A veces, las historias empiezan con una llamada que uno no debería contestar. Otras, con una invitación que parece inofensiva. Para Héctor, reportero de oficio y descreído por convicción, todo comenzó con un mensaje de voz de Evaristo, un viejo conocido chiapaneco que hablaba como si el tiempo no le hubiera enseñado prudencia.
—Venite, compa. Vamos a los Chimalapas. Los muchachos quieren enseñarte algo que no sale en los periódicos.
Héctor aceptó. No por valentía, sino por esa mezcla de curiosidad y terquedad que distingue a los periodistas que han visto demasiado y aun así siguen buscando más. Lo que no sabía era que el viaje lo llevaría al corazón de un territorio donde la selva respira como un animal antiguo, donde los hombres desaparecen sin dejar rastro y donde los pumas, jaguares y jaguarundís no son leyendas, sino vecinos incómodos.
Los Chimalapas se extendían ante ellos como un océano verde, inmenso, irregular, lleno de pliegues y sombras. Un territorio donde la biodiversidad no era un dato académico, sino una presencia que se imponía en cada sonido, cada olor, cada huella en el lodo. Héctor lo sabía por lecturas previas, pero otra cosa era sentirlo en la piel: la humedad que se pegaba a la ropa, el zumbido de insectos invisibles, el rumor de árboles que parecían hablar entre sí.
Evaristo iba al volante de una camioneta vieja, acompañado de los hermanos Castañón, pescadores y cazadores de Chiapas que conocían la región como quien conoce los secretos de una familia complicada. Habían venido por temporadas desde hacía años, atraídos por la abundancia de ríos, por la caza y por la promesa de aventuras que sólo un territorio tan vasto podía ofrecer.
—Dicen que aquí vive el terror de la montaña —comentó Rodolfo Castañón, mientras ajustaba su rifle con la naturalidad de quien se pone una chamarra—. Un bicho grande. Más grande que un jaguar. Más listo que un puma. Y más silencioso que un tigrillo.
Héctor sonrió con escepticismo. Había escuchado historias similares en otras regiones: criaturas imposibles, sombras que devoran hombres, bestias que nadie ha visto pero todos describen. Sin embargo, algo en el tono de Rodolfo le hizo guardar silencio.
Acamparon cerca de un arroyo que descendía desde las montañas. El agua era fría, limpia, tan transparente que dejaba ver peces diminutos moviéndose como flechas plateadas. Los Castañón prepararon fogata, café y carne seca. Héctor tomó notas, grabó sonidos, fotografió huellas que no supo identificar.
—Aquí no manda el hombre —dijo Evaristo, mirando hacia la oscuridad—. Aquí manda lo que vive adentro.
La noche cayó sin transición. La selva se volvió un coro de ruidos: crujidos, chillidos, pasos que no eran humanos. A medianoche, un rugido profundo atravesó el campamento. No era un jaguar. No era un puma. Era algo más grave, más largo, más antiguo.
Los Castañón se miraron entre sí. Ninguno habló.
Al amanecer, siguieron un sendero que sólo los locales conocían. Héctor caminaba detrás, observando cómo la vegetación cambiaba con rapidez: selva alta, bosques de niebla, zonas de pino, claros húmedos donde la luz apenas tocaba el suelo. La diversidad era abrumadora, como si cada kilómetro perteneciera a un mundo distinto.
—Aquí se han perdido hombres buenos —dijo Mateo, el menor de los Castañón—. No por torpes, sino porque la montaña los quiso para sí.
Encontraron restos de un campamento viejo: una mochila rota, una bota cubierta de musgo, un machete oxidado. Héctor tomó fotografías. Algo en el ambiente le hizo sentir que no estaban solos.
—No mires tanto al suelo, reportero —le advirtió Rodolfo—. Aquí lo que importa es lo que está arriba.
Héctor levantó la vista. Entre las ramas, dos ojos amarillos los observaban. No eran de un jaguar. Eran más grandes.
El animal apareció sin ruido. Una sombra enorme, musculosa, con un pelaje oscuro que parecía absorber la luz. No era una especie conocida. O tal vez sí, pero magnificada por la selva, por la soledad, por el miedo.
Los Castañón levantaron sus rifles, pero Evaristo los detuvo.
—No disparen. Aquí no somos dueños de nada.
El animal avanzó unos pasos. Olfateó el aire. Miró a Héctor como si pudiera leerle los pensamientos. Luego se internó en la maleza con la misma elegancia con la que había llegado.
Héctor sintió que algo dentro de él se había roto. O tal vez se había abierto.
Esa noche, mientras descansaban en un claro, Rodolfo confesó algo que cambió el rumbo del viaje.
—No vinimos sólo a cazar, Héctor. Vinimos a buscar a un hombre. A un viejo amigo. Se perdió hace tres meses. Y creemos que no fue la selva. Creemos que alguien lo entregó.
La palabra “entregó” quedó suspendida en el aire.
Héctor entendió que la historia ya no era sólo sobre animales salvajes, sino sobre hombres capaces de actos más oscuros que cualquier bestia.
Al tercer día encontraron una cabaña abandonada. Dentro, huellas de lucha. Sangre seca. Y un cuaderno con notas apresuradas sobre invasiones, conflictos agrarios, tala clandestina, rutas de acceso ocultas.
—Lo mataron por lo que sabía —dijo Evaristo—. Aquí la selva no es lo más peligroso. Lo más peligroso son los hombres que quieren quedarse con ella.
Héctor comprendió que el “terror de la montaña” no era sólo un animal. Era un símbolo. Una advertencia. Una forma de decir que el territorio tiene memoria y que no perdona.
Volvieron con menos palabras y más silencios. Los Castañón prometieron seguir buscando justicia. Héctor prometió contar la historia, aunque sabía que nadie creería todo lo que había visto.
Antes de despedirse, Evaristo le dijo:
—La selva te dejó ir. No a todos les concede ese favor. No lo olvides.
Años después, Héctor aún sueña con los ojos amarillos entre las ramas. No sabe si el animal era real o si la selva le mostró una versión de sí misma. Lo que sí sabe es que Los Chimalapas no son un lugar: son una prueba. Una frontera entre lo que el hombre cree controlar y lo que la naturaleza le recuerda que nunca ha sido suyo.
Y cada vez que escucha un rugido en la distancia —aunque sea sólo en su memoria— entiende que hay territorios donde la verdad no se escribe con tinta, sino con cicatrices.
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Redacción de Misael Sánchez / Reportero de Agencia Oaxaca Mx