El verdadero riesgo no es el micelio ni la neurona, sino la soberbia humana que cree poder entrar y salir de cualquier red sin pagar un precio
Hay historias que no buscan ser contadas, sino comprendidas. Esta es una de ellas. No se sostiene en la anécdota ni en el asombro fácil, sino en una hipótesis incómoda: la inteligencia no es patrimonio exclusivo del cerebro humano. Existen redes anteriores, más antiguas y silenciosas, que operan bajo nuestros pies y, acaso, dentro de nosotros.
La ciencia ha aceptado ya que los micelios —esas extensas redes de hifas que conectan bosques enteros— no sólo transportan nutrientes, sino información. Lo que todavía incomoda es admitir que ese modelo de comunicación guarda paralelismos inquietantes con el funcionamiento neuronal. Sinapsis químicas, impulsos eléctricos, respuestas adaptativas. Lenguajes distintos, arquitecturas semejantes. La pregunta no es si se parecen, sino qué ocurre cuando se rozan.
En regiones donde la humedad es ley y el tiempo se mide por lluvias, como la costa oaxaqueña y ciertos corredores tropicales de Centroamérica, el micelio ha evolucionado con una rapidez que no siempre se explica sólo por variables climáticas. El desplazamiento de esporas, acelerado por el calentamiento global, ha generado mutaciones que coinciden con prácticas rituales, agrícolas y culturales ancestrales. No se trata de misticismo: se trata de biología en movimiento.
La hipótesis es esta: cuando ciertas sustancias fúngicas entran en contacto con el cerebro humano, no provocan únicamente alteraciones perceptivas, sino acoplamientos temporales entre dos redes complejas. No es una evasión de la realidad, sino una superposición. El cerebro no huye: amplía su campo de recepción. Y en ese cruce, lo humano se vuelve vulnerable, pero también extraordinariamente lúcido.
Los escenarios posibles no son cómodos. En el más optimista, esta comprensión abre caminos para entender la conciencia como fenómeno colectivo, no individual. La memoria dejaría de ser un archivo privado y pasaría a concebirse como un sistema distribuido, donde el entorno participa activamente. En un escenario más oscuro, la falta de preparación ética y científica podría convertir estas interacciones en zonas de riesgo: disociaciones permanentes, pérdidas de identidad, rupturas sinápticas sin retorno.
Porque no todo viaje tiene regreso. La experiencia demuestra que quienes cruzan ciertos umbrales no vuelven intactos. Algunos regresan con una sensibilidad agudizada, capaces de leer el mundo con una atención casi dolorosa. Otros quedan suspendidos en una frontera donde el cuerpo obedece, pero la conciencia se retrasa. La diferencia no siempre está en la sustancia, sino en el contexto, en la intención y en el acompañamiento.
De ahí la necesidad de mirar este fenómeno sin romanticismo ni demonización. Entender que el suelo que pisamos almacena historias —de violencia, de trabajo, de sangre derramada— y que esas memorias no desaparecen: se integran a los ciclos biológicos. El café que se cultiva en tierras marcadas por conflictos, por ejemplo, no es sólo una bebida; es un concentrado de minerales, agua y pasado. El cuerpo lo sabe, aunque la razón lo ignore.
Las recomendaciones no pasan por prohibir ni glorificar, sino por aprender a escuchar. Escuchar a la ciencia cuando advierte sobre los límites neurológicos. Escuchar a las comunidades que han sabido convivir con estas redes sin explotarlas. Escuchar al propio cuerpo cuando algo se desajusta. Y, sobre todo, asumir que no todo conocimiento está diseñado para ser consumido sin consecuencias.
El verdadero riesgo no es el micelio ni la neurona, sino la soberbia humana que cree poder entrar y salir de cualquier red sin pagar un precio. Comprender estas conexiones exige humildad, paciencia y una ética que aún está en construcción. Porque si el subsuelo piensa —y todo indica que lo hace—, no es para ser conquistado, sino para ser respetado.
Tal vez el futuro de la conciencia no esté en mirar hacia arriba, sino en aceptar que debajo de nuestros pies opera una inteligencia que lleva siglos observándonos, esperando que aprendamos, por fin, a caminar sin aplastarla.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx