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15 Julio 2024, Puebla, México.

Canoa 1968 /  Moisés Ramos Rodríguez

Justicia /Sociedad | Crónica | 2.OCT.2023

Canoa 1968 / Moisés Ramos Rodríguez

En este mundo en que olvidamos, somos sombras de lo que somos. Fernando Pessoa

“Memoria de un hecho vergonzoso” subtituló a su guión cinematográfico Tomás Pérez Turrent, sobre el cual hizo la película Canoa Felipe Cazals; y Canoa, El crimen impune fue el título Guillermina Meaney eligió para el libro en el cual convirtió un excelente reportaje publicado originalmente en el desaparecido periódico Novedades.        

Con ligeras variaciones, y de acuerdo al medio que eligieron para contar los hechos, Pérez Turrent y Felipe Cazals, y Meaney decidieron contar la masacre sucedida en la junta auxiliar de San Miguel Canoa el 14 de septiembre de 1968, cuando trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP) pretendían hacen una excursión a la Malinche y dos de ellos resultaron muertos por una turba; tres sobrevivieron para dejar constancia de los hechos, aun cuando no les fue fácil enfrentar el hecho, recordarlo y relatarlo.     

Il Sismografo

Los muertos fueron Ramón Gutiérrez Calvario y Jesús Carrillo Sánchez, trabajadores de la UAP; el campesino Lucas García, quien amablemente había accedido a dejar que los empleados universitarios pernoctaran en su casa a petición de su hermano Pedro, quien llevaba a un amigo, Odilón Sánchez Islas, también asesinado. Los sobrevivientes fueron Julián González Báez, Miguel Flores Cruz y Roberto Rojano Aguirre.

Los testigos en la masacre fueron cientos: los propios participantes. Los heridos fueron rescatados por la Cruz Roja “medio muertos” y fueron atendidos cuando se les daba poca esperanza de vida. Al día siguiente, el 15 de septiembre de 1968, el periódico El sol de Puebla, publicó en su sección de policía, una nota en la cual dio cuenta de lo acontecido la noche anterior en Canoa, la cual tituló: “Trataron de izar una bandera rojo y negro (sic) y fue la consecuencia”.

En el cuerpo de la nota del periódico poblano se lee:

“La policía que intervino para acabar con la trifulca, afirmó que los vecinos de Canoa manifestaron que los empleados y la gente que llevaban, quisieron saquear una tienda donde tomaban refrescos y además implantar una bandera rojinegra en la torre del templo, y por eso fueron atacados”.

Pocas noticias hubo en la prensa no sólo local, sino nacional respecto a la masacre.

El guión cinematográfico de Pérez Turrent y la película de Cazals, lo mismo que el libro de Guillermina Meaney tratan de dilucidar, entre otras cosas lo sucedido realmente esa noche del 14 de septiembre de 1968 en Canoa, sus antecedentes y consecuencias; y al relatar la historia de cuatro crímenes, dos de ellos contra trabajadores de la UAP, muestran algunas de las consecuencias de éstos. 

Sin embargo las tres obras —el guión cinematográfico, la película y el libro de Meaney— coinciden finalmente en una cuestión: los asesinatos ocurridos en Canoa quedaron, y están, impunes.

 

Dos libros agotados, una película de éxito

 

La historia suelen contarla los vencedores y, a veces los sobrevivientes. En el caso de Canoa, Roberto Rojano, uno de los tres trabajadores de la UAP sobrevivientes a la masacre de septiembre de 1968, sin proponérselo se encontró con Tomás Pérez Turrent en el ahora desaparecido restaurante Nevados Hermilo. Sin que ninguno de los dos lo sospechara ni siquiera lejanamente, ahí nació la idea de rodar Canoa.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Como bien relata Guillermina Meaney con base en los testimonios recogidos a lo largo de su trabajo, Rojano, una vez recuperado del ataque, se dedicó a la fotografía y a querer hacer algo sobre lo sucedido a él y a sus compañeros, tal vez un cortometraje o un testimonio en otros soportes.

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Cuando Pérez Turrent escuchó de boca de Roberto Rojano la historia de Canoa y vio las heridas y marcas conservadas en su cuerpo, inició el trabajo sobre el cual Felipe Cazals hizo una película novedosa no sólo en su época —fue preestrenada en 1975 y al año siguiente fue estrenada comercialmente—sino aún hoy, por su ritmo, sus planos (casi inmóviles), la mezcla de relato, ficción y reportaje.

Para Guillermina Meaney fue fundamental el reportaje publicado en el desaparecido periódico Novedades; el primero, porque después la línea editorial de ese diario fue contraria, tratando de proteger a quien se señalaba como principal instigador de la masacre: el cura párroco de san Miguel Canoa, Enrique Meza Pérez.

Meaney incluso reprodujo en su libro Canoa el crimen impune, las fotografías que el jefe de información de ése diario, Carlos E. Sevilla le proporcionó. En ella se ve al cura, la casa de Lucas García con las huellas de las hachas que la destrozaron; los cadáveres todavía en el lugar de los hechos; y la imagen impactante de la portada del libro: la viuda de Lucas, María Tomasa Arce García, seguramente en una oficina, del ministerio público o alguna gubernamental, tal vez rindiendo declaración.

Pérez Turrent, para quien fue fundamental en la elaboración de su proyecto y posterior guión la consulta exhaustiva del pequeño periódico local El liberal poblano, también incluyó en su texto fotografías: en la sección “Los hechos” del libro publicado por la UAP, de la página 87 a la 94, se ven los cuerpos de las víctimas, la puerta de la casa de Lucas García, uno de los heridos quizá rindiendo una primera declaración a un policía, la multitud en la noche, en la obscuridad del 14, quizá ya la madrugada del 15 de septiembre de 1968 en Canoa.

Más adelante, el autor incluye, alternando con el guión fotogramas de la película, donde sí aparecieron brevemente algunos de los sobrevivientes —o parte de ellos, como una mano mutilada— pero donde se trata, fundamentalmente como ficción, de una recreación. Sin embargo, tanto Pérez Turrent como Felipe Cazals lograron una verosimilitud que les hizo estrenar su cinta con varias copias —las cuales llegaron a ser 120— y se mantuviera durante doce semanas en el cine Variedades de la Angelópolis, además de cinco semanas en siete salas del Distrito Federal, donde después fue repuesta en cuatro cines más.

En alto número de copias en una época donde las condiciones técnicas y de manipulación era muy distintas a las actuales, dejaron al original de Canoa “hecho un fideo”, de acuerdo con el propio Cazals, quien la remasterizó en 1998, cuando se cumplieron 30 años de la masacre y 23 de haber sido rodada en Santa Rita Tlahuapan, pues en san Miguel Canoa no se les permitió trabajar al cineasta y su equipo.         

Habitante de la ciudad de México, Meaney, por su parte vino a Puebla, regresó una y otra vez y recorrió Canoa, cuando el padre Enrique Meza Pérez, cura párroco Canoa ya había salido de ahí y vivía, con su empleada y el hijo de ésta en otra región de Puebla: Santa Inés Ahuatempan.

La película fue un éxito, el libro de Pérez Turrent se agotó y la UAP no ha hecho una reedición del original de dos mil ejemplares, y los también dos mil publicados del texto de Guillermina Meaney están agotados, aunque hay ejemplares en las bibliotecas de la universidad y de la Red Estatal de Bibliotecas en todo el estado, los cuales pueden ser consultados gratis.  

 

Canoa y sus circunstancias

 

Pero regresemos un poco.    

Si bien Pérez Turrent en su libro entra directamente a contar lo sucedido el 14 de septiembre de 1968 en Canoa, más adelante hace un recuento sobre las condiciones de la junta auxiliar de la capital poblana, sus habitantes, sus modos de vida y las circunstancias en las cuales vivían poco antes de la masacre. Incluso siendo el cura el principal señalado como culpable de instigar al pueblo al linchamiento a los trabajadores de la UAP, consigna su versión, mediante la cual se defiende.  

Felipe Cazals utilizó una voz en off al principio de su película para narrar dónde está Canoa y cuales eran sus circunstancias en 1968. Después, un personaje sólo identificado como “Testigo”, interpretado por Salvador Sánchez, sirve de guía para saber cuál es la historia que veremos, cual coro del teatro griego clásico, de obra de Shakespeare o personaje de Fuente Ovejuna de Lope de Vega.

En resumen, los autores destacan las condiciones de miseria e ignorancia de la mayoría de los pobladores de Canoa, sus dificultades para sobrevivir, la importancia del cura párroco en la comunidad y, entre otras cosas, los conflictos por la tenencia de la tierra en dos grupos claramente diferenciados por pertenecer a las organizaciones oficialistas y una más que pretendía ser independiente. Subrayaron también el alto índice de alcoholismo entre los habitantes de la junta auxiliar.

Meaney hizo acopio de encabezados de prensa desde julio y agosto de ese 1968 en el cual crecía el movimiento estudiantil en la ciudad de México, y dejó en claro el clima previo que facilitó la masacre: “Las fuerzas oscurantistas se unían para el ataque final, que culminaría en la masacre de Tlatelolco, y de la cual la tragedia de Canoa fue un significativo y siniestro avance” escribió la autora.                      

Al no extrañarse “del poco eco que los hechos de San Miguel Canoa, el 14 de septiembre de 1968, tuvieron en la prensa”, Pérez Turrent cita: “Ese año, y sobre todo en ésa época del año, fue rico en acontecimientos, en noticias de primera plana. Septiembre de 1968 fue un mes en el que el movimiento estudiantil estaba en su punto más alto: los periódicos se dedicaban a glosar abundantemente los ‘conceptos’ del Informe Presidencial relativos a tal movimiento, ‘Díaz Ordaz fue hasta el fondo del problema’; ‘Se llegó el fin del libertinaje’… La mayoría de los órganos de la llamada ‘Gran prensa’ se dedicaba a apoyar a ocho columnas e incondicionalmente las posiciones oficiales”.

Pérez Turrent consultó El liberal poblano y se entrevistó con su director; calificó el seguimiento de la masacre de septiembre de 1968 en la pequeña publicación poblana como de “comecuras” pese a lo cual fue el único medio que durante un año insistió en Puebla en el deber de esclarecer los hechos por los cuales sólo hubo algunos detenidos y pocos en la cárcel, y por breve tiempo.

Por su parte, Felipe Cazals, en una declaración que sería citada varias veces afirmó: “Cuando la gente calma su sed con alcohol, se nutre mal y se llena de terrones acerca de su vida futura, es evidente que… se dispondrá de una masa de gente imbecializada, de acuerdo con los fines de una clase dominante”.    

 

Los hechos

 

Para los sobrevivientes de la masacre del sábado 14 de septiembre de 1968 en San Miguel Canoa, desde aquel día hasta su reconstrucción posterior, el instigador para que el ataque contra ellos se realizara fue el cura Enrique Meza Pérez. De su razón de estar en la población aquella noche, Miguel, Julián y Roberto se lo dijeron al cura esa noche, se lo dijeron a la policía de la población y se lo repitieron a Lucas García, quien finalmente les dio posada: iban de la ciudad de Puebla de excursión a la Malinche; la lluvia les sorprendió entre el atardecer y el anochecer en la población, por lo que decidieron no subir en ese momento a la montaña.

La misma versión, pues nunca hubo otra razón para los trabajadores de la UAP para ir a Canoa, se la repitieron al Ministerio público: jamás quisieron izar una bandera rojinegra en la iglesia del pueblo.

Julián, a la sazón de 25 años de edad, había hecho excursiones a la Malinche: dos, una donde el mayor “problema” que había tenido fue la observación hecha por un campesino, quien le preguntó por qué llevaba un machete. Acostumbraba realizar excursiones siempre que podía, y el día 14 iba con un grupo que esperaba fuera más grande, pero al contrario de otras ocasiones, no salió hacia la montaña por la mañana sino hasta después de las cuatro y media de la tarde.

Miguel, quien entonces sólo tenía 21 años de edad hacía ejercicio, corría desde su casa hasta el cerro de Loreto y Guadalupe, se bañaba con agua fría, desayunaba y se iba a trabajar. Tenía condición física, pero no experiencia en escalar montaña.

Roberto, también de 21 años de edad, tenía experiencia en excursiones desde sus años en la escuela secundaria: “Mi deporte favorito era, pues la caminata; conocer lugares, subir montes, cruzar ríos, todas esas cosas… el excursionismo”.

Poco faltó para que los excursionistas no salieran, pues el grupo original nunca se completó; hubo varias vacilaciones, incluso a punto de salir, pero salieron. Y ya en Canoa quisieron regresar, pero no pudieron por la lluvia, la falta de camiones o de taxis.

“¡Ahora sí se los va a llevar la chingada!”, “¡Mueran los comunistas!, “¡Comunismo no, cristianismo sí!” fueron los gritos con los cuales los fueron a sacar de casa de Lucas García. Antes, por los altavoces ubicados en diversas partes del pueblo, habían oído que buscaban a unos ladrones, que decían de una amenaza contra el pueblo, de unos que iban a colocar la bandera comunista en la iglesia… Vieron la histeria en la gente y vieron como mataron a Lucas García, a Odilón y dos de sus compañeros: Jesús y Ramón.

Por lo menos dos de los sobrevivientes, Roberto y Julián, golpeados y arrastrados por la turba, vieron al cura en el atrio de la iglesia, presenciando cuanto sucedía, sin detener el ataque, según contaron a Guillermina Meaney y al ministerio público.       

 

Los culpables

 

Dos meses después de los acontecimientos en Canoa, los tres sobrevivientes siguieron el proceso que, de oficio, se había iniciado para investigar los hechos del 14 de septiembre. Pedían una indemnización para ellos por daños y perjuicios, una indemnización para los heridos y para los familiares de los muertos.

Para los demandantes, desde el principio el representante del gobierno del estado con el cual trataron “el licenciado Castorena” “le dio carpetazo al asunto. Creemos que esto se debe a que había intereses clericales o personales de por medio, y por este motivo nunca hizo nada… en ese entonces él pudo haber actuado y no lo hizo nunca”. Los sobrevivientes lo dijeron muy claro a Guillermina Meaney:

“Se presentó [ante el ministerio público] una lista que nos había dado el hermano del difunto Lucas García, su hermana y otras personas que proporcionaron datos sobre todos los que habían participado en el linchamiento. Los que encabezaban la lista eran el sacerdote del lugar, el presidente municipal [auxiliar], el comandante, los dueños de los altavoces, los dueños de los camiones de la línea Puebla-Canoa, y otros. Julián llegó a saber hasta el nombre del que le cortó los dedos; o sea que todo eso lo sabíamos, pero los señores de la ley nada más creyeron conveniente señalar a 11 personas. Nosotros teníamos una lista más amplia, pero todo se manejó a la manera de ellos, a su conveniencia”.

Una persona fue apresada, Pablo Sánchez; estuvo dos años preso “y otros dos señores… No recordamos sus nombres. Después cayeron como otras cuatro personas, pero salieron luego; algunos estuvieron ahí [en la cárcel] cuando mucho unos 15 días y los sacaron… Las personas que fueron a la cárcel no eran las principales… Nosotros acusamos directamente al padre, por ejemplo, de azuzar a incitar a la gente, ya que es una persona que manipula al pueblo, y si él en cualquier momento hubiera actuado, habría parado toda la situación ¿no?, máxime que estaba presente, puesto que Roberto lo vio… a una serie de personas que no eran autoridades, pero que eran allegados del padre en ese entonces” también las señalaron.

Para los sobrevivientes, los crímenes del 14 de septiembre de 1968 en Canoa quedaron impunes:

“En vista de que los careos y la cuestión legal y todo eso no sirvieron para nada, pues realmente nos decepcionaron. No tenía caso seguir perdiendo el tiempo con los citatorios, para que nos dieran atole con el dedo con que ya se estaba tratando de hacer justicia… y todo era falso, ¿no?, entonces lo dejamos por la paz, y pues eso realmente quedó impune… sinceramente no creemos en ese tipo de autoridades… Total, que no recibimos ninguna indemnización. El licenciado Castorena decía que estaban en trámite nuestras peticiones, pero él también trató de engañarnos, de darnos largas hasta que nos cansáramos, y eso fue lo que pasó, ¿no?, Nosotros ya no creíamos más y ya nunca regresamos”.    

Por su parte, en una declaración publicada en la revista Impacto del 31 de marzo de 1976, el sacerdote Enrique Meza afirmó: “Todo lo que pasó en aquella noche de 1968 se lo buscaron”.

 

Las amenazas

 

Felipe Cazals tuvo éxito con la película Canoa. Memoria de un hecho vergonzoso;  se exhibió con éxito en México e incluso en el extranjero, y hace diez años fue remasterizada. Hoy circula en DVD una copia hecha en Hong Kong, probablemente sin que se hayan pagado los correspondientes derechos de autor.

La periodista Raquel Peguero le preguntó en septiembre de 1998 a Felipe Cazals: “¿Recibiste algún tipo de amenaza durante la filmación?” El cineasta contestó:

“Sí, y durante tres años recibí anónimos. Tengo dos álbumes completos con ellos, escritos con una bonita letra cursiva y transversalmente a la hoja de cuaderno, donde me advierten de la facilidad que hay para que mis hijos y yo mismo tengamos algún tipo de accidente. Esa correspondencia llegó a mi casa, eran cartas que no tenían sello de correo. No quiero saber quién fue. No la pasé bien y me recomendaron que no abriera la puerta ni me enojara para no dar pie a nada. No olvidemos que en 1981, los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) fueron al atrio de Canoa a cantar el Himno Nacional, o sea que siguen firmes, y diciendo que nuestra versión es falsa e injusta. Tanto lo es, que hace unos meses casi linchan a unos fotógrafos en un pueblito de Puebla, porque decían que eran robachicos”.

 

 

 

 

 

Referencias

 

Canoa, Memoria de un hecho vergonzoso. La historia, la filmación, el guión, Tomás Pérez Turrent, Universidad Autónoma de Puebla, Colección difusión Cultural 1. Serie Cine, Puebla, México, 1984. (Agotado).

 

Canoa, el crimen impune, Meaney Guillermina, Gobierno del Estado de Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Cuadernos del Archivo Histórico Universitario, Puebla, México, 2000. (Agotado)

 

Canoa, 23 años después”, Felipe Cazals, La Jornada, 15 de septiembre de 1998, páginas 27-28.

 

“Impugnar a Canoa sería como volver al pasado”. Felipe Cazals en entrevista con Raquel Peguero, La Jornada, 15 de septiembre de 1998, páginas 27-28.   

 

“Plaza de la democracia”, Alfonso Yáñez Delgado, periódico Síntesis, Puebla, 25 de noviembre de 2004.