Férrea memoria
I.- El agua de los zopilotes
El cerro Tzopiloatl (agua de zopilotes), en el municipio de Nativitas, se parte en dos, y en su barranca (Tzopilotitlán, lugar de zopilotes) baja agua que llega a un depósito que, en 1631 le fue mostrado al indígena Diego Lázaro de San Francisco por el santo patrono de la Ciudad de los Ángeles: san Miguel Arcángel, pues detrás de un muro había un manantial. No a la primera, pero el obispo de Tlaxcala (de 1626 a 1638), cuya silla estaba en la Angelópolis, Gutierre Bernardo de Quirós, permitió ese año se venerara al arcángel ahí.
Tres veces apareció San Miguel a Diego en 1631: abril 25, en la madrugada del 7 al 8 de mayo y el 13 de noviembre. Por aquel entonces, desde 1561 (de acuerdo con Antonio Rubial García), se celebraba con boato, el 28 y especialmente el 29 de septiembre la fundación de la urbe angélica, cuya fecha oficial, hoy es el 16 de abril. No hay noticia de que la aparición del arcángel y el ser él patrono de la Angelópolis tuvieran alguna relación. Al menos, no hay constancia de que el mensajero celestial lo mencionara.
A De Quirós, siguió Juan de Palafox: obtuvo de la corona española cédulas reales, y logró construir “un lujoso templo y hospedería” para el que ya era santuario, que tiene los escudos del de Navarra, además de otros tres, nos recuerda Rubial García.
Palafox puso tanto interés en la aparición del arcángel, que mandó al bachiller Pedro Salmerón en 1643 recopilara toda la información al respecto, para que llevara el proceso en Roma; el encargado escribió una relación en 1645, nunca impresa, utilizada casi medio siglo después por el jesuita Francisco de Florencia para su historia de 1692, donde inventó que el primer obispo de Tlaxcala, Julián Garcés había soñado que ángeles le mostraban y trazaban el sitio de la urbe angélica.
Palafox se apegó de tal manera al santuario de Nativitas, que antes de salir hacia España en 1649, de donde no regresó, con miembros de su cabildo eclesiástico visitó el lugar que, más de 380 años después, recibe a miles de peregrinos, como los hasta 400 que, a caballo, salen desde Zacatlán hasta el Tzopiloatl, y las docenas que lo hacen desde Texcoco, pues se consideró que el agua de su pozo (que ahora ya no se puede obtener) era milagrosa y curativa.
A 465 años de que se iniciara, ya nadie celebra el día de san Miguel como el de la fundación de la Ciudad de los Ángeles; algunos le recuerdan como santo patrono de la misma.
II.- En el mes de los cerros
San Miguel del Milagro, Tlaxcala, está en uno de los sitios más fértiles del sur de ese Estado La cultura olmeca floreció en el sitio gracias a la abundancia de agua y lo que con ella se podía regar. De ahí que no es extraño que, como nos recuerda Hernán Salas Quintanar en la revista Arqueología Mexicana número 117, la pirámide principal de Xochitécatl (Donde habitan los de Xochitlán, el lugar de las flores; o lugar del linaje de las flores), reciba el primer rayo de la mañana de este 29 de septiembre, pues el teocalli está estratégicamente situado entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl y la Matlalcuéyetl (la de las faldas verdes), mal llamada Malinche.
En este 29 del noveno mes del calendario gregoriano, en el México prehispánico iniciaba el “mes” de los cerros, llamado “Tepeihuitl”, por lo que, en el referido teocalli, se hacían ceremonias de sanación y ofrendas a las deidades de la fertilidad. Recientemente había iniciado el otoño y llegaba el momento de reverenciar a los cerros donde se habían acumulado las nubes y de donde venía el agua, como en el Tzopiloatl, la montaña del zopilote del agua que, visto desde el sur, presentaba una hendidura, la barranca de los zopilotes (Tzopilotitlán), que desde el oriente venía a parar a un vallecillo donde el líquido se estancaba, produciendo un color verde, por lo cual es posible que al ser agua no potable, sólo los zopilotes, que se alimentan de inmundicias bebieran ahí.
En ese lugar, fue de los primeros donde los españoles se establecieron una vez caída la Gran Tenochtitlán, y los franciscanos, los primeros evangelizadores, con ellos, de ahí que su presencia está aún en Santa María Nativitas.
[Cabe una reflexión: los franciscanos buscaron que los antiguos lugares prehispánicos, “coincidieran” con el catolicismo, de tal manera que, por ejemplo, en donde se rendía pleitesía a Temazcalteci (la abuela de la casa donde se suda, o baño de vapor), se estableció Santa Ana, ahora Chiautempan: se seguía adorando a la abuela, pero ahora a la de la virgen María. En el caso del cerro de los zopilotes, el lugar de abundancia y de florecimiento, “coincidía” con el trabajo de San Miguel Arcángel: su lucha contra “el adversario” es para propiciar la luz, la cual baja con exactitud matemática el 29 de septiembre.]
Pero —regresemos— el sitio donde ahora está el santuario del arcángel, desde tiempos prehispánicos, era estratégico, pues comunicaba con Cholula, Huejotzingo, Texmelucan y Xoxtla (donde abundan las flores, que cumple 86 años de ser municipio libre este mes) y, a partir de 1531, a la Ciudad de los Ángeles, de donde partían los caminos hacia el Puerto de Veracruz, hacia México-Tenochtitlán y, al sur hacia la Mixteca, hacia Oaxaca y Centroamérica.
Uno de los poblados dependientes de Nativitas es San Bernabé Capula, donde está el cerro agua de zopilote y su barranca. Ahí, los días 25 de abril; de la madrugada del 7 al 8 de mayo y el 13 de noviembre de 1631, el joven indígena (“de entre 15 y 17 años”) Diego Lázaro de San Francisco, al ir en una peregrinación en honor a san Marcos Evangelista, recibió la visita de San Miguel:
“Has de saber hijo mío, que yo soy San Miguel Arcángel; vengo a decirte que es voluntad de Dios y mía, que digas a los vecinos de este pueblo y su contorno, que en una quebrada que hacen dos cerros y es aquella que está frente a este lugar, hallarán una fuente de agua milagrosa para todas las enfermedades, la cual está debajo de una peña muy grande, no dudes lo que te digo ni dejes de hacer lo que te digo.”
El mensajero agregó:
“Aquí en donde toco con esta vara (era una vara de oro que llevaba en la mano, con una cruz por remate) está aquella fuente de agua que te dije cuando ibas en la procesión; manifiéstala luego…”
Una tradición indica que el arcángel habría amenazado al indígena: de no llevar el mensaje, enfermaría gravemente, lo cual suena imposible, pues Miguel no estaba enfrentándose a Satán, al “adversario”, al “opositor”, sino a un devoto cristiano, por lo que el castigo queda fuera de toda lógica católica, si no, así hubieran actuado la Guadalupana o la Virgen de Lourdes.
Diego debió haberse creído alucinado, por lo que desoyó la indicación del mensajero celestial. Entonces adquirió cocoliztli, vocablo náhuatl que literalmente se traduce como “enfermedad”, pero que, ahora se sabe, está relacionado con la salmonela, que produce tifoidea, lo cual causa fiebres que, refiere la tradición, tenía Diego Lázar quien, entre el 7 y el 8 de mayo del mismo 1631, volvió a recibir la visita de Miguel el arcángel guerrero.
El mensajero celestial —uno de los diez arcángeles según la Cábala; uno de los cuatro, según el cristianismo— le mostró el sitio del que le había hablado y le dio a beber el agua que, finalmente lo sanó. Ya repuesto, Diego, por consejo del franciscano Hernando García Rendón, fue con el cacique de Tlaxcala al que le correspondía obedecer, Gregorio Nacianceno y habló del encuentro, en el cual tuvo un diálogo con el príncipe de la milicia celestial:
“Esto en los que has visto bajar del cielo, me dijo el ángel, es la virtud que Dios le comunica a esta fuente, para salud y remedio de los enfermos y necesidades. Hazlo saber así a todos.”
El cacique enfureció, pues le dijo a Diego que cualquiera sabía que, en la desembocadura de la barranca de los zopilotes, a la que se refería el joven, había un depósito de aguas verdes, la de los zopilotes; “que no mintiera y no le hiciera perder el tiempo”, debió haber sido palabras más, palabras menos, la respuesta del tlatoani.
El 13 de noviembre, San Miguel regreso cuando Diego escuchaba misa: “tuvo una experiencia mística muy dolorosa: sintió que una mano invisible lo apaleaba fuertemente hasta dejarlo descoyuntado, teniendo que volver a su casa muy enfermo. Aquí se la pareció por tercera vez san Miguel y le dijo: ‘¿Por qué eres cobarde y negligente en lo que yo te encomendé? ¿quieres que te castigue de otra manera por tu desobediencia? Levántate y haz diligencia en publicar lo que te mando.’”
Nuevamente, hay que recordar que el mensajero no hablaba con Satán o alguno de los suyos, sino con un cristiano. Entonces, el anterior pasaje que cuenta la tradición, es probable que tenga un origen más bien chamánico, en cuyo hacer, los protectores, guías o animales de poder, hacen padecer al neófito hasta que este acepta trabajar con ellos, porque así corresponde a su linaje y, por tanto, le corresponde al “aporreado” ser chamán; o porque le han “matado” para hacerlo renacer, es que ha padecido.
Pero mirando el trabajo de san Miguel desde que se menciona en antiguos textos bíblicos, es imposible que aporreara al joven Diego, pues “¿Quién como Dios?” suele traducirse el nombre de Miguel, y se le considera “Príncipe de los espíritus celestiales” o “jefe o cabeza, capitán de la milicia celestial” a quien todos los ángeles obedecen en la ciudad santa, celestial. ¿Cómo iba a pedir, de manera violenta, el defensor de la luz, se le obedeciera?
Aquí es donde cabe recordar que Juan de Palafox mandó, en 1643 a Pedro Salmerón que hiciera una relación de las apariciones de san Miguel e historia con ella adjunta; el texto sí lo redactó el enviado por Palafox, pero no lo publicó. Quien sí lo hizo, con agregados fantasiosos y no fantásticos, fue el jesuita Francisco de Florencia, medio siglo después, en 1692: Narración de la maravillosa aparición que hizo el arcángel San Miguel a Diego Lázaro de San Francisco, indio feligrés del pueblo de San Bernabé de la jurisdicción de Santa María Nativitas impreso en Sevilla por Tomás López de Haro en el dicho 1692, y en México hasta 1969 en una edición de Luis Nava Rodríguez para La Prensa.
Cabe inferir que, si De Florencia inventó que Julián Garcés soñó con ángeles que le indicaban el lugar donde había de ser establecida la Ciudad de los Ángeles y la trazaban, también cabe que haya creado esa historia de acoso, enfermedad y aporreos contra un indígena que era el mensajero del mensajero, con un ADN nahua y no hispano y católico, para el cual un visitante como el arcángel podía ser raro, pero no amenazador o castigador.
Ojalá el texto original encargado por Palafox le haya sido entregado por Pedro Salmerón y, como mucho de lo suyo, esté en la universidad de Texas donde está el mayor archivo palafoxiano, y de ahí se pueda rescatar.
En fin: cuando el cacique tlaxcalteca no creyó al joven Diego Lázaro, éste con sus padres y su esposa, fueron al sitio indicado por el arcángel; encontraron un remanso de agua, y al norte de él, un muro de tepetate (“piedra amarillo blanquecina, porosa, que se corta en bloques y se usa para la construcción”) debajo del cual debería estar el manantial de donde brotaba aquel líquido milagroso anunciado por san Miguel. La cubierta rocosa no fue fácil de quitar, y aun ahí refirieron haber sido auxiliados por un joven desconocido que, con sus manos, quitó el pesado lastre. Aparentemente fue el propio arcángel el ayudante.
Unos metros hacia el surponiente de aquel muro, estaba la charca de aguas verdes por ello llamada de los zopilotes, pues si no era clara era de inmundicias, como las que ingieren esas aves. Con respecto a éste, el manantial estaba situado al oriente, de donde viene el sol que, el 29 de septiembre se posa sobre la pirámide de Xochitécatl, por lo que desde hacía centurias se realizaban ahí rituales a la fertilidad y de sanación.
Una vez hallado el manantial, Diego puso de su agua en un recipiente y fue a visitar al obispo Gutierre Bernardo de Quirós, quien permitió se venerara ahí a san Miguel, en el mismo año de las apariciones, 1631.
Después de construido la capilla primera, que no era sino una humilde choza de techo de paja, Diego Lázaro se dedicó a cuidarlo, y a atender a los enfermos y peregrinos que llegaban al sitio. No se sabe cuándo murió, pero ahí, en el edificio actual del santuario fue enterrado, bajo “una bella estatua de san Miguel”, donde se lee: “Aquí espera el día de la resurrección Diego de San Lázaro, varón amadísimo del príncipe celeste del ejército de los Ángeles.”
III.- Príncipe de los espíritus celestiales
Insistamos: Hernán Salas Quintanar nos recuerda en el número 117 de Arqueología Mexicana:
“La alborada del 29 de septiembre en San Miguel del Milagro es asombrosa. El primer rayo del sol aparece justo en la boca de La Malinche [la Matlalcuéyetl, la de las fadas verdes], volcán que desde esta perspectiva aparenta la figura del rostro de una mujer mirando al espacio. Con el alumbramiento de la cima de la Pirámide de las Flores de Xochitécatl, comienzan los fuegos artificiales, la música y el baile. Es el momento preciso en que las manifestaciones de la naturaleza se enlazan con las culturales, y sus habitantes saben que se trata de la fiesta del arcángel.”
En el templo que mandó construir Palafox, hay una imagen de san Miguel como “El Gachupincito”: está en el interior, al sur de la cubierta del pozo original de agua milagrosa: tiene un estandarte en la mano izquierda, una espada en la derecha, como defensor de los inocentes que es.
¿Por qué san Miguel Gachupincito?
En su Ensalada del Gachupin, el poeta Fernán González de Eslaba (o Eslava) canta a la llegada del Niño Dios: “¡Norabuena venga / el Gachopín a la tierra, / norabuena venga!” Usa el término gachupín o cachupin no como se usaba, de forma irónica, en su siglo, el XVI —y hasta el XVII—, con el cual murió, para nombrar al español peninsular recién llegado a la Nueva España que se daba aires de gran señor Se había utilizado el término en la propia península ibérica para burlarse de “los indianos”, de los que habían salido pobres y volvían queriendo ser hijosdalgo.
Pero para González de Eslaba el nacido en Belén, era, como Miguel Arcángel, un forastero que venía de tierras lejanas, un gachupín, pues este término también se usaba para llamar al forastero y, como Jesús (el primero, el que mayor reverencia merecía), Miguel el arcángel, era un forastero divino.
La aclaración se hace porque el Gachupincito del templo de san Miguel en Tlaxcala, nos habla no de forma burlona de alguien, sino de un forastero que viene de lejanas regiones, además, celestes.
[Fernán González de Eslaba, nació en Toledo en 1534 y murió en la Gran Tenochtitlán en 1603; había llegado a América en 1558, donde pasó al menos cuarenta y cinco años. Sabía muy bien del uso irónico del término gachupín, pero también del que hemos nombrado, de forastero, como él mismo era. Al ver a san Miguel en su templo, me quedo con esta segunda acepción.]
Sigamos dentro del templo de San Miguel en Tlaxcala: en donde estuvo el pozo, una imagen muestra al arcángel que porta bastón y palma, pero en lugar de armadura y la faldilla estilo romano, tiene un vestido de amplios vuelos; Diego está inclinado ante él con su sombrero de peregrino a un lado, ambos personajes esculpidos en piedra.
En el mismo templo hay en un pequeño cuadro san Miguel como ángel de la guarda, por lo que lleva de la mano a un niño. ¿Sería este guardián capaz de aporrear a Diego Lázaro, su mensajero?
En el sitio hay un tríptico, donde en uno de los tres cuadros, se le ve con su capa roja, sobre las nubes. Y en el edificio anexo que mandó construir, están la cama, ropero y mesa de Palafox, que ahí pernoctaba cuando visitaba el santuario. En la fachada del templo, hecha con ladrillo rojo y azulejos de talavera, seguramente poblana, se ven aún los escudos de Palafox: el de obispo que era, y el de la Casa de Ariza, a la cual pertenecía. Si bien no regresó de España al sitio, su huella muestra que, tal vez, nunca se fue.
Los peregrinos saben que, los días importantes de vista al santuario miguelino son el 25 de enero, el 25 de abril, el 11 de noviembre y, por supuesto, el 29 de este noveno mes del año.
IV.- En la Ciudad de los Ángeles
Este 29 de septiembre ya no se celebrará el día de la fundación de la Ciudad de los Ángeles. Mariano Fernández de Echeverría y Veytia escribió en el siglo XVIII que esa era la fecha correcta de celebración. En 1931 se determinó por estudios serios y diversos, que la fecha para el festejo era 16 de abril de 1531, pues así lo dejó consignado fray Toribio Paredes de Benavente, Motolinía, lo cual reprodujeron los cronistas e historiadores franciscanos como él, Torquemada el primero, agregando hechos que el de Benavente no escribió, como el que él dijo la primera misa.
Lo que ahora es bien sabido, es que la Angelópolis fue fundada y refundada, pues antes de la fecha que da Motolinía, ya se había comenzado “a ensayar la población” y, posterior al 16 de abril, por las lluvias del verano, el sitio se inundó, las primeras e improvisadas casas fueron dañadas y “la ciudad estuvo por despoblarse.”
Grave daño sigue haciendo el robo de los dos primeros libros del cabildo de la urbe angélica, pues los hechos antedichos estaban ahí asentados con precisión.
Lo que sí consta desde los Memoriales y la Historia… escritas por, o atribuidas con sólidas bases a Motolinía, es que en ambas fundaciones, trabajaron los indígenas de los tlahtohcāyōtl o tlatocayotl, “señoríos” indígenas de Tlaxcala y Cholula, principalmente, pero también de los de Calpan, Huejotzingo, Tepeaca, Totimehuacán y Texcoco.
Para 1561 el virrey Luis de Velasco, padre, escribió una carta al cabildo angelopolitano, donde responde a la noticia que le dan los pobladores de celebrar la fundación y población de la ciudad la víspera y día de san Miguel Arcángel, hecho que corrobora una carta del rey español en 1635, Felipe IV: rememora que el cabildo civil se había presentado y recordado que aquel día se celebraba el inicio de la construcción de la urbe. El ahí el dato de Rubial García de que en 1561 se inició ese festejo, pero se infiere que debía ser anterior.
Curiosa noticia la que da Pedro López de Villaseñor en 1781, cuando escribió que el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga fue quien colocó la primera piedra de la fundación de la Ciudad de los Ángeles, aunque no da el día. Hasta ahora no hay otro documento que confirme esa noticia.
La inundación de la primera planta de la ciudad, obligó a una segunda, posiblemente el 28 y 29 de septiembre, de un año desconocido. Motolinía dejó así escrito sobre lo inundado:
“Era esto en principio de las aguas [época de lluvias], y llovió mucho aquél año; y [como] el pueblo no estaba sentado [asentado] ni pisado, ni dadas las corrientes que convenía, andaba el agua por todas las casas, de manera que había muchos que se burlaban del sitio y de la población, la cual [actualmente] está asentada encima de un arenal seco, y a poco más de un palmo tiene un barro fuerte y luego está la tosca [piedra caliza muy porosa y ligera, volcánica].”
El día de san Miguel suele llover, a veces torrencialmente. En 1531, y hasta 1533-34, cuando posiblemente se refundó la ciudad definitivamente, había suficientes árboles en los alrededores que garantizaran la formación de nubes y el ciclo de lluvias. El arcángel Miguel, como poco antes san José, protegía a la Ciudad de los Ángeles de los rayos y centellas que venían con las tormentas.
Hoy ya no llueve igual. Pero más de uno recuerda a san Miguel como santo patrono de la urbe angélica.
Es cuanto.













