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19 Agosto 2022, Puebla, México.

Putin: Temerario y despiadado, sí; loco, no / Anatol Lieven (Dosssier de Sin Permiso)

Mundo | Opinión | 29.MAY.2022

Putin: Temerario y despiadado, sí; loco, no / Anatol Lieven (Dosssier de Sin Permiso)

Revista Sin Permiso

Peligrosas ideas sobre Putin y Rusia (Dossier)

Sin permiso. Anatol Lieven es periodista y analista británico de asuntos internacionales, profesor visitante del King´s College, de Londres, miembro del Quincy Institute for Responsible Statecraft y autor de "Ukraine and Russia: A Fraternal Rivalry". Formado en la Universidad de Cambridge, en los años 80 cubrió para el diario londinense Financial Times la actualidad de Afganistán y Pakistán, y para The Times los sucesos de Rumanía y Checoslovaquia en 1989, además de informar sobre la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Trabajó también para el International Institute of Strategic Studies y la BBC.

(Foto de portadilla tomada de The Hill)

Putin: Temerario y despiadado, sí; loco, no 

Anatol Lieven 

Hay una serie de cosas sobre la invasión de Ucrania por parte de Putin que están fuera de toda duda: que ha sido un acto profundamente criminal, que ha ido acompañada de una enorme brutalidad sobre el terreno, que se basó en datos de inteligencia extremadamente defectuosos, y que, en consecuencia, implicó errores de cálculo políticos y estratégicos extremadamente graves.

En cierto modo, estaría bien pensar que esto refleja la locura de Putin, pero la locura absoluta en los asuntos internacionales es, gracias al cielo, poco frecuente. Por otro lado, los errores de cálculo graves basados en lo que en su momento parecían buenas evidencias resultan bastante comunes, aunque la mezcla que llevó a los errores de cálculo en serie de Putin sobre Ucrania fue inusualmente tóxica, y en ella influyeron factores privativos de la relación ruso-ucraniana.

La diferencia entre error de cálculo y locura resulta una distinción extremadamente importante. Retratar a los adversarios como gente impulsada por una compulsión insana inclinada a la agresión temeraria es algo a lo que se ha recurrido una y otra vez para bloquear las negociaciones con esos adversarios, y para argumentar no sólo en favor de las respuestas más militarizadas de los Estados Unidos, sino para enfrentarse también a esos adversarios en cualquier parte, independientemente de la importancia de las cuestiones reales implicadas.

Durante los últimos años de la Guerra Fría, esta línea se utilizó, de forma absurda, en relación con los ancianos y grises burócratas de la dirección Brezhnev. Pero debemos recordar que, cuando se abrieron los archivos soviéticos tras el final de la Guerra Fría, resultó que la mayor parte del tiempo los dirigentes soviéticos estaban al menos tan asustados de nosotros como nosotros de ellos, como de hecho había señalado George Kennan en el memorándum suyo que sentó las bases de la estrategia de "contención".

Creo firmemente que, a la vista del cambio climático, dentro de un siglo más o menos la mayoría de las ideas preconcebidas básicas que subyacen a las estrategias de las principales potencias mundiales serán consideradas por nuestros descendientes como algo profundamente irracional. Otra cosa es si considerarán que la obsesión del régimen ruso por Ucrania ha sido más irracional que la obsesión de los dirigentes chinos por Taiwán o la obsesión de las tecnológicas norteamericanas por la primacía mundial. 

Ciertamente, el deseo de mantener a una alianza militar hostil lejos de las fronteras de Rusia debería ser algo que comprendiera todo estratega norteamericano, aun cuando los rusos (al igual que muchos analistas de los Estados Unidos) hayan exagerado las amenazas concretas que implicaba. Los motivos de Rusia para dominar Ucrania son tanto nacionalistas como estratégicos, y en esa medida son emocionales, pero también lo son los motivos indios respecto a Cachemira y los chinos respecto a Taiwán, que tratamos como hechos geopolíticos.

El miedo de la clase dirigente rusa a Occidente contribuyó a una larga serie de errores de cálculo en relación con Ucrania, a los que también contribuyeron las ideas preconcebidas históricas sobre la relación ruso-ucraniana y la información errónea sobre la política y la sociedad ucranianas.

En cuanto a la secuencia de acontecimientos que condujo a la guerra actual, el primer error se cometió en 2013, cuando el gobierno ruso persuadió al presidente Yanukóvich de Ucrania para que se uniera a la Unión Euroasiática, dominada por Rusia. Con esto se desencadenaron las protestas en Kiev que condujeron finalmente a la revolución de 2014, respaldada por Estados Unidos, que derrocó a Yanukóvich y llevó a la mayor parte de Ucrania al campo occidental.

Esta política rusa constituyó claramente un craso error que subestimó por completo la profundidad y el alcance del deseo de muchos ucranianos de acercarse a Occidente. Tanto yo mismo como muchos otros analistas advertimos públicamente en la década de 1990 que cualquier intento de llevar a Ucrania al campo ruso o al occidental dividiría al país y conduciría a una guerra civil. 

Sin embargo, no se trató de un error completamente irracional por parte de Putin. Al fin y al cabo, no sólo la mitad de los ucranianos (más o menos) han votado en todas las elecciones celebradas desde la independencia a favor de las buenas relaciones con Rusia -incluida la elección del presidente Yanukóvich-, sino que, hasta 2014, la ayuda rusa a Ucrania en forma de gas subvencionado había superado con creces la ayuda de Occidente. Además, la ayuda rusa llegaba por adelantado, mientras que la Unión Europea sólo ofrecía como competencia una vaga forma de asociación sin ninguna promesa de adhesión final.

Cuando se produjo la revolución ucraniana, la respuesta del régimen de Putin implicó dos errores de cálculo muy graves, pero uno de ellos, curiosamente, fue un error de cálculo en un sentido de moderación. Por un lado, Putin se anexionó Crimea (en lugar de ocuparla simplemente para "defender a la población rusa"), con lo que Rusia se equivocó de lleno en lo que respecta al Derecho internacional y a la opinión pública mundial.

Por otra parte, en lugar de enviar al ejército ruso a ocupar toda esa mitad de Ucrania que había elegido al presidente Yanukóvich, y declarar que seguía siendo el presidente legal de Ucrania, el régimen de Putin optó por dar un respaldo semiclandestino a una revuelta separatista limitada en la región de Donbás. Putin ejerció esta moderación, a pesar de que en 2014 la resistencia militar ucraniana habría sido mínima, y de que incidentes como la matanza de manifestantes prorrusos en Odesa habrían dado a Rusia una excelente excusa para intervenir.

Para entender la invasión de este año, es importante comprender que hay sectores del estamento de seguridad ruso que se han arrepentido desde entonces de no haber aprovechado esa oportunidad entonces (y han culpado en privado a Putin de este fracaso). Si Putin no lanzó lo que habría sido una invasión exitosa en 2014, las razones clave parecen ser, en primer lugar, su creencia de que muchos ucranianos seguirían identificándose permanentemente con Rusia, y que esta desilusión con Occidente, así como la profunda disfunción política y económica de Ucrania, harían que Ucrania volviera a ser amiga de Rusia.

En segundo lugar, Putin no estaba dispuesto a romper del todo con una esperanza que había configurado la estrategia rusa desde el final de la Guerra Fría: que se pudiera convencer a Francia y Alemania de que se distanciaran de los Estados Unidos y llegaran a compromisos con Rusia sobre seguridad europea. Esta esperanza resultó ser vacua: pero el patrocinio alemán y francés del acuerdo de paz de Minsk II sobre el Donbás en 2015 pareció darle vida continua, al igual que la tensión entre Europa y los Estados Unidos resultante de la presidencia de Trump.

Y aunque la frustración rusa fue creciendo a medida que París y Berlín siguieron sin hacer nada para que Ucrania aplicara realmente el acuerdo de Minsk, Putin parece haber seguido creyendo hasta enero de este año que el presidente Macron podría vetar una nueva ampliación de la OTAN, lo que le otorgaría a Rusia una victoria diplomática y provocaría una ruptura entre París y Washington. La enorme decepción de Rusia con París y Berlín fue un factor clave para precipitar la invasión rusa.

En cuanto a la propia invasión rusa, ahora parece increíblemente imprudente, y sin duda se basó tanto en la exageración de la amenaza occidental a Rusia como en una inteligencia terriblemente pobre sobre la capacidad y voluntad de resistencia de Ucrania; pero hay que recordar que la mayoría de los analistas militares occidentales también esperaban que Rusia obtuviera una victoria relativamente rápida. Una de las razones del fracaso fue, obviamente, el plan excesivamente ambicioso de intentar capturar Kiev y derrocar al gobierno ucraniano mientras se atacaba simultáneamente en otros frentes diversos, lo que significaba que las fuerzas rusas eran demasiado débiles en todas partes.

Sin embargo, una vez más, no se trataba de una estrategia completamente irracional. Al comienzo de la guerra, Estados Unidos se ofreció a evacuar al presidente Zelenski. Si de hecho hubiera huido, el gobierno ucraniano se habría fragmentado y la resistencia ucraniana habría quedado muy debilitada.

Sin embargo, cuando el ejército ruso se presentó en las afueras de Kiev, Putin no continuó lanzando las fuerzas rusas contra la capital, al estilo irracional de Hitler en Stalingrado o de los generales del frente occidental durante la Primera Guerra Mundial. Su respuesta fue racional. Retiró sus fuerzas del norte de Ucrania, las reagrupó en el este y redujo drásticamente los objetivos políticos rusos.

Este historial nos muestra a un líder ruso extremadamente despiadado, e indiferente tanto al Derecho internacional como al terrible sufrimiento humano resultante de sus acciones. También puede verse que los errores de su política hacia Ucrania se han visto influidos por prejuicios emocionales nacionalistas y culturales comunes entre los rusos en general. Sin embargo, no indican la existencia de un líder entregado a una agresión universal ciega, que no tenga en cuenta los riesgos o los verdaderos intereses rusos en juego. Tampoco hay pruebas de que las compulsiones emocionales particulares de las actitudes de Putin y de los rusos hacia Ucrania se extiendan al resto de Europa.

Responsible Statecraft, 3 de mayo de 2022