
Gustav Mahler (Bohemia 1860- Viena, 1911) siempre causa desasosiego. Es tormentoso, como algo que acaba:
¿El amor, la tarde, una caminata, la compañía…? Acaso la existencia misma.
Aunque reconozco que es dulce, amargo, vivible y morible a la vez. ¿Morible?, ¿Mahler? Sí, la vida y Mahler.
Escucho su Novena Sinfonía al aire libre, en un patio con un jardín amplio. Un jardín seco y verdoso. Pronto llegará el invierno.
Escuchamos -estoy con mi madre de casi 105 años- ese gozoso tercer movimiento que se va tornando grave, angustioso.
Mi madre y yo, los dos ancianos, los dos en un reto, ya no por la gloria, que la tuvimos, sino por la inexistencia, la nada, el olvido. El olvido que todo vuelve ceniza.
Mahler tenía 49 años cuando compuso su novena; cincuenta cuando murió en 1911.
Pero Mahler compuso La Canción de la Tierra y Canciones sobre los niños muertos, además de sus sinfonías.
Fue un posromántico y es considerado el último compositor clásico. Al principio su música no fue bien recibida por esa gama de pasiones que desata en un mismo movimiento. Le criticaban falta de unidad, de armonía.
Sin embargo, ésa es precisamente su aportación a la música: llevarnos de la calma a la tormenta.
Existen obras perfectamente reconocibles con sólo escuchar unas notas: Sinfonía no. 40, Las Cuatro Estaciones, Cello Suite no. 1…
Pero las de Mahler no, especialmente si hablamos de su novena.
Y así es la vida. Irreconocible. Serena, tormentosa, luminosa, terrible. Alegre y trágica.
Esa tarde de 2024 fue la única vez que escuché a Mahler junto a mi madre.
Los primeros días del nuevo año, mamá sufrió un ictus. Tuvo dificultad para hablar, no le entendíamos y eso la desesperaba. Perdió su frágil equilibrio y la facultad para caminar sola. Y con sólo tocar sus piernas, la piel se le desprendía.
Y sin embargo, se recuperó. Volvió a hablar, a caminar, a regenerar su piel… Su alegría de vivir, pese a su siglo y un lustro.
No fue fácil. Con paciencia y cariño, Sheila, Adriana, Mariana, Elisa, Fermín -los García-… lograron que mamá sonriera.
Una nueva caída, una infección estomacal y el deterioro llegó.
Y una tarde, quizá parecida a la tarde de Mahler, se fue apagando. Así, casi sin que nos diéramos cuenta. Dolores no se percató del instante en que la noche se tornó eterna.
Murió un 23 de julio en su cama, silenciosamente. Sin más ayes de dolor se fue.
Mahler, Mahler, Ma…má.
