Que a la letra dice…
“La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa”.
La sutil disensión humana entre mujeres adquiere cimas y abismos inusitados cuando ellas son parientes, se ahonda si son madre e hija y se profundiza si ambas son judías. En tal encrucijada los enfrentamientos son ineludibles; más aún si se hallan encuadrados en “la culpa”, ese sentimiento ancestral, palpitante y toral de los judíos.
Apegos feroces nos adentra, cual ávidos voyeristas, en ese mundo de hebraicas feminidades encontradas y combatientes, enmarcadas por el alucinante escenario que siempre plantea la vida en la Gran Manzana gringa.
Si esta novela se nos hubiese presentado al público latino con el título original en inglés Fierce Attachments: A Memoir, cuya traducción libre sería Asuntos adjuntos feroces: una Remembranza, nos hubiese resultado poco atractiva, imprecisa y enfadosa.
Sin embargo, en la traducción al español: Apegos feroces gana el sentido y profundidad de lo relatado por Vivian, puesto que un apego es mucho más que un asunto accesorio en tu vida: es una imbricación visceral, una compenetración orgánica, una interdependencia vital entre dos espíritus.
Y eso, potenciado con el ingrediente de la femme judía, lleva la relación de las protagonistas a niveles desquiciantes para cualquier cordura y más que desafiantes en la distancia inagotable de una vida y su memoria.
Más aún si esa existencia y remembranza son las propias, las de Vivian y de su madre como lo es ─o casi─ en este relato, porque, además de la vida de ellas, en la trama hay mucho más entre sus páginas que nos muestran al lector la vivaz crudeza de una ciudad múltiple como Nueva York siendo capaz de desnudarse ante sí misma.
Un puntual ejemplo de esto último se destaca en este pasaje:
“El Bronx es un mosaico de territorios étnicos invadidos: cuatro o cinco manzanas dominadas por irlandeses, italianos o judíos, pero cada área con su correspondiente cuota de irlandeses en cada manzana de judíos y de judíos en cada manzana de italianos. Mucho se ha dicho de este cambio acaecido en el padrón municipal de Nueva York, pero aquellos que crecieron bajo los improperios irlandeses o italianos o sufrieron el ostracismo de sus vecinos judíos no han quedado tan marcados por su condición añadida de foráneos como igualados por la vida callejera compartida.”
Jonathan Lethem, quien escribe el prólogo de Apegos feroces, refiere puntualmente el leitmotiv de la trama de esta singular batalla entre las madres e hijas judías, puntualizando:
“(Estas) memorias… tienen esa calidad endemoniada, brillante y absoluta que tiende a elevar un libro por encima de su contexto y provoca que sea admirado, con toda justicia como ‘atemporal’ y ‘clásico’. (Todo ello) A pesar de ser unas memorias centradas, al menos en apariencia, en los entresijos de una relación madre-hija, unas memorias escritas en los ochenta, antes del boom del género, por una autora asociada ─con el orgullo aunque no de un modo sencillo─ con el movimiento feminista”.
Como vemos, Lethem señala con reserva ─curándose en salud, diríamos nosotros─ que las memorias están centradas “en apariencia” tan sólo en el binomio madre e hija. Y lleva razón, puesto que en realidad la novela enfrenta al lector a una época: 1) Los años del exilio y asentamiento judío en Nueva York, (para el caso de Vivian entre los treintas y ochentas del siglo XX), 2) La inevitable transformación de algunas costumbres judías y la persistencia de otras que conlleva cualquier exilio, 3) La lucha feroz por la identidad y los pasados propios y conjuntos de grey judía y gremio femenino, y 4) El tormentoso crecimiento personal ante los lastres y cerrojos de un apego tan profundo y tóxico como el de las madres e hijas judías.
Desde el inicio, las mujeres judías son la vena vital de la novela. Todas y cada una de aquellas que irán apareciendo, pero siempre filtradas por la mirada, los modos y dogmas de Vivian, o la hija protagonista semejante a Vivian Gornick, y su madre:
“Viví en un bloque de pisos entre lo seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres… Y las recuerdo tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre.”
La impronta de estas mujeres se muestra desde la primera página mediante la descripción de esa señora Drucker:
“Tengo ocho años. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso. La señora Drucker está de pie, junto a la puerta abierta del apartamento de al lado, fumando un cigarrillo. Mi madre echa la llave y le pregunta.
─¿Qué haces aquí?
La señora Drucker señala con la cabeza.
─Éste, que quiere echarme un polvo. Le he dicho que ni tocarme sin pasar antes por la ducha.
Yo sé que «éste» es su marido. «Éste» siempre es el marido.”
Desde siempre, Vivian está terriblemente consciente de lo irremediable que será su ser de mujer entre las mujeres que la rodearán desde su infancia y así lo señala:
“Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supieran. Astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de (Theodore) Dreiser (donde la sociedad lo controla todo y el hombre no puede escapar de sí mismo ni de su personalidad). Había años de aparente calma y, de repente, cundían el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas (quizás arruinadas) y el tumulto se apagaba. De nuevo calma silenciosa, letargo erótico, la normalidad de la abnegación cotidiana. Y yo ─la niña que crecía entre todas ellas, formándose a su imagen y semejanza─ me empapaba de ellas como de cloroformo impregnado en un paño apretado contra mi cara. He tardado treinta años en entender cuánto entendía de ellas.”
El ritornello de la remembranza anunciada en el título original se suscribe puntualmente a unos cuantos temas: el matrimonio, la sexualidad y las concesiones que deben hacerle a la vida para ganársela con certeza, aunque no siempre con decoro.
Vayamos en ese orden temático.
El matrimonio es una necesidad para la madre y una ambigüedad para la hija. Para el momento de la novela la madre es viuda, no obstante, continúa pendiente de lo que fue y no fue su matrimonio. En este impasse se equilibra la justificación freudiana de buena parte la existencia de ambas protagonistas, tanto conjunta como individual.
Acerquémonos un tanto a ello.
“Mis padres fueron creo, felices, juntos. Su trato mutuo era cordial y cariñoso, pero una idea de felicidad conyugal sofocaba el ambiente que mi madre y yo compartíamos, que convirtió la mera realidad en una circunstancia que no era digna de respeto, sin duda por aquello en que se basaba.”
Y ¿en qué se basaba? En dos circunstancias disímbolas pero complementarias: 1) La madre había sido feliz en su matrimonio, al menos todo lo que una judía aceptaría de convencional felicidad marital, y 2) Su viudez era la montaña rusa en que vivía sus exaltaciones al pasado conyugal y las depresiones por la falta del marido.
Una muestra de la exaltación, seguida de una depresiva.
“El amor que le profesaba mi padre tenía, en efecto, propiedades milagrosas: no sólo compensaba el hastío y la necesidad que sentía mi madre, sino la causa de ambos. Incontables frases que tenían que ver con todo lo que no le satisfacía en la vida comenzaban igual: «Créeme, si no quisiera tanto a tu padre», o, «Créeme si no fuera por el amor de tu padre».”
En contraste, cuando el padre desaparece, emerge brutal, huracanada la pena de la ausencia.
“Mi padre murió a las cuatro de la mañana un día de finales de noviembre. A las cinco y media nos enviaron un telegrama desde el hospital… Cuando llamaron a la puerta, mi hermano fue el primero que se levantó de la cama; mamá lo seguía y después yo… Las lágrimas se derramaron y desbordaron, inundaron el rellano, se extendieron por la cocina, atravesaron el salón, golpearon las paredes de los dos dormitorios y nos arrastraron como una marea… El ambiente de nuestra casa era el de una morgue. La pena de mi madre era primitiva y apabullante: devoraba todo el oxígeno del aire… Guardar luto por papá se convirtió en su ocupación, en su identidad, en su imagen ante el mundo.”
Ahora pasemos al matrimonio.
Para la hija el matrimonio no es una batalla que enfrenta sola, sino que es constantemente azuzada por la madre, ahondando las dudas y temores del fracaso, previsto a cada momento por la madre.
“─¿Por qué no eres capaz de encontrar a un buen hombre que te haga feliz? ─me pregunta mi madre─. Alguien bueno y sencillo. Ni un intelectual ni un filósofo… ─¿Por qué eliges a un shlemiel (un pendejo diríamos nosotros) tras otro? Dime, ¿lo haces aposta para fastidiarme? ¿O qué pasa?”
Ante el ataque, Vivian intenta una defensa que nunca logra concretar, pues sus argumentos están contaminados por el ser judío intelectual en que se refugia cuando es arremetida por su madre, demostrando así la toxicidad de su relación.
“─Por Dios, mamá ─respondo débilmente─. Yo no «elijo» a los hombres. Simplemente estoy aquí, en el mundo. Las cosas pasan, nace una atracción y reaccionas ante ella. A veces, en un lugar recóndito de la mente, durante una fracción de segundo, piensas: «¿Esto podría ir a más? ¿Es posible que llegue a intimar con este hombre? ¿Que se convierta en mi pareja?». Pero la mayor parte del tiempo apartas este pensamiento porque ésta es nuestra vida, mamá. Líos. Aventuras. Pasiones que siguen su curso. Incluso cuando incluyen casarse.”
Finalmente, la hija también se casará, pero la aventura no va bien y termina peor.
El último punto que abordaré es el sexo.
La sexualidad en la novela es vista, obviamente, desde la perspectiva de ellas; no precisamente femenina, concepto este refinado e irreal en la época en que cursa la novela, sino más bien desde una vasta realidad mujeril:
“¿Te acuerdas de la Drucker? Solía decir que si no se hubiese fumado un cigarrillo mientras tenía relaciones con su marido se habría tirado por la ventana. ¿Y Zimmerman, la de enfrente? La casaron a los dieciséis, odiaba al tipo a muerte y solía decir que si se mataba en el trabajo (era obrero de la construcción) sería un mitzvah (una buena acción). Mi madre se detiene. El volumen de su voz disminuye, sobrecogida por su propio recuerdo.
─De hecho, él solía tomarla por la fuerza ─dice─. La pillaba en mitad del salón y la arrastraba a la cama. ─Se queda mirando al vacío durante un momento. A continuación, me dice─: Los hombres europeos eran unos animales. Unos auténticos animales.”
Sin embargo, o quizás por ello, Vivian, posee una sexualidad desbordada. Toma forma y se manifiesta con los tres hombres con quienes se relacionará. Cada uno de ellos singular y necesario en su momento:
“Agravando nuestras disputas, estimulando nuestra angustia y agrandando nuestra confusión estaba el sexo. Los chicos y yo, la virginidad y yo, sobrevivir a todo aquello y yo. Salvaguardar mi virtud era una preocupación primordial.”
Sin embargo, para Vivian los hombres y su sexualidad sólo serán en su cama una deficiente clonación de aquello aprendido en la casa materna y el barrio de su infancia.
“─Eres igualita a tu madre ─dice Marilyn.
─¿Cómo? ─chillo─. ¿A qué viene eso?
─Sigues eligiendo a tipos marginales como éste, idealizándolos y luego no te entra en la cabeza que no sepan a lo que están. Te asombra que te hagan esto a ti. ¿No se dan cuenta de que deberías ser tú la que los dejara a ellos, no ellos a ti? Y luego actúas con superioridad.”
Como colofón a esta aproximación a la profundidad de esta novela, el párrafo siguiente resume la complejidad sentimental de esas mujeres, irremediablemente conectadas por un cordón umbilical tan complejo y palpitante como el judío:
“La relación con mi madre no es buena y, a medida que nuestras vidas se van acumulando, a menudo tengo la sensación de que empeoran. Estamos atrapadas en un estrecho canal de familiaridad, intenso y vinculante.”
Crudo y emocionalmente abismal, sin duda.
Una crónica puntual sobre esta escritora señala:
“Vivian Gornick nació y creció en el Bronx en 1935. Es escritora, periodista y una de las feministas clave en Estados Unidos; en los años setenta escribía crónicas sobre el movimiento para The Village Voice. En una entrevista cuenta que escribirlas cambió su vida cotidiana; además, entendió que su activismo no estaba en las calles y no se unió a grupos o a protestas: su activismo era la escritura. Ésta es la perspectiva de su obra. De sus catorce libros hay dos explícitamente autobiográficos: Apegos feroces y The Odd Woman and the City.
Apegos feroces. Editorial Sexto Piso. 2017. e-book.