Leí la respuesta que el escritor español Arturo Pérez-Reverte le firmó a un joven que intentó insultarlo y descalificar en redes sociales con un “¡YA CÁLLATE VIEJO!”. Pérez-Reverte respondió desde sus casi setenta y cinco años, hablando de las cicatrices, las pérdidas, los errores y todo aquello que solamente puede aprenderse cuando uno ha vivido suficiente. Nos llaman viejos, compañeros – Arturo Pérez-Reverte (zendalibros.com)
Yo tengo setenta. Y la palabra vieja me elevó de la mejor manera. No como insulto, sino como pregunta: ¿Qué significa ser vieja?
Durante años nos enseñaron a huir de esa palabra porque: “Hay que parecer joven, pensar joven, vestirse joven. Sentirse joven”. Como si cumplir años fuera una enfermedad que hubiera que evitar y disimular. Como si envejecer fuera ir perdiendo valor.
Y quizá por eso pasamos tanto tiempo tratando de demostrar que todavía podemos, que somos atractivos, interesantes y tenemos proyectos. Que aún podemos enamorarnos y empezar de nuevo.
Pero un día llegas a los setenta y algo cambia. O al menos a mí me está transformando: no me importa demostrar que todavía puedo. Al contrario, me pregunto: ¿Qué quiero hacer con todo lo que ya sé? Porque hay cosas que no aprendí leyendo libros: tuve que vivirlas, todas y cada una de ellas, ¡hasta el cascajo!
Desde niña tuve una sensación difícil de explicar: que estaba en el lugar equivocado. Después de la muerte de Moncho, esa sensación caló más. Durante mucho tiempo estuve convencida de que había nacido, no sólo en el lugar, sino en la familia equivocada. Que, de alguna manera, yo había caído en este mundo por error: y a destiempo. Como si hubiera llegado antes de que alguien me estuviera esperando. Y entonces emprendí, sin saberlo, una búsqueda que me acompañaría durante décadas: encontrar mi lugar en el mundo.
Pensé que algún día descubriría dónde pertenezco y llegaría al lugar exacto, hecho a la medida. Que habría un sitio, unas personas, respuestas e incluso una explicación que finalmente hiciera que todo encajara.
Busqué afuera, busqué en las personas, en ideas, en libros. En Dios… Hasta que me encontré en mí. Y continúo buscando mí configuración. Pero a los setenta, empiezo a sospechar algo que la niña que fui, jamás habría imaginado: nunca estuve perdida: solamente estaba buscando mi casa y mi familia en el lugar equivocado. Porque hay cosas que no pude aprender leyendo libros, tuve que vivirlas.
Aprendí que no todas las personas que amas saben amarte. Que puedes pasar años intentando que alguien te vea y terminar descubriendo que el problema nunca fue que no fueras visible.
Aprendí que hay pérdidas que no se superan, sino que aprendes a caminar con ellas. Que algunas preguntas te acompañan toda la vida y descubres que no fueron hechas para tener respuesta; que puedes pasar décadas buscando a Dios afuera y un día, sin sospecharlo, reconoces que siempre estuvo en el lugar al que menos mirabas: dentro de ti.
Aprendí también que tener razón puede ser una forma bastante sofisticada de perder, y que no todas las batallas merecen ser peleadas: que hay que elegir. Que algunas personas no necesitan una explicación: necesitan distancia. Y que el silencio, ese que alguna vez confundí con derrota, puede convertirse, con los años, en una de las formas más elegantes de libertad.
A los veinte quería respuestas. A los treinta quería certezas. A los cuarenta quería entender. Ahora sólo quiero estar: estar en mi vida; estar en mi cuerpo y mis capacidades aunque no sean las de antes. Aspiro a habitar mis días, mis preguntas; habitar todo aquello que todavía me conmueve: estar con mi hijo, con mi familia, mis amigos y mis perrinis, ¡mi mejor compañía!
Quizá eso sea lo que los años me han empezado a enseñar: que la vida no consiste en finalmente llegar a alguna parte; consiste en aprender a residir en el lugar que habitas.
Tengo setenta años. Y ya no me avergüenza decirlo. Porque hay algo profundamente absurdo en la manera en que hablamos de la vejez: decimos: se hizo viejo, como si hubiera cometido un delito, como si llegar hasta aquí fuera una desgracia, y no lo es. Porque ¿qué otra cosa son los años sino la evidencia de que estamos aquí, que seguimos aquí y que aquí hemos estado, en la vida?
Amamos. Nos equivocamos. Nos rompieron el corazón. Rompimos corazones. Perdimos gente. Nos perdimos nosotros mismos. Y volvimos a encontrarnos. O no.
Tuvimos miedo. Fuimos valientes. Fuimos cobardes. Nos equivocamos de camino. Y algunas veces, milagrosamente, acertamos.
Todo eso está aquí: en el cuerpo, en la memoria, en la manera en que miramos. En la manera en que callamos, en aquello que ya no necesitamos explicar.
Por eso no me molesta que me llamen vieja. Me molestaría más llegar a esta edad y seguir siendo exactamente la misma mujer que fui a los veinte. Porque entonces, ¿para qué sirven los años? No quiero juventud. Quiero sabiduría, quiero profundidad. Quiero autenticidad. No quiero empezar de cero. Hoy quiero empezar desde todo lo vivido. No quiero tener todas las respuestas. Quiero conservar la capacidad de hacerme preguntas. Todavía quiero aprender; quiero escribir: quiero enamorarme de una idea, de una historia, de una conversación, de una mañana o un atardecer cualquiera. Me cautiva la vida maravillosa que mi hijo ha creado y construido por su propio mérito. Todavía quiero descubrir cosas sobre mí que no sabía apenas ayer.
Y no quiero que me digan que me veo más joven. No me interesa ni necesito favores. Quiero estar y verme en mí, tal y como soy: con mis arrugas, mis historias, mis pérdidas. Con mis contradicciones, mis silencios y todo aquello que todavía no sé resolver. Porque cada una de esas cosas me pertenece. Y sobre todo: no quiero que la edad me quite algo que considero mucho más valioso que la juventud: la capacidad de asombro.
Entonces sí: ¡Que me llamen vieja! y no me arrepiento de nada. Y sí, eso significa que ya he vivido lo suficiente como para saber que no tengo que demostrarle a nadie quién soy, que sé hablar claro cuando tengo que hacerlo, y que ya aprendí a callar, a dejar ir, dejar pasar lo que ahora sé que no importa y tampoco puedo cambiar.
Que me llamen vieja: Envejecer no consiste en apagarse. Consiste en dejar de gastar luz tratando de iluminar a otros, y empezar, por fin, a iluminar el lugar donde una vive.
A mi edad, tengo mi lugar en el mundo, y empiezo a comprender que no tenía que encontrar otro. Tenía que encontrarme a mí misma, tal y como soy. Y yo apenas estoy aprendiendo a llegar a mí: lo que es un comienzo y un fin. Porque cada una de mis cosas me pertenece.
No quiero quitarme años.
Quiero hacerme cargo de ellos.
















