IV
“—Pues bien –siguió Edgardo su narración–, una hermosa tarde, cuando el sol poniente lanzaba sus últimos rayos sobre el jardín de las delicias, Xóchitl, el ama de llaves tlaxcalteca, tomó una potente pócima y entró en un extraño estado hipnótico. Se imaginaba convertida en Parvati –la diosa de la abundancia, la fertilidad y el amor–, y deseando ser parte del núcleo familiar. Entonces reunió a todos los habitantes de la casa y los embrujó con cánticos y danzas que ejecutaba con alegría y voluptuosidad. Los giros y contorsiones de Xóchitl-Parvati, seguían armoniosamente las notas de su voz y el dulce sonido de su canto a Shiva. Así las cosas, mientras Xóchitl convertida en Parvati hacía girar en el aire su varita, iban cayendo una a una las prendas que la cubrían, hasta quedar completamente desnuda mostrando su envidiable cuerpo, ¡de color azul pastel! Sí, como si hubiese salido de una postal de los Hare Krisna.
“Repentinamente, detuvo su danza y les ordenó a todos que se sentaran en un parterre del jardín. Tenía algo importante que comunicarles. Xóchitl les hizo un recuento de los años que llevaba sirviéndoles con eficiencia y presteza inobjetables. También de las noches que les había dedicado cuando enfermaban, de las curaciones que les proveyó y de la discreción absoluta con que guardaba sus extraña inquietantes y anheladas prácticas conyugales.
“—Pues ha llegado el momento de que Xóchitl entre en el círculo familiar con todos sus derechos –dijo sin tapujos. De ahora en adelante participaré, con mis propios deseos y caprichos, en relaciones íntimas con todos y cada uno de ustedes. ¡Incluyéndote a ti, preciosa, que también te traigo ganas!”
—Ja, ja, ja –interrumpió Lola con una carcajada. —¡No te mides Edgardo, esa última frase no es de Xóchitl!
El joven continuó narrando, a pesar de la mirada inquisitorial de Fausto:
“—¡Y para comenzar, familia –gritó jubilosa Xóchitl–, nos encerraremos ahora mismo en un ménage a neuf!, como dicen por allá en las Europas, o para ser más sencillitos: ¡Todos al catre con Xochitl!
“La familia nórdico-pirineica se quedó paralizada de asombro por las atrevidas insinuaciones de Xóchitl, pero comenzó a horrorizarse más cuando se dieron cuenta de que sus amenazas iban en serio.
“—¡Hostia! ¿Qué pasa, Xóchitl, os desconozco! –la reconvino Bianka, muy propia, como acostumbraba. —Nosotros nunca os hemos faltado al respeto, ¿qué habéis comido? ¿Acaso consumísteis de esos champiñones que florecen en tu pueblo? ¡Mírate cómo os habéis coloreado, Xóchitl: azul, azul. Dipinta di blu. ¡Pareces Pitufina! Algo muy malo os ha ocurrido Xochitl, y antes de que puedas contagiar a esta familia es conveniente que salgas de inmediato de casa o Mandilón –el chiqui encargado de los mandados– llamará a las autoridades sanitarias.
“—¡Sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, que se vaya!, –gritaron todos los enanos, uno por uno, comenzando por Nerd el mayor y seguido por Berrinche, Lelo, Wevón, Cobardón, Mocoso y Mensón, todos los hermanitos, como si fuesen votaciones.
“—¡Xóchitl, loca, estáis enferma! –despotricó Mensón. —¡Largaos con tus patologías a tu pueblo!
“—Ja, ja, ja, pinches acomplejados, egoístas –les espetó la hechicera, mientras volvió a agitar en el aire su vara, dando fuertes resoplidos hacia el grupo.
“—Pues tengan, tengan y tengan…–dijo Xochitl, y comenzó a repartir varazos a todos y cada uno de los enanos.
“Ipso facto, los chicos se quedaron engarrotados, con los ojos desorbitados. Se veían los unos a los otros, aterrorizados, sin poder decir nada. Totalmente mudos.
“—Los maldigo, miserables enanos –gritó la maga tlaxcalteca y les lanzó un sortilegio. Nuncuam iterum femineis blanditiis fruentur; solae manus eorum dulce solacium praebebunt. ¡Los condeno a no salir jamás de esta casa y a no volver a probar mujer alguna! ¿Muy contentos con su Lolita, no? ¡Pervertidos, pedófilos! Pues me llevo a su muñequita sexy, algo me darán por ella.
“—¡Y tú Bianka, doña mía –le dijo Xóchitl con amor y odio, o más bien con odio y deseo–, no volverás a disfrutar el erotismo y vivirás sin familia, por tu egoísmo hipócrita!”
—Vaya crueldad de la Xóchitl –dijo Lola, reprimiéndose de soltar una nueva carcajada–, condenó a los chicos al onanismo y se llevó a la flor más bella del jardín.
“Dicho lo anterior, Xóchitl hizo entrar a la casa a dos tipejos de baja estatura. Ambos vestían de negro y llevaban cadenas de oro colgadas al cuello, esclavas en las muñecas y lentes oscuros marca Ray Ban. Uno de ellos sonreía cínicamente presumiendo un diente de oro de pésimo gusto. Los sujetos se hicieron de Bianka, la ataron de manos y la metieron a empujones y nalgadas a una Combi con vidrios polarizados que habían aparcado dentro de la mansión.”
—¡Los ganones fueron esos tratantes, mi niña! –lamentó Canty. —Te apuesto que “Diente de oro” hizo fiesta en su pueblo.
“La hechicera había previsto que la familia podía negarse a sus deseos y acordó con unos traficantes de la ruta Tlaxcala-Puebla-McAllen-Nueva York, entregarles a Bianka a cambio de una buena paga. A los enanos los dejó encerrados en la mansión embrujada. Con el coraje, Xóchitl no pensó siquiera en colocarlos en un circo, donde se cotizaban muy bien, incluso mejor que los domadores y los payasos.
“Desde aquel día negro, a los enanos se les escucha diariamente berrear desconsolados, recordando sus días de gozo celestial con la bella y distinguida Bianka Elmersson. Pero más les pesaba la condena de tener que satisfacer sus deseos, prestándose las manitas regordetas unos a otros… ‘per secula seculorum’. Por eso, al pasar cerca de la mansión, las chicas castas, las doncellas, perciben una extraña fuerza magnética y gemidos suaves que las invitan a entrar a la mansión a vivir experiencias desconocidos.
—¿No te apetecería entrar querida Lola? –dijo Edgardo con un tono oportunista.
—Ja, ja, ja. ¡Cálmate chavo!, quisieras, pero nel pastel –respondió.
“Con los años –siguió Edgardo con su relato–, Bianka pudo rehacer su vida en las lejanas tierras neoyorquinas que, por cierto, comenzaron a llenarse de poblanos. La Elmersson utilizó su belleza y talento sin par, para enamorar al empresario de espectáculos que la había comprado a los tratantes, y juntos fundaron unos estudios de cine para adultos muy exitosos, donde Bianka se convirtió en la gran estrella del cine porno, la más cotizada de la Grand Apple, compitiendo siempre con Linda Lovelace de “Garganta Profunda”.
—¡Ja, ja, ja!, y les mandaba sus remesas a los enanos ¿no? –dijo Lola muerta de risa.
—¡Puro billete verde, manchado de pecado! –dijo Canty, burlándose, con el tono moralino propio de la pipopiza.
Así se fueron caminando un buen rato, divertidos, alocados. Lola y Edgardo no paraban de reír, mientras Fausto los miraba con los ojos encendidos, como dragón de barrio chino, pensando que se reían de él.
En la calle siguiente, Edgardo también le platicó a Lola sobre el restaurante Mr. Harris, donde alguna vez trabajó por las noches tocando el piano. Fue una historia curiosa, que sacó a flote algunos aspectos olvidados de su niñez, cuando aprendió con su padre algunos secretos de la música, de la armonía y del piano. Así, paso a pasito se fueron comiendo la noche, tomándose las manos de vez en vez, cuando el hermano se distraía. Por su parte, Rosi caminaba más adelante por la gran acera de la avenida Juárez y entretenía al resto de la banda con sus alegres ocurrencias. Se escuchaba desde lejos el jolgorio de todo el grupo, que disfrutaba la caminata en la única avenida arbolada y fresca, amplia y moderna, de una ciudad carente de áreas verdes.
Lola no era una mujer a la que le gustara mucho parlotear; sin embargo, no dejaba una conversación cuando el tema lograba interesarla. Sabía opinar con seguridad y debatir de una manera muy agradable. Sus bromas y comentarios, si bien escuetos, siempre eran pertinentes e interesantes. ¡Qué linda chica era Lola! –pensaba Edgardo– y siempre tan sexi con sus atrevidas minifaldas estilo londinense. Por fin llegaron a sus casas, pasada la una de la mañana, y se despidieron. A pesar de sus deseos, Edgar no se atrevió a despedirse de Lola con un beso, pues la mirada implacable del hermano no se apartó de la pareja. Pero a esas alturas de la noche ya no importaba. Lola y Edgardo habían acordado, discretamente durante el paseo, tener una cita para pasar una tarde juntos. Así es que, a pesar de los arrebatos y celos del hermano, Edgardo y Lola ya habían decidido meterse a escondidas al cine Colonial en los días próximos, conocerían juntos a la nueva diosa de los rascacielos, Bianka Neves. (fin)