta de patriotismo, su ambición, su despotismo.” (Transcrito por Elena Garro en la obra —terminada en 1956— sobre el hidalguense; parte del mismo escrito fue citado por Gilly, et al, en 1999.)
De pluma y letra del artillero más diestro en la Revolución Mexicana se puede agregar en la página electrónica:
“…sepan, carrancistas y huertistas, que estoy con Villa, y con Zapata y con Genovevo de la O, y con todos los pobres que no se someten a la injusticia y que no presentan las espaldas al látigo de los dictadores; que me enorgullezco de ello; que me entristece que mis inescrupulosos enemigos, siendo mexicanos, no aborrezcan el látigo del amo y vayan, poco a poco, mendigando, como Bolaños Cacho, Urbina y Tablada, el arrimo y el derecho de lamer las botas del dictador.
“Sepan que en el destierro pasaré mi vida entera, antes que inclinar la frente, o que me moriré ahorcado de un árbol a manos de un huertista o de un carrancista, por el delito capital de odiar las dictaduras; o que algún día colaboraré con éxito en conquistar la libertad y la justicia para todos, aun para ellos.”
Lo que también esa página oficial del antiguo Nochtitlán podría informar, es quién fue el capitán Enrique Claudio Pozos ¿Por qué, cuatro años después del asesinato de Ángeles, propone se nombre así a San Pablo de las Tunas? Como militar, ¿fue compañero de armas del hidalguense? ¿Y si lo fue, dónde? ¿Con Villa? ¿Perteneció a la Alianza Liberal Mexicana que formó Felipe Ángeles? ¿Estuvo con él en el exilio?
II.- Con un hombre que se viera en mi sangre…
Como hemos anotado, Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, nació en junio de 1868 en el actual Estado de Hidalgo. Su educación básica fue en su entidad, y se formó en el Heroico Colegio Militar (HCM), el cual dirigió cuando Francisco Ignacio Madero fue presidente, con quien, por cierto, fue detenido cuando fue traicionado y fusilado. En Francia, el hidalguense se especializó como artillero.
De acuerdo con información publicada por la UNAM, Ángeles casó con Clara Krause Sánchez el 4 de diciembre de 1895. Ella había nacido en 1876 en San Francisco, California. Su padre fue Carlos Emilio Krause; su madre, Carmen María Sánchez; tuvo dos hermanos, Carlos y María del Carmen, quien sería uno de los testigos en su boda. Ella y Ángeles se casaron civilmente el 4 de diciembre de 1895, y religiosamente el 25 de noviembre de 1896. Sus hijos fueron Isabel (nacida en 1898); Alberto, (nacido en 1900) Julio (nacido en 1905), Felipe (1909) y Enrique, del que no se conoce el año de nacimiento.
Clara Krause Sánchez murió doce días después de su esposo, el 8 de diciembre de 1919, en Manhattan, Nueva York, de un infarto al corazón; estaba enferma —pues ella misma lo informa en la última carta dirigida a su esposa—, aunque no se ha aclarado de qué.
Con Clara, Felipe de Jesús y sus hijos Alberto, Julio, Felipe e Isabel, se fue a Estados Unidos; ella se quedó Nueva York con el resto de la familia, ante la incertidumbre que implicaba vivir en la guerra civil en que se convirtió la Revolución Mexicana, en la cual, su esposo participó como firme creyente de que otro México era posible. Su padre había sido militar y combatió contra los estadunidenses durante su invasión, y él se distinguió como guerrero, intelectual, escritor, estratega, ideólogo de la primera revolución del siglo XX. De ahí la brillante autodefensa que hizo en Chihuahua —la cual fue desoída— antes de ser asesinado. Ahí afirmó:
“En la revolución de 1913, peleamos contra la reacción dictatorial, peleamos por reafirmar el triunfo de la revolución de 1910, ilusoriamente destruido por la traición de Huerta. Desde el principio, muchos descubrimos que Carranza nos llevaba a una dictadura.”
Carranza, El rey viejo que retrata Fernando Benítez, solo le sobrevivió menos de seis meses; y murió también asesinado a balazos, solo que en Puebla, donde —ironías— comparte un municipio con su nombre, con Ángeles Ramírez.
Inicialmente enterrados en Chihuahua, los restos de Felipe de Jesús Ángeles fueron llevados al Panteón Municipal de Pachuca, en 1941. Egresado del Colegio Militar, como se ha dicho, el escudo de esta institución forma parte del mausoleo del general Ángeles, quien, en un busto en lo alto, es respaldado por el águila mexicana, la del escudo nacional, la bandera mexicana, la del país que defendió.
Muerta en Estados Unidos, los restos de Clara Krause fueron depositados en el Cementerio Calvary de Nueva York; en el año 2024, en una ceremonia especial, sus cenizas llegaron al Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) —primer reencuentro con su esposa—, de donde fueron llevados a Pachuca; ahí, nueva ceremonia de por medio, fueron puestos junto a los de su marido. Nietos y bisnietos de la pareja fueron testigos de honor.
III.- Teatro de los héroes
“Si al menos mi muerte sirviera de algo… con un hombre que se viera en mi sangre mi muerte no sería inútil…”, le hace decir Elena Garro al Felipe Ángeles de su obra de teatro homónima.
Traicionado —no hubo otra forma de someterlo—, Ángeles, que había sido detenido el 19 de noviembre de 1919 en Hidalgo del Parral, fue conducido de inmediato a la ciudad de Chihuahua, en cuyo Teatro —¡vaya ironía carrancista…!— de los Héroes, se le hizo una representación, a todas luces ridícula, de juicio sumario.
En el periodo final del porfiriato, Ángeles fue enviado a Francia para su especialización; durante el simulacro de juicio, se le reclamó por ello —por el improvisado Consejo de Guerra Extraordinario—, a lo cual él contestó que se había actualizado gracias al dinero del pueblo, no al de Díaz. A sus acusadores, por sus actitudes ante Carranza, los llama “generales de banqueta”. Él fue militar íntegro y activo, no de escritorio.
En diciembre de 1915, Ángeles había partido al exilio a El Paso, Texas, debido a las diferencias, por ejemplo, con Francisco Villa y, con otros exiliados, formó la Alianza Liberal Mexicana.
Sin embargo, trató nuevamente de unirse a él, pero al no lograr un acuerdo ideológico, volvió a distanciarse del Centauro del Norte en junio de 1919, pues él quería hacer frente a los constitucionalistas de Carranza. Se lanzó a recorrer poblaciones buscando seguidores; un exvillista lo llevó al Cerro de las Moras, en una de cuyas cuevas, lo escondió, para después entregarlo a los carrancistas.
¿El delito? “Rebelión contra el gobierno constituido” (sic).
Poco antes de su asesinato, Felipe Ángeles escribió a su esposa: “Acabo de dormir algunos cuantos momentos. Estoy acostado descansando dulcemente. Oigo murmurar la voz piadosa de algunos amigos que me acompañan en mis últimas horas. Mi espíritu se encuentra en sí mismo, y pienso con afecto intensísimo en ti, en Chabela, en Alberto, en Julio y en Felipe; hago votos fervientes porque conserves tu salud y por la felicidad de Chabela.
”Siempre he hecho lo mismo en todo el tiempo desde que me separé de ustedes. Tengo la más firme esperanza de que mis hijos serán amantísimos para ti y para su patria. Diles que los últimos instantes de mi vida los dedicaré al recuerdo de ustedes y les enviaré un ardentísimo beso para ti y para todos.”
Y ella escribió, consciente de que estaba enferma y por morir: “Querido Felipe: lamento dejarte viudo y a mis hijos huérfanos. Muero con la seguridad de que cuidarás de nuestros hijos como el gran y amoroso padre que eres. Espero encontrarte en un lugar no muy lejano, donde no exista el tiempo y vivamos tan felices como siempre hemos vivido. Te quiero muchísimo siempre.”
Ninguno de los dos alcanzó a leer lo que le escribió su cónyuge. Y volvieron a encontrarse, como se ha anotado, hasta casi 105 años después, en el aeropuerto que honra la memoria del general, y en Pachuca.
IV.- Ya casi amanece…
El de Elena Garro es un teatro que “recoge la memoria colectiva; sus formas dramáticas y sus estilos reflejan la historia desde una perspectiva antihistórica”, ha afirmado Guillermo Schindhuber de la Mora.
Eran los años cincuenta del siglo pasado; Elena Garro leía ya expedientes, hablaba con sobrevivientes; escribió, entonces, Felipe Ángeles, antes de que se revelara como dramaturga con Un hogar sólido; como cuentista con La semana de colores, y como novelista con Los recuerdos del porvenir.
Hugo Galarza fue el primero en montar Felipe Ángeles. Pero pervive en la memoria el montaje del ahora shakespeariano Luis de Tavira (1 de septiembre de 1948). Martha Laris me recuerda que, además de la puesta en escena, De Tavira hizo de la misma una “adaptación” peculiar para la televisión con la cual, fiel a su estilo, fue más allá de lo que el poder permitía. Era el segundo trienio del gobierno de López Portillo.
En el detallado rescate de la farsa de juicio al militar, y con plena consciencia de que en la ficción todo debe ser creíble, con su teatro e intención antihistórica, Elena Garro hace decir a Ángeles casi al final de la obra, al hablar con el sacerdote que quiere auxiliarlo:
“Estoy en paz, padre. Sé que, como todos los hombres, no estoy exento de errores y de crímenes… Tal vez la misma vida es un error y sólo la muerte es la perfección, porque ahí cesa el combate, el deseo, el fuego que nos consume. Esta noche me ha dado la extrañeza de la calma. Si dentro de unos minutos logro ser digno frente al paredón, conoceré por un instante la eternidad. Eso es todo lo que espero.”
Agrega: “Para mí, padre, Dios es mi semejante, los árboles, los animales, usted, yo. Dios es lo que mueve la vida y la muerte. Dios es el orden, la justicia. Por eso fui revolucionario y muero siéndolo, porque quise y quiero que en este país haya un remedo de justicia. Y usted, que pertenece a la Iglesia, debería comprender que mientras la gente viva en la abyección y en la injusticia, no podrá sino creer en un Dios limitado, que la priva hasta de la dignidad de ser hombre. Y digo esto impulsado por la fraternidad…”
“Nada sé de la otra vida. Si existe, debe ser un acuerdo milagroso con la creación”, afirma y agrega: “Moriré tranquilo.”
Felipe de Jesús Ángeles Ramírez se muestra resuelto: “Padre, ¿no se da cuenta de que lo que necesito no es un sacerdote, sino alguien que me explique cómo un hombre que ama tanto la vida no tiene miedo de morir?”
Y replica cuando el cura le aconseja pedir perdón a Dios: “Estoy perdonado, padre. Todos estamos perdonados. Otro tiempo me espera, sin jueces, sin premios, sin castigos. La salvación, el perdón, no están fuera, sino dentro de nosotros mismos.”
Amanecer del 26 de noviembre de 1919. El propio general, con firmeza, da la orden de ¡fuego…! Mientras cae, Elena Garro “recupera”, desde el porvenir, su monólogo patriótico:
“…mi patria llamándome: ¡Ven aquí, niño Felipe Ángeles, no escapes a la ardua tarea de darme forma! ¡Mírame aquí en el mapa, con mi silueta rosa de cucurucho de domingo desparramando limas, capulines, jícamas! ¡Ven aquí, niño Felipe Ángeles, ata un circulito a mi cola de cometa y hazme subir al cielo como un papalote, con su cauda de frutos de colores!
No me abandones, niño Felipe Ángeles. Paseame por las sierras, enséñame a conocer el cauce andrajoso de mis ríos. No dejes que me olvide de mis ciudades olvidadas: Colima, Chetumal,
Campeche, se me escapan. Atada a tu dedo, niño Felipe Ángeles, hazme navegar por mis cielos. Abajo tú, guiándome, enseñándome a mí misma, asomándome a la profundidad submarina de mis valles. ¡Tú a caballo, Felipe Ángeles! ¡A caballo vomitando fuego! Buscando la palabra que me apacigüe. ¿En dónde está mi gente? Yo solo oigo el correr de las lágrimas de los que no me ven y me maldicen. Oigo sus pasos descalzos, apagados, gastando las piedras. ¡No me abandones, niño…!”
A través de las palabras de Elena Garro, la que podía haber sido general, como él, escuchamos a Felipe Ángeles:
“Díganle a mi padre que no se ocupe de mi muerte. Que moriré aquí, con mi uniforme de cadete, con mi compás en la mano, haciendo círculos redondos como el mundo y sus frutos.
¡Allí en un rincón está mi madre mirando un papalote! De sus ojos salen todos los ríos: el Lerma, el Papaloapan, el Mexcala. De sus hombres enlutados salen los ojos tristes que me miran en las batallas antes de morir. ¡Aquí está, mírenla todos! Llorando el pecho abierto de su hijo. Recogiendo su sangre que se escapa en las losas del patio de los ajusticiados. ¡Recógeme, forma rosada, no me olvides, hazme un lugar en tu memoria! ¡Tú que anduviste posada en mi hombro como una paloma, en los cuarenta y siete años que me permitieron verte! ¡Llora, Felipe Ángeles! ¡Llora por ti, antes de que tus lágrimas desaparezcan de esta tierra regada por las lágrimas! ¡Llora igual que Madero lloró antes de que lo sacaran para su asesinato! Para que luego digan: Madero era un tonto, Ángeles era un tonto. De las lágrimas tontas de los tontos nacen manantiales de los que surge la frescura de la patria.”
Los testimonios indican que el general Felipe de Jesús Ángeles Ramírez rechazó la venda sobre sus ojos. Firme, consciente, sereno, miró al pelotón de fusilamiento.
Seguramente pensó en Clara, en sus hijos. Seguramente sintió que todo en el universo era él y que este lo recibía. Iba a encontrar todas las respuestas.
“La salud en el hombre viene de saberse solo”, le dice Ángeles al padre Valecia cuando falta poco para el asesinato.
Es cuanto.
(Las citas textuales de la obra Felipe Ámgeles han sido tomadas de Teatro completo. Elena Garrro, Prólogo de Jesús Garro y Guillermo Shmidhuber. Álvaro Álvarez Delgado, editor. Fondo de Cultura Económica, México, 2016.)














