Las malas prácticas de la prensa, al normalizarse, atentan contra la credibilidad y el respeto al oficio
Las malas prácticas y excesos que se dan en la relación prensa-poder parecen estar normalizadas, al punto de que, por años, el gremio —esté o no de acuerdo— aprende a vivir con ellas. Algunas personas se suman, otras las ignoran y otras muchas las padecen. El pacto es casi siempre el mismo: voltear a otro lado y sacar la chamba lo mejor posible.
Lejos de las esferas donde el poder político y el poder empresarial mediático tejen y construyen las condiciones de su relación, están otros espacios de disputa: las salas de prensa, los pasillos, las oficinas. Ahí, donde decenas de trabajadoras y trabajadores de medios de comunicación conviven en su día a día con burócratas y políticos de todos los niveles y de todos los colores.
En el Congreso de Puebla ha surgido una pequeña agrupación, entre seis y diez personas reporteras, que, en un arrebato de abyección, se autodenominan “La Mesa de la Abundancia”. No son las primeras, no son las únicas, pero sí las menos preparadas y las más violentas.
Este compacto grupo, día tras día, recibe dádivas de diputadas y diputados: golosinas, comida rápida, tortas, refrescos, hasta playeras para equipos de fútbol o sumas de dinero. Las entregas se hacen casi como un ritual, en la mesa de siempre, dentro de la sala de prensa del Congreso.
Las entrevistas y notas, en muchos casos, están condicionadas a esos obsequios. A cambio, se mandan videos, fotos o clips a los medios, se promete visibilidad, se asegura difusión. Algunxs pertenecen a medios con buena audiencia y logran colocar, si bien les va, una nota o un tuit; otrxs operan sus propios portales, muchos de ellos alimentados por bots, con cifras infladas y sin ningún tipo de impacto real.
Una revisión mínima a sus notas, posteos y publicaciones muestra lo evidente: los alcances son limitados, el nivel de interacción es bajo, el impacto casi nulo. Aun así, han convencido a quienes les compran la idea de que tienen poder de influencia, de que “mueven opinión”. Venden humo con la misma facilidad con la que reciben unas pizzas o un refresco.
Pero lo más grave no está en los regalos, sino en los excesos que se desprenden de esa red de complicidades. El acoso laboral es serio. Han convertido la sala de prensa en un territorio hostil para quienes no son parte del grupo: bloqueos sistemáticos a prensa ajena, exclusiones deliberadas, gestos de incomodidad hacia periodistas críticos de sus diputadas o diputados aliados.
Hay empujones, manotazos a celulares, obstrucciones para impedir entrevistas, intimidación directa. La violencia no se queda ahí: también circula en lo digital, a través de cuentas anónimas o perfiles falsos desde los cuales se hostiga y se agrede.
“Estos grupos siempre han existido”, me dice un periodista con muchas décadas detrás. “Eran viejos lobos de mar, reporteros que sabían todo ‘el teje y maneje’ del Congreso, de la legislatura y la reglamentación”. Eran también expertos en relaciones públicas, hábiles manipuladores y negociantes.
Me cuentan del denominado “Grupo Bacardí”, creado en las épocas de mayor poder del PRI, integrado, en sus varias etapas, por quienes hoy son directores y dueños de medios. Reporteros que pasaron de vender entrevistas a cambio de botellas de alcohol y paquetes de Marlboro, a los jugosos convenios que los convirtieron en empresarios; hoy, dueños incluso de edificios.
Pregunto a otro periodista, uno más contemporáneo, que recuerda que en tiempos de Rafael Moreno Valle hubo varias personas con ciertos privilegios: más información, mayor cercanía, pero menos abyección. No había una autodenominación. Solo había una clara cercanía con el poder, una marcada diferencia entre los críticos y los oficiales, pero sin confrontaciones públicas entre ellos.
También les llamaron, despectivamente, “Los Miguelitos” desde 2019, y de a poco se fue configurando esta nueva alineación de reporteras y reporteros que no son expertos en nada: solo transcriben boletines que les adelantan previamente las y los diputados que así lo permiten; solo encienden cámaras, grabadoras y celulares para soltar preguntas dictadas y apuntar al pie de la letra las respuestas previsibles; no tienen clara la diferencia entre una iniciativa de ley, un posicionamiento o un punto de acuerdo.
Aspiracionistas que, con su autodenominación “La Mesa de la Abundancia”, sueñan con dejar de ser explotados para ser dueños, ser cúpula, ser VIP de conciertos, dueños de casas, camionetas y convenios. Ser el “Grupo Bacardí” de estos tiempos. Sueñan con ir a restaurantes de políticos o empresarios a que les den comida gratis porque “son importantes periodistas”.
Pregunto a colegas de otros estados. Coinciden en que la práctica es habitual: recuerdan las rifas, los “apoyos”, los regalos, las comidas como parte de una dinámica normalizada que se aprovecha de la precarización del oficio. Lo que sí les sorprende —y preocupa— son los excesos y la violencia dirigida contra el propio gremio.
—¿Y por qué siguen ahí? —pregunto—
Porque hay muchas diputadas y diputados que los utilizan, que caen en el juego, que se dejan sorprender o que los toleran “para llevar la fiesta en paz con la prensa”. Son diputadxs de todos los colores, de todas las bancadas, muchxs con aspiraciones políticas permanentes.
Hoy el Congreso de Puebla está en una etapa nueva y, como en cada cambio, siempre existe la posibilidad de poner un alto a las malas prácticas. De reivindicar la congruencia de una izquierda que históricamente padeció las mismas conductas que algunos de sus elementos hoy repiten.
La nueva presidencia del Congreso y su área de comunicación tienen por delante la gran oportunidad de reivindicar también el ejercicio libre de la prensa, el derecho humano de la ciudadanía a estar informada y la erradicación de la violencia laboral en un gremio que cada día pierde más credibilidad ante la sociedad misma.
Hasta la próxima.
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