Doralba Barrita Betanzos, Jovani Ruiz Toledo
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La naturaleza está compuesta de pequeñas moléculas que, aunque invisibles a simple vista, son responsables de gran parte de la vida en nuestro planeta. Por ejemplo, en los insectos, algunos de estos compuestos funcionan como señales químicas que los atraen o los repelen, mientras que otros actúan como mecanismos de defensa contra depredadores. Lo sorprendente es que muchas de estas mismas sustancias, creadas originalmente para la supervivencia, también han sido utilizadas por los humanos para aliviar el dolor, combatir enfermedades o protegernos de los insectos que las transmiten.
A lo largo de la historia natural, la misma sustancia que protege a una especie puede convertirse en un remedio para otra. En determinados contextos, una molécula actúa como veneno o defensa química, mientras que en otros se transforma en un agente terapéutico con valor farmacológico. Esta dualidad revela una interdependencia profunda entre los sistemas biológicos: la salud humana y la de los ecosistemas forman parte de un mismo entramado. Lo que la naturaleza produce para conservar la vida en un organismo puede, con conocimiento y equilibrio, servir para restablecerla en otro (Fordjour et al., 2023).
En ese cruce de ideas, la ecología química y la farmacología comenzaron a hablar el mismo lenguaje. La ecología química explica cómo los organismos usan moléculas para comunicarse, defenderse o adaptarse a su entorno. A través de esas diminutas señales, los seres vivos logran sobrevivir y mantener el equilibrio en los ecosistemas. Por su parte, la farmacología aprovecha muchas de esas mismas moléculas y las transforma en compuestos útiles para la salud humana. Cuando ambas disciplinas se encuentran, se revela un vínculo profundo entre la química de la vida y la química de la curación. Explorar la naturaleza con una mirada científica nos permite descubrir conexiones que antes pasaban desapercibidas. En cada organismo y en cada molécula existe una historia química que puede enseñarnos cómo mantener el equilibrio y cuidar la salud. La naturaleza continúa siendo, sin lugar a duda, un recurso interminable de saber y de motivación para la ciencia.
Para prevenir posibles malentendidos sobre el tema, comenzamos con una corta explicación de los conceptos que se tratarán en este artículo. Los metabolitos secundarios son sustancias que desempeñan roles ecológicos particulares en plantas e insectos. En el sector farmacéutico, comúnmente se les denomina sustancias bioactivas o principios activos.
MOLÉCULAS NATURALES CON FUNCIONES DUALES
A lo largo de la evolución han aparecido múltiples moléculas que cumplen funciones particulares en los ecosistemas. Por ejemplo, en el caso de los insectos, intervienen en aspectos como la defensa, la comunicación, la atracción y el rechazo entre diversas especies. Lo increíble es que estas mismas sustancias, que antes se veían como irrelevantes para la humanidad, se convierten en recursos valiosos para la salud y la medicina. Tal es el caso de la cantaridina, un compuesto producido por el escarabajo Epicauta chinensis (Figura 1). El macho la ofrece como “regalo de bodas”, mientras que la hembra la usa para cubrir sus huevos, haciéndolos inaccesibles a los depredadores debido a su toxicidad (Jiang et al., 2017). Esta misma molécula, que puede ser peligrosa para los humanos en dosis altas, se está investigando actualmente como agente antitumoral, ya que tiene el potencial de inducir la apoptosis, es decir, la muerte celular programada (Zhang et al., 2017). Esta molécula se ha utilizado en dermatología para eliminar verrugas. Este ejemplo transmite una lección clara: lo que funciona como un veneno en la naturaleza tiene el potencial, con el conocimiento y el manejo adecuados, de transformarse en una valiosa herramienta para la medicina.
La capsaicina es otra sustancia conocida que le da a los chiles su característico picante. En las plantas del género Capsicum, se produce como defensa contra los mamíferos herbívoros; sin embargo, no tiene efecto en las aves, lo que les permite seguir propagando sus semillas. En farmacología, esta misma molécula se utiliza como analgésico tópico, ya que ayuda a reducir la sensibilidad al dolor y a aliviar afecciones como neuropatías diabéticas, neuralgias y artritis (Arora et al., 2021).
Diversos compuestos naturales ilustran la amplia gama de funciones ecológicas y farmacológicas que pueden presentar los metabolitos secundarios. El mentol de la menta, el eucaliptol del eucalipto y el citronelol de la citronela son ejemplos representativos. En el contexto ecológico, estas moléculas actúan como mecanismos de defensa, ya que repelen o resultan tóxicas para ciertos insectos. No obstante, en el ámbito humano, se valoran por sus aplicaciones terapéuticas y cosméticas, al formar parte de formulaciones con propiedades repelentes, analgésicas y antiinflamatorias (Rito-Rueda et al., 2023).
Los ejemplos anteriores demuestran que una molécula puede desempeñar la función de medicina en un organismo y de defensa en otro. No se trata de coincidencias independientes, sino de la expresión de algo más esencial: la química que sustenta la vida es compartida. Una molécula que funciona como veneno, señal o escudo en la naturaleza, puede transformarse en medicamento. Por esta razón, el fenómeno conocido como la “función dual” de las moléculas no es simplemente una curiosidad, sino que demuestra claramente la íntima conexión entre la salud y la ecología.