abril 2, 2026, Puebla, México

abril 2, 2026, Puebla, México

Cartas desde la ciudad 4 / Juan Carlos Canales

Diario de trabajo, 1 de Abr., 21.00 Hs.

Es seguro que Alejandro Armenta acabe por imponer el proyecto del CABLEBUS en Puebla y, en unos meses, aparezca, como siempre, en un arrebato narcisista, ataviándose con su triunfo; Alejandro Armenta se impondrá sin haber atendido los informes técnicos, sin escuchar la opinión pública. Alejandro Armenta se impondrá por la falta de autonomía del poder legislativo, por el temor de Claudia Sheinbaum ante los vínculos peligrosos del ejecutivo poblano, por la balbuciente fuerza de la sociedad civil. Alejandro Armenta se impondrá a costa de una ciudad cada vez más conflictiva, cada vez más vulnerable, cada vez más irascible. Pero, ante los ojos de la ciudadanía, como el rey de Andersen, Alejandro Armenta camina desnudo, mostrando lo que realmente es: un engendro cuyo cambio de partido no fue suficiente para modificar su verdadera condición política: la del peor priismo que ha sufrido este país.

Lo singular del gobernador poblano, en su momento el cachorro preferido de Mario Marin, es que, como los que se están ahogando, cada brazada que da lo hunde un poco más. Y no se da cuenta; ante la carencia de argumentos , solo puede recurrir a la mentira, la manipulación, la simulación, pretendiendo suplir las ideas con ocurrencias; ante la carencia de argumentos, solo puede recurrir a las justificaciones, a la invención de chivos expiatorios, a los falsos contrastes. Frente a la ciudadanía, Alejandro Armenta ha perdido ya el último bastión que un verdadero político puede permitirse perder: el de la legitimidad. Alejandro Armenta ha perdido la batalla más importante de la vida de un hombre : la batalla moral. Y sin ninguna legitimidad, sin ningún respeto- salvo el que puede comprar, salvo el que puede conseguir amedrentando- seguirá gobernando el estado igual que lo ha hecho hasta ahora, con la fabricación de una imagen que se agota en su misma representación, como cualquier otro espectáculo. Querrá imponer, por la fuerza, una legitimidad que nadie le reconoce. Pero la legitimidad se reconoce, no se impone.

Sin embargo, tarde o temprano, en algún momento, sin los reflectores que lo ciegan, sin el ruido de los aduladores que lo ensordecen, sin el aplauso pagado de la prensa, sin el engañoso espejo de José Luis García Parra, Alejandro Armenta – cuya vertiginosa carrera política es producto de la ignominia y la prevaricación- tendrá que mirarse y escucharse a sí mismo y reconocerse como lo que verdaderamente es. O tal vez no, tal vez, el lugar al que ha llegado sea producto de la incapacidad para desdoblarse y hacerse consciente de sí como pensaba Sócrates el mayor acto ético. O tal vez no le importe y, por el contrario, siga regodeándose de su propia miseria, como apuesta la condición cínica de nuestra clase política. Si pensar es tener límites, como creyó H. Arendt, Alejandro Armenta hace mucho dejó de pensar, y su ambición, de tener límites. Alejandro Armenta encarna, como pocos el engranaje que necesita cualquier sistema de poder. Así como ayer defendió incondicionalmente al PRI y hoy a MORENA, tengan la certeza que mañana defendería, con la misma enjundia, cualquier dictadura. Si hasta ahora ha vivido de la genuflexión, mañana podría vivir torturando disidentes, o arrojándolos al mar. Como el burócrata que ha sido siempre, su mayor honor es obedecer, y su única alternativa, imitar. Como el ciclista de Adorno, Alejandro Armenta ha vivido doblado hacia arriba y pedaleando siempre a los de abajo.