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19 Octubre 2021, Puebla, México.

La casa de Daniel el zapatero / Carlos Rodríguez Giacintti

Sociedad civil organizada | Crónica | 30.SEP.2021

La casa de Daniel el zapatero / Carlos Rodríguez Giacintti

Carlos Rodríguez Giacintti

 

Este relato comienza en 1991, cuando nos mudamos a Cuajimalpa, al poniente de la Ciudad de México. Entonces, Inés, la menor de mis hijas, tenía poco más de un mes de nacida. Era un barrio tranquilo y amable, uno de los polos de desarrollo hacia donde crecía la ciudad y cerca de la hoy exclusiva zona de Santa Fe que apenas comenzaba a urbanizarse. Nuestro nuevo hogar estaba en un condominio horizontal con casitas pequeñitas recién construidas y, en su mayoría, éramos matrimonios jóvenes, algunos recién casados. El patio, jardín y estacionamiento al centro del condominio era el lugar de reunión y de juegos para los niños que ahí habitaban. Las puertas de las casas generalmente permanecían abiertas durante el día y los infantes entraban y salían a su antojo de la mayoría de ellas. Los fines de semana, generalmente sábados, ahí en el condominio comenzó a aparecer Daniel el zapatero, para bolear y arreglar los zapatos de los vecinos a un lado de nuestra casa. Un sábado por la mañana me acerqué al frente de la casa donde estaba trabajando Daniel y le pregunté si podría bolear nuestros zapatos. Sin chistar accedió y más tarde me pregunto si quería que lo hiciera todos los fines de semana. Con gusto le dije que sí, que por supuesto, y ahí comenzamos a conocernos.

 

En ese entonces, con frecuencia pasábamos fines de semana con amigos o familiares en Tequisquiapan, Cuernavaca y Tulancingo, por lo menos una vez al mes. Pero eso no fue problema para seguir contando con los servicios de Daniel el zapatero, a quien dejábamos los zapatos en el “garaje” de la casa cuando salíamos de viaje; después de atender otras casas, Daniel boleaba nuestros zapatos y los dejaba listos en el mismo lugar donde los había encontrado, y así, el siguiente fin de semana recibía el pago por su trabajo, en caso de que no se lo hubiéramos anticipado. También ocurría que, mi esposa y yo, estuviéramos ocupados a la hora en que llegaba Daniel el zapatero, por lo que las niñas comenzaron a ayudarnos a sacar los zapatos al garaje para llevárselos a bolear. Con frecuencia, en esos sábados, las niñas le ofrecían a Daniel agua o algo de beber. Al principio decía que no. pero, con el tiempo, comenzó a dejar que las niñas le llevaran algo para tomar, generalmente agua de limón o algún refresco. Más adelante comenzaron a ofrecerle galletas, algún postre que tuviéramos del día anterior o un sándwich. La relación con Daniel comenzó a ser un poco más cercana, sobre todo con las niñas: Jimena y, particularmente, Inés. El zapatero era un tipo amable, amigable y muy platicador. Le gustaba conversar mientras boleaba los zapatos.

 

Con el tiempo nos fuimos enterando un poco más de la vida de Daniel el zapatero: Había llegado ahí a nuestro condominio porque, durante la semana, trabajaba “allá abajo” en las Lomas de Chapultepec, originalmente en casa de los papás de uno de nuestros vecinos. Daniel, que vivía en el Pueblo de San Pablo Chimalpa. relativamente cerca del centro de Cuajimalpa (donde estaba nuestro condominio), entre semana se desplazaba en transporte público a Las Lomas de Chapultepec donde le guardaban su bicicleta en una casa. Desde ahí visitaba a sus clientes para bolear y arreglar sus zapatos. Por la tarde, al terminar, guardaba la bicicleta en la casa de Las Lomas de Chapultepec y regresaba a San Pablo Chimalpa en transporte público.

 

Años más tarde, un día nos dijo que uno de sus hijos se había perdido; que, de pronto, ya no regresó. Daniel estuvo tratando de encontrarlo y preguntando durante muchos meses, pero el hijo nunca apareció. Después nos enteramos de que su nuera, la esposa de ese hijo que desapareció, vivía a un lado de su casa con sus hijos (los nietos de Daniel). Tiempo después nos comentó que su esposa llevaba años enferma y que estaba muriendo. Ese día, mi esposa y yo lo acompañamos a su casa y pudimos ver su estado, con techos de cartón y lámina, sin agua y con un “diablito” al poste de luz para poder tener algún foco prendido durante la noche, en un terreno disparejo que, nos aseguró, era suyo desde hace algunos años. Vimos la terrible situación en la que estaba su esposa pero, como nos había dicho aquel día, ya llevaba mucho tiempo enferma y no había ya nada que hacer. A los pocos días falleció, y Daniel continuó trabajando en las Lomas de Chapultepec en la semana y en el condominio de Cuajimalpa los fines de semana. En esa ocasión nos comentó que, después de quedarse sin trabajo hace años, comenzó a bolear zapatos para ganarse un poco de dinero.

 

Diez y siete años después de haber llegado a Cuajimalpa, nos mudamos “más abajo”, a lo que era el pueblo de San Isidro, a un costado de la zona norte de las Lomas de Chapultepec. El primero en visitarnos, el siguiente sábado posterior a la mudanza, fue Daniel el zapatero, con su cajón de bolear dentro de una mochila y su gorra. Nos dio mucho gusto recibirlo y fue Inés la primera en atenderlo mientras boleaba los zapatos. Fue en ese entonces cuando comenzó a dar señales de que su salud se estaba deteriorando y nos comentaba de sus frecuentes visitas a las clínicas médicas. Decía, ese año 2008, que había cumplido setenta y ocho años. No aparentaba esa edad, seguía muy fuerte y lleno de vida a pesar de los achaques. Todavía, en ese entonces, con frecuencia lo veíamos entre semana circular con su bicicleta visitando a sus clientes.  

 

 

Luego, con el temblor del martes 19 de septiembre de 2017, una barda de un vecino de Daniel el zapatero se desplomó sobre su casa y la destruyó por completo. Un nieto que estaba durmiendo con Daniel, se lastimó gravemente una pierna y por poco la pierde. El sábado, después del suceso, nos enteramos de algunos de los detalles y de que Daniel el zapatero estaba viviendo con su nuera y sus nietos, durmiendo en el piso en un pasillo, encima de las pocas cosas que logró recuperar. Ese mismo día Inés “se puso las pilas” y comenzó una campaña para recaudar fondos en Redes Sociales. Con ayuda de su marido, Inés consiguió un arquitecto y realizaron un proyecto a toda velocidad para reconstruir la casa de Daniel el Zapatero. La respuesta fue increíble, mucha gente buena aportó y hasta una prima de Australia donó una importante cantidad para reconstruir la casa de Daniel el zapatero. Hoy se dice fácil, pero fueron días arduos y complicados, aparecieron problemas por todas partes cada semana para reconstruir la casa. Inés y su marido tenían que resolver los problemas que iban surgiendo con la ejecución del proyecto, sin descuidar sus propios trabajos y a su hijo pequeño. Finalmente, unos meses después del temblor, Daniel estaba inaugurando su nueva casa. Mejor construida que la anterior y ahora con posibilidades de crecer hacia arriba, pero lo importante es que ya tenía casa nuevamente y no tendría que dormir en el piso en casa de su nuera.

 

En el 2018 Daniel el zapatero comenzó con problemas respiratorios. En la clínica le prescribieron el uso de oxígeno durante las noches y ahí mismo se lo proveían. Sus problemas respiratorios y su edad hacían ya muy difícil las pláticas, porque ya casi no se le entendía y tosía con mucha frecuencia. Llegada la pandemia y para evitarle mayores riesgos, le pedimos a Daniel que se quedara en casa y que nosotros seguiríamos enviándole el dinero como si viniera a bolear los zapatos. A los pocos meses, Daniel insistió en seguir trabajando, por lo que llegamos a un acuerdo: Daniel acudiría una vez cada fin de mes a casa de mi cuñada en Cuajimalpa, donde le dejaríamos los zapatos y le pagaríamos el equivalente a todo el mes. Daniel accedió y así lo continuamos haciendo. Con ello podía seguir trabajando como era su deseo y los traslados serían mucho más cortos.   

 

 

Este pasado domingo 19 de septiembre de 2021 no tembló en la Ciudad de México, pero la vida nos volvió a cimbrar; no enteramos (unos días después, como ya ha sido costumbre en esta historia) que la ya frágil salud de Daniel el zapatero decayó en forma repentina y murió ese 19 de septiembre. Fueron dos llamadas: Una, para pedirnos dinero porque, dijeron, Daniel estaba enfermo y, la segunda, de su nieto para avisarnos que Daniel había muerto el domingo 19 y que había algunos familiares pidiendo dinero, pero que no hiciéramos caso porque ya lo habían enterrado. Todavía el nieto se disculpó por haberse tardado en llamar, ya que se le dificultó obtener los contactos del muy viejo teléfono celular de su abuelo. Hace menos de un mes, el último fin de semana de agosto, Daniel el zapatero había acudido puntual, a la casa de mi cuñada, a bolear por última vez nuestros zapatos. Descanse en paz.

 

 

 

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