Hace tiempo, ante una declaración disparatada de Donald Trump, le pregunté a un colega si en su opinión el presidente de los Estados Unidos creía lo que decía. “Le está hablando a su base electoral”, me contentó escueto.
Pasa muchas veces, como ahora en México. No sabemos si Claudia Sheinbaum cree en su propias afirmaciones sobre la soberanía. Lo que es claro es que está tratando de mantener un relato convincente para su base electoral. Está tratando de mantener el liderazgo de su partido mediante una narrativa.
Caricaturizando, pero sin faltar a la verdad, podríamos resumir esa narrativa como “o estás con los que apoyamos a Rocha Moya, o estás con los que trajeron a Maximiliano”. Fue ella la que hizo presente a este personaje de los Habsburgo fusilado hace casi ciento sesenta años, en un país y un mundo que tienen muy poco que ver con los actuales.
En ese contexto hay que ver su sorprendente llamado a no ver Televisión Azteca. Ha sido interpretado como un llamado a no ver la realidad. Matar al mensajero, porque el mensaje, la realidad del país, es difícil de aceptar.
No recuerdo a ningún jefe de Estado haciendo una propuesta como esta. Es fruto de las muchas presiones a la que está sometida la presidenta, y de esa idea absurda de la 4T, las mañaneras. Hay que repetirlo: ningún jefe de Estado se expone todos los días en una conferencia de prensa. En las democracias consolidades esas conferencias suelen ser más o menos excepcionales, ante problemáticas muy concretas. Por buenas razones.
Ciertamente, las acciones no van estrictamente de lado de las declaraciones. Lo señaló Ciro Gómez Leyva: Claudia Sheinbam, en el tema del combate a la delincuencia, habla como López Obrador, pero actúa como Felipe Calderón. En un sentido muy concreto: combate a los criminales, dejando de lado el “abrazos, no balazos”.
La complejidad de la vida política hace que las contradicciones en ella sean cotidianas. Pero creo que en México hoy estamos en una situación peculiar. La narrativa del gobierno no tiene bases sólidas. Está entre la espada y la pared. De nuevo: es algo frecuente en la política. Pero no en el grado que estamos viviendo ahora en nuestro país.
Todo esto favorece la incertidumbre. No sabemos qué acciones seguirá nuestro vecino del norte. No está claro qué tan eficaz será la narrativa de Sheinbaum. Ni si se mantendrá la unidad del grupo en el poder ante las elecciones de 2027. Tampoco es claro si reaparecerá la oposición partidaria en el país. O si alguna nueva fuerza política tendrá el peso para cambiar en algún grado nuestra situación.
Seguimos en la misma maldición china: nos ha tocado vivir tiempos interesantes.