enero 29, 2026, Puebla, México

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Carmen y Carmen. Retrato de dúo. / Günter Petrak

Las iniciales de sus nombres son MCSC y CMSC. Ambas se llaman Carmen, una es Carmen María y la otra es María Carmen, no son hermanas, pero las iniciales de sus apellidos coinciden… En la novela de García Ponce, “Crónica de la Intervención”, Mariana y María Inés comparten el mismo cuerpo, aunque son personas distintas; pero esa historia es de ficción y lo que cuento aquí es una historia verdadera. MC y CM tenían otras cosas en común, aparte de las letras en sus nombres, ambas se interesaron en la Psicología; la que ha permanecido en Puebla se graduó, la que voló a Europa supongo también, a juzgar por sus palabras: “te explicaré el sistema holandés… tengo que volverme loca y psicóloga para ser loca y psicóloga, ¿entiendes?, es muy fácil, simplemente te vuelves normal y ya…” (carta enviada el 15 de junio de 1978, desde Rotterdam). Ambas fueron mis compañeras de colegio, ambas mis amores platónicos, pero no al mismo tiempo. De CM me enamoré en la secundaria, de MC en la prepa. A ambas les insinué mi amor, en una feria y durante una fogatada, ¿a cuál en dónde? ¿Habrá sido a la misma? No lo sé, tal vez ese episodio sucedió como en la novela de García Ponce, pero de lo que sí estoy seguro es del viaje que hicimos CM y mis condiscípulos a Isla Mujeres, en julio de 1974, cuando Cancún apenas estaba en construcción. Estuvimos en Palenque, en Chichen Itzá… En Uxmal nos bañó una tormenta y caminé junto a ella, me permitió tomarla de la mano, pero sólo un instante pues de pronto apareció nuestro profe de matemáticas, por quien, lo sabemos todos, ella se sentía atraída (¿o al revés?). Los recuerdos son vagos, como una fotografía en sepia, como imágenes prestadas por un sueño y floto en ellos hasta que comienzo a ahogarme, como sucedió en el hotel Autel 59 de Mérida: ella y yo estábamos en la parte baja de piscina y, sentado en la orilla, con los pies en el agua, estaba el Pato. La alberca tenía un desnivel y MC comenzó a dar brinquitos cuando sintió que se iba a lo profundo. Creí que jugaba hasta que mi compañero-hermano me gritó: “ayúdala, se está ahogando” y cometí ese error típico del novato, me acerqué a ella de frente y, en silencio, en un grito ahogado, se abrazó de mí y nos hundimos. Instintivamente la tomé de la cadera y la empujé a la orilla, pero yo, sin aire me hundí y me hundí… tragué agua, pero al final logré impulsarme hacia arriba al tocar fondo. Salí tosiendo… Ella no recordó este episodio de nuestras vidas cuando se lo referí hace algunos años, la última vez que nos vimos…Ocasionalmente nos saludamos por Facebook. De CM, en cambio, hace mucho tiempo que no tengo noticias. Desde inicio de los 80 se volvió aventurera, pero no en el sentido de Agustín Lara, sino en el de viajera por el mundo, y quién mejor que ella para darnos un ejemplo: “Si supieras lo que a veces he pasado por conocer algún pueblo olvidado, caminar, subir y bajar montañas durante días, comer porquería y media (tan quisquillosa que soy para la comida), sufrir caídas y rasguños y andar con cuidado por víboras, arañas y bichos raros, procurar esconderme de guerrilleros que roban, violan y matan… dormir en el suelo cubierta con una manta casi transparente por lo delgada, con un frío de los mil demonios mientras las gallinas se dedican a las 3 am a “jugar y platicar”, los caballos se creen acechados por un tigre y relinchan toda la noche, los cochinos se revuelcan felices en el lodo (¡claro, tenía que llover!) y las ratas se dedican a buscar comida a tus pies… (Carta fechada el 28 de septiembre de 1983, en Tailandia). Son esbozos de dos de mis afectos, como hay otros; las Cármenes han aparecido a lo largo de mi vida, la tía viejita (historia verdadera alguna vez compartida), mi abuela, mi mamá, mi tía, mi hermana, compañeras de trabajo y por ahí, también, algún afecto virtual, una viajera… pero esa es otra historia.