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17 Abril 2024, Puebla, México.

El mar es el tiempo, retorna siempre. Una crónica gráfica de San Juan Raya / Alicia Mastretta Yanes y Sergio Mastretta

Naturaleza y sociedad /Ciencia y tecnología /Sociedad civil organizada | Crónica | 1.ENE.2023

El mar es el tiempo, retorna siempre. Una crónica gráfica de San Juan Raya / Alicia Mastretta Yanes y Sergio Mastretta

Fotografías de Alicia Mastretta Yanes

 

La mirada en San Juan Raya apunta a todos los tiempos que entretejen el mar y la tierra. Y a sus pobladores que han logrado descubrir su lugar en este extraordinario desierto. El tiempo nuestro, el inmediato, el de los encabezados en los diarios y en en las declaraciones circunspectas de políticos y entretenedores del caos, poco importa aquí. Nada cuenta en el vértice de la piedra en el golpe milenario del agua. Aquí, donde la tierra no ha dejado de ser el mar.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Realizamos un viaje relámpago a la Formación San Juan Raya, como le llaman los paleontólogos, en la Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán, en el territorio que le corresponde al municipio de Zapotitlán Salinas, a tres horas y 193 kilómetros desde la ciudad de Puebla si te vas por la autopista a Tehuacán. El matorral xerófilo de la Reserva de la Biósfera Tehuacán Cuicatlán, uno de los desiertos con más biodiversidad del mundo. 

 

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

La cañada del Río salado, la memoria del mar. El río que cruza San Juan Raya está seco casi todo el tiempo, excepto cuando baja en barrancadas de dos metros de altura y erosiona la barranca a su paso, dejando a patas de elefante y cactus milenarios pendiendo de un hilo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Y son esos aluviones los que alumbran la mirada larga, pues aquí los ojos entrenados ven el mar: “Sus características litológicas y faunísticas sugieren un ambiente de depósito marino costero, entre los arrecifes y la línea de costa donde el flujo de agua era intermitente, lo cual dio lugar al depósito de facies calcáreas someras, propicias para el desarrollo de abundante fauna (Durán, 2007). El modelo paleoambiental, propuesto por Serrano-Brañas y Centeno García (2014) indica que el área corresponde a un sistema clástico marino somero dominado por tormentas.” Museos Comunitarios de México y la Paleontología. Estudio de caso: Formación San Juan Raya, Puebla, México, por Alejandra Rojas Zúñiga (Facultad de Ciencias, UNAM) Y Raúl Gío Argáez (Instituto de Ciencias del Mar, UNAM).

 

 

Para una mirada larga ayuda el plano abierto desde el satélite. La tierra parda y blanquecina. El desierto en el sur poblano. Ahí San Juan Raya, con sus apenas 250 habitantes. Y la cicatriz blanquecina del río Salado es una serpiente que apunta desde las montañas áridas del altiplano al oriente por el que discurren las aguas temporales que forman la cuenca tórrida del río Papaloapan.

 

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El mar no olvida. El mar es el tiempo, retorna siempre. No se ha ido. Lo saben las piedras. Ayer eran lodo, apenas hace 120 millones de años. Y las almejas y los mejillones, los caracoles y los corales. Lo saben los campesinos en San Juan Raya. Las mujeres cuando decantan el jugo con el que harán el licor de garambullo (Myrtillocactus geometrizans). Los niños deslumbrados por las correrías de las hormigas arrieras. Los hombres cuando persiguen con la mirada el filo interminable del órgano hacia el cielo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Y de esas afiladas columnas, los viejitos o tetechos (Neobuxbaumia tetetzo), con la disciplina del soldado, se saca el frutito que por aquí se come cada que toque y haya para comer, las tetechas.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Infinitesimales en el lento devenir de los cactus, ellas también siempre han estado ahí, decididas en su corretear incierto desde las hojas vivas. Las hormigas arrieras que siguen los rastreros ojos de los niños.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Una turritela. Las encontraremos a cada paso que demos por el lecho del río salado.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Caracol molusco gasterópodo. Aparecen petrificados tras los aluviones de las tormentas que a regañadientes caen en la montaña reseca.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Trigonia o terotrigonia plicatocostata. Millones de conchitas disueltas en el golpe de las mareas. Unas, sobrevivientes, reaparecen petrificadas en la arena.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Genero moluscos bivalbo. Alerta al depredador que rasca el fondo marino, esta almeja logró permanecer viva para el milagro de la piedra.

 

El tiempo siempre alcanza, entonces. El mar no olvida. Nunca se ha ido. En los fósiles se carga la memoria del mar.

“Todavía hay muchos en las barrancas --dice Timoteo Reyes, un artista que encuentra dinosaurios en las ramas de los mezquites--, cada temporada de aguas salen a la superficie. Esto no es nada, antes se los llevaban en costales los que venían de fueras, los intercambiábamos por cualquier cosa que nos sirviera”.

Un costal de conchas, caracoles y corales del cretácico por un pantalón y una camisa. Todo era así antes de que todos estos montes fueran declarados en 1998 reserva de la biósfera.

 

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Timoteo Reyes vive enfrente del restaurante La Tucha, de Doña Olivia, sobre la avenida Cretácico, en San Juan Raya. Un jacalito construido con maderos del esqueleto de un órgano le sirve para ofrecer su mercancía: pequeñas tallas de animalitos fantásticos que arremedan a los dinosaurios extraídos de restos de mezquites que expone a un lado. Un saurópodo Cuello Largo, si así quieres verlo, o más seguro un carnívoro depredador tal vez, y un armadillo prehistórico, los dos se asolean al medio día frío y sin viento a tono con lo que parece un pueblo desierto. En la imaginación campesina cualquier tronco te revela el mundo que fue y no se ha ido.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Del mezquite las avecillas y las lagartijas.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Ya no es un mezquite lo que se mira ahí. Es un celurosaurio que por aquí andaba asomado a la costa atento a una  próxima tormenta. Y a los turistas que llegan buscando el mar.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

En la imaginación un glimptodonte, algo así como un armadillo prehistórico, mamífero él, muy lejos ya de los dinosaurios, renacido también por la imaginación de este artista campesino.

 

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No tiene sentido pensar en el tiempo, dice la biznaga orgullosa en su altar. Siempre estaré ahí para ti.

Sí, no tiene caso hacerlo --le dice el burro--, puedo sentirlo en tus espinas. He aprendido a quitarlas con mis dientes, pues a mí no sólo me miden por el largo de mis orejas.

No te preocupes. Solo necesitarás tiempo.

El que tienen los sotolines, conocidas fuera de aquí como patas de elefante (Beaucarnea gracilis) y las bisnagas (Echinocactus platyacanthus), medido en todos los años que pueden contener las guerras mexicanas de todos los tiempos.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Tiempo es lo que sobra en el desierto. Está sometido en el sotolín de más de mil años que parece cargar a la tierra entera. En los asientos marcados en su corteza han vivido y se han ido biznagas que en su regazo encontraron cobijo, pero la vida de esta antigua planta no conoce el fin del tiempo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

Lo contienen las estrías de cada una de las espinas de la biznaga. Y los centímetros que trepan a todo lo largo de sus lonjas. El tiempo, simplemente contenido en muchos más de quinientos años.

 

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Juventino Reyes cuida sus chivos desde la cresta que se asoma al río Salado. Es una mañana de sol pleno del año 2006. No  puede ser lo que mira. Contempla la pisada implantada en la piedra que ha lavado la última barrancada. No puede ser más que de una gallina. Gigante, eso sí. Lo que se puede ver en este mundo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

No puede ser más que una gallina gigante, reflexiona Juventino. Lo que sigue le comprobará que está en lo cierto.

Ha regresado después con sus compañeros. Y entre todos han removido la tierra. Así que no va sola la gallina. A la huella primera le siguen otras, una pisada aquí y otra más allá, y habrá también pollos. Y a saber qué buscan pues las pisadas terminan y sólo queda el lecho de arena fina del río.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Son 54 las huellas -icnitas, les llaman los científicos--, y van y vienen, se apachurran entre ellas, y aparecen también al otro lado del lecho del río Salado. Es el Afloramiento de las pisadas: "Ahí, se observan icnitas de terópodos identificados como celurosaurios y carcarodontosáuridos (CASTAÑEDA-SAMORÁN, 2012, Fig. 1 F, 2, 4). Es un área también pequeña, donde hay varios rastros presentes; los cuales se aprecian mejor que los de saurópodos antes mencionados. Es muy evidente que todos van en distintas direcciones e incluso dos de ellos se intersectan (CASTAÑEDA-SAMORÁN, 2012). Por lo tanto, dichos rastros tampoco evidencian un grupo gregario." Las huellas de dinosaurios en México y su estudioRicardo Servín Pichardo, Revista Digital Universitaria, UNAM, 2015.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Entonces esto es el mar. Y aquí mismo es una playa. Y lo que camina en busca de alimento y planta su huella ahora vuela. Tras la alerta campesina han aparecido unos que nombran paleontólogos. Y ya les dan nombre a las gallinas. Saurópodos de la era mesozoica, del periodo cretácico temprano, hace 120 millones de años, eso es lo que dicen.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Y como uno de los mejores ejemplos en México de organización comunitaria, el Centro Ecoturístico San Juan Raya, en el pueblo han construido un museo para contar con precisión esta historia.

 

Y con los científicos se han informado de los personajes que pudieron poblar estas tierras, los gliptodontes de la imaginación de Timoteo Reyes.

 

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Que no son gallinas, le informan a Juventino y sus compañeros campesinos los paleontólogos a los que alertan de su descubrimiento. Pero sí son aves y cargan plumas. Que los dinosaurios son las aves de hace mucho tiempo. Los abuelitos de los correcaminos y las águilas, los cenzontles y los colibríes. Los dinosaurios no se han ido. Los captura con su cámara la bióloga Alicia Mastretta.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

El verdugo americano (Lanius ludovicianus) aprovecha las espinas de los desiertos donde habita para empalar a sus presas (ratones y lagartijas principalmente). Se distribuye en los desiertos de Norteamérica, incluido en Tehuacán-Cuicatlán.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Lagartija empalada por un verdugo americano en el desierto de Arizona, foto de debinnature en Naturalista.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

El Cenzontle (Mimus polyglottos), pájaro de las cuatrocientas voces, no tiene un canto en particular, sino que imita el de todos los otros dinosaurios actuales que logra escuchar.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

El más pequeño de los dinosaurios actuales, un colibrí.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Un halcón peregrino (Falco peregrinus) sobrevuela el Cerro del Campanario en San Juan Raya. Pueden alcanzar más de 320 km/hr en picada, lo que los hace el más veloz de los dinosaurios actuales.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Las inflorescencias de los agaves son pequeños oasis de alimento para aves, murciélagos e insectos.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

Incluso un pájaro carpintero del Balsas (Melanerpes hypopolius) se aprovecha del regalo de los agaves.

 

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La playa ha sufrido las correrías del tiempo, las catástrofes geológicas y las correrías del agua. Ahora la encuentras en las barranquillas que corren hacia el cañón del río Salado. Y se esconde en las cuevas oscuras y frescas, como lo hacían las madres para escapar de la malicia que traen las guerras humanas. Y puedes imaginar lo que vivieron estas familias con la llegada al valle de los cactus las guerrillas zapatistas. “Asiento de suegras” le llaman todavía a las biznagas en memoria de la tortura a las que sometían los guerrilleros a las mujeres para obligarlas a señalar las cuevas en las que habían escondido a sus hijas.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

En una cueva como la que se mira al fondo se escondieron las jovencitas de la malicia de los zapatistas.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

El "asiento de la suegra". En la memoria de la tierra también está la de la acción humana. Y su violencia.

 

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Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Calixto es uno de los guías del grupo Centro Ecoturístico San Juan Raya que nos llevan a recorrer estas antiguas playas ocultas a la vista primera. En el camino sus ojos descubren la sobrevivencia del tiempo en los fósiles en el pedrerío del lecho seco del arroyo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

Alerta sobre las malas mujeres (Cnidoscolus tehuacanensis) un arbusto muy atento a tu paso, por demás está decir que espinosas y ciertamente peligrosas si te atreves a tocarlas, con una urticaria rapaz que te deja fuera de cualquier asunto que no sea renegar de tu paso por este desierto.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

O sobre la avispa del género Dasymutilla, conocidas como avispas-hormiga de terciopelo. Su color brillante advierte de su poderosa picadura.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Y un nido de abejas montado en un garambullo.

 

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Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

El letrero es simple y llano. “Serán castigados”. Que cada quien lo interprete como se le ocurra. 

“¿Linchan al que encuentre robando biznagas o patas de elefante?”, le pregunto.

No, no lo linchan. Pero sí depende del crimen que cometa un extraño.

“Hace uno tres años la comunidad agarró a uno tipos –cuenta Calixto--, ya tenían para cargar en una de redilas al menos diez sotolines (B. recurvata ), las Patas de Elefante como les llaman en otros lados. Vino la autoridad y se los llevaron. Solo uno de ellos fue detenido. Después ya no supimos qué fue de ellos.”

Los sotolines murieron.

Su conversación señala la contradicción principal de la reserva: durante décadas largas del siglo XX los campesinos de San Juan Raya sobrevivieron de la siembra del maíz, frijol, chile y calabazas y del intercambio de fósiles y cactus con el mundo exterior. Entonces oyeron hablar de la declaración de la reserva de la biósfera. Antes aparecieron los judiciales y se llevaron a uno acusado de tráfico de especies en peligro de extinción. Así que las cosas cambiaron para esta comunidad campesina. La declaratoria de Reserva de la Biósfera Tehuacán-Cuicatlán la obligó a mirar su territorio de manera distinta. Lo refieren bien los testimonios levantados por el antropólogo social César Durán Zepeda (“Nosotros somos la reserva”. Uso y apropiación simbólica de los recursos naturales en la comunidad de San Juan Raya, puebla. BUAP, 2014)

“Al prohibirnos abrir más llanos, nos quedamos sin tierras para heredar a los hijos; y pues sin tierras, ellos de qué van a vivir, de qué van a comer, de dónde le van a dar de comer a su familia si ya no tienen tierras; por eso se van para otro lado a buscar trabajo.”

“No, no nos prohíben; nos dicen cómo aprovechar la naturaleza de manera sustentable (…) ¡Antes arrasábamos con todo! Nadie nos decía nada, pero ahora ya sabemos que las plantas tienen vida… ya somos más conscientes. Al principio fue difícil porque cambió a lo que la gente ya estaba acostumbrada, pero fue bueno porque al estar más verde (los campos), a los turistas les gusta más; nos comparan con otros pueblos y dicen que aquí está más cuidado… ahora ya hay conciencia”.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Calixto ha encontrado una almeja petrificada. Y en el trabajo como guía en los recorridos que organiza desde hace más de una década el grupo Centro Ecoturístico San Juan Raya ha logrado evitar lo que es la ley de la vida en esta región del desierto poblano: la migración en búsqueda de trabajo, igual en Puebla que en Nueva York. La migración como el oleaje que golpea el acantilado en el ir y venir de la sobrevivencia. Salir y dejar a los hijos con la mujer en el pueblo. Regresar para la preparación de la tierra y la siembra. Implorar para que el temporal amarre la esperanza con la cosecha. Salir si el tiempo ha sido malo, como ha ocurrido en este 2022 que termina sin atisbo de mazorca alguna. A la obra en la ciudad. Al corte de la caña en el ingenio veracruzano. A la jaula de oro del migrante en Estados Unidos. 

O al ecoturismo como trabajo para el rescate de este antiguo mar en la árida montaña campesina.

 

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Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Hay otros ires y venires en las serranías de San Juan Raya, otros ritmos. Como aquel con el que se esconde la luna tras las nubes en la noche de jueves 29 de diciembre. Tras ella avanzamos rumbo con rumbo oriente al cerro del Pedimento. No lo vemos cuando la lune se pierde, pero si lo alumbra logramos identificar su silueta. En el firmamento las Pléyades y los luceros. En el horizonte el cerro, apenas un pezón en el monte oscuro. Don Jorge, nuestro guía, lo mira todo desde que era niño. En la penumbra y al rayo de la luna.

"Allá sube el que busca un alivio --dice este hombre de 62 años mientras promete por tercera vez que solo falta media hora de subida--, y allá regresa el que lo agradece. Así, desde el tiempo de los abuelitos popolocas."

Don Jorge recorre estas cuestas ahora igual que lo hacía de niño chivero. Ahora nos lleva al Pedimento, y la semana pasada trepó con otros hasta el cerro del Campanario, al sur de San Juan Raya. Sonríe.

"Desde San Gabriel Chilac subían hasta el Campanario para sus ceremonias las familias con sus pedimentos --platica--. Y por allá los seguíamos los niños chiveros. Ya los esperábamos, ellos con sus panes de Tehuacán y nosotros nomás esperándolos para comérnoslos".

Hay que subir, pedir y agradecer, entonces, en los cerros. Algo seguro encontraremos.

 

Foto: Eugenia Monroy. 

 

Un candelabro (Pachycereus weberipara alumbrar a los peregrinos rumbo a su pedimento.

 

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Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Hay otros moradores de la noche. Diremos que son espíritus de cola larga y frondosa. Los descubrimos con la cámara nocturna que la bióloga Alicia Mastretta instala en el solar que ocupa para su campamento. Es un zorro gris (Urocyon cinereoargenteus) que deja sus gracias por donde quiera plantar marca de su correría. Habrá muchos en este desierto, pues igual las encontramos a la salida de la habitación en la que pasamos la noche del 30 de diciembre que a cada paso en la cañada del río Salado. Los imagino en su cueva ahí mismo, en el silencio rotundo, a la espera de que despunte la luna.

 

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La biznaga enorme es el estandarte de la sobrevivencia del desierto. 

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes. 

 

Lizbeth no ha cumplido los quince años pero ya es una guía experta. No deja sin respuesta los interrogantes que le hacemos en la media tarde del fin de año. No, ya no se permite la explotación de las biznagas para el famoso dulce en las roscas de reyes. Ni mucho menos se utiliza la esponja que guarda en su interior como material para el relleno de los asientos de los autos. ¿Se están recuperando las biznagas? No hemos dejado de verlas de todos tamaños en estos días. Pero ninguna como la que enmarca el orgullo juvenil de la guía.

 

 

Y sí, sus manos también saben tejer la palma. Y son muchas las manos femeninas, son más de cincuenta las artesanas que construyen rosas, isotes y sotolines, armadillos, serpientes, dinosaurios y biznagas. Con ellas dejamos San Juan Raya, la tierra del mar antiguo.

 

Foto: Alicia Mastretta Yanes.