Férrea memoria
I.- Autodidacta incorregible
Fumaba como loco y no sé si lo que tomó la última vez que lo vi era cubalibre o algún otro licor, pero platicamos largo rato. Estábamos en una mesa en los portales, frente al que siempre llamamos zócalo. Ya todo un profesional, traía su pluma especial para firmar libros. Yo llevé ejemplares de los suyos que no me había dedicado. No creo que fuera tan tarde cuando nos despedimos, pero era demasiado temprano: apenas teníamos 46 años.
Ya lo dijo el doctor Pero Grullo: uno nunca sabe cuándo se está despidiendo por última vez.
El Flaco, Juan Hernández Luna nació en la Ciudad de México el 19 de agosto de 1962 y migró a la Angelópolis donde enloqueció por el teatro, pasión que compartimos, pero en distintos grupos. Le encantaba el futbol y era verdadero fanático del Cruz Azul. Dudaba entre ser portero como el Superman Marín o volverse detective. Leía y leía todo cuanto caía en sus manos, o cuanto buscaba y encontraba. Era —éramos, dijo el otro— un autodidacto incorregible,
Escribía con lo desaforado de toda pasión: crónicas, cuentos, historias, biografías, novelas, todo cuanto pasaba por su cabeza quería verlo escrito incluso en revistas de misterio y aparecidos o de casos sin resolver. Escribió Monarcas, novela a cuatro manos con Sébastien Rutés, quien la concluyó y publicó en Francia en el año 2015 y, con el FCE, en México en el 2020.
Vivió algún tiempo casi en los altos de donde está “El michoacano”, que no es una paletería sino un expendio de carnitas y otras delicias, especialmente para noctámbulos como era él. Me aseguró que no le molestaba el olor de esa cocina subiendo todo el tiempo, excepto los martes, hacia su casa. Quedamos en comer algún día ahí y no lo hemos hecho.
Hace 16 años, el 8 de julio del 2010, físicamente, murió. Me gusta pensar que nos volveremos a encontrar en los portales para beber y platicar, o en nuestros rumbos para comer cemitas de carnitas, y para decirle que me quedé con algunos de sus discos, que mi agenda se va quedando, como él, El Flaco.
Recibió los premios: Nacional de Cuento 1985; Nacional de Libro de Cuento 1988; Nacional de Primera Novela 1990; Nacional de Ciencia Ficción 1995; dos Dashiell Hammet de novela policiaca 1997, y 2007. Llevó la creación a policías, bomberos y rescatistas con “Literatura siempre alerta” en Ciudad Neza, por lo que leyeron y escribieron juntos.
“Salud, Juan”, le dije.
Él seguía fumando. Y nos reímos de un chiste del que no nos acordábamos.
II. Leer durante el ayuno
Habitante de la Gran Tenochtitlán, de la cual nunca se desligó, en 1980 trabajó en una tienda de ropa de la Central Camionera del Norte, donde, de un compañero de trabajo, escuchó historias, como la de la salvadoreña que incorporó a su novela Tabaco para el puma, con la cual logró el primero de sus dos premios Dashiell Hammett, en 1997 “a la mejor novela policiaca en castellano” la cual fue traducida, y tuvo éxito, en Italia y Francia.
En la antigua Ciudad de los Ángeles, donde lo conocí siendo ambos veinteañeros, se pasaba horas y horas en la Hemeroteca del Estado, cuando ésta estaba plena y sana en la expenitenciaría proyectada por José Manzo, en donde estuvo el templo de san Javier, construido por los jesuitas.
Pasaba muchas horas ahí porque, leyendo, olvidaba el hambre que no podía saciar.
A su modo, como quería Rimbaud, Juan Hernández Luna quería hacerse vidente, aun cuando no lo supiera: “El Poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos sus sentidos.” En el ayuno, leyendo viajas noticias —como la de la huelga de usuarios del servicio eléctrico en los años treinta en Puebla, que incorporó a su novela ganadora—, fumando y bebiendo, El Flaco aplicaba su desbordada actividad fantástica —fantasmas— a la escritura, como lo muestra el que trabajara haciendo guiones para la revista Duda. Lo increíble es verdad.
De lo anterior se entiende la aparición de enanos en sus relatos, o tigres vagando por las calles de la Ciudad de los Ángeles, modelo para su novela Tabaco para el puma, la cual escribió, me dijo, con el único propósito de mostrar el despojo del que habían sido víctimas los campesinos de San Andrés Cholula, al expropiarles sus tierras supuestamente para uso de utilidad pública. Hoy Angelópolis.
Por cierto, el anónimo o anónima redactor o redactora de la cuarta de forros de la antedicha novela, escribió ahí: “Fresca, novedosa, desvergonzada, pero sobre todo con una escritura cuidada a la par de su estructura” (el subrayado es mío). El Flaco acomodó lo rocambolesco de una trama que sólo él podía ver y entender y nos compartió a través de la escritura.
Cuando tenía 27 años de edad, ganó el Premio Jomar 1988 junto con su entonces pareja, Dolores Zamorano, madre de sus dos hijos, por la colección de cuentos Crucigrama, por lo que redactó como ficha curricular para su presentación en el libro, cuya publicación formó parte del galardón:
“Autodidacta incorregible que le da por escribir, curar el mal de ojo, hacer crucigramas, provocar lluvias los días domingos, oír beatles (sic), dar clases de teatro, eructar en público, actuar y echarle porras al Cruz Azul.
”Reside en Puebla porque no es hermano de la espuma ni de las garzas ni las rosas, pero considera que las papas con catsup corresponden a la yuxtaposición algebraica de un león neo-pusmoderno cruzando San Juan de Letrán.”
Edmundo Valadés, nada más ni nada menos, redactó la Presentación para el libro, que incluía, en una segunda parte, los cuentos del ganador del Premio Jomar 1989, J. L. Gárate y fue publicado por el Instituto Politécnico Nacional en 1990:
“Hablé hace poco de las ‘dualidades funestas’, me referiré ahora a las dualidades certeras, porque en un Crucigrama se conjugan lo vertical, masculino, y lo horizontal, femenino por tradición, sugiriendo una doble autoría que, en un principio, me desconcertó. A veces parecían cuentos ideados por un hombre, otros hacían pensar en una naturaleza femenina, pero una vez descubierta la personalidad duple del autor (al abrir las plicas del concurso), lo entendí: efectivamente eran él y ella. Juan Hernández Luna y Dolores Zamorano que habían reunido sus prosas para integrar este libro de cuentos.”
De los protagonistas de los relatos, Valadés escribió: “Podemos decir que los personajes tienen los pies en la tierra, los autores describen a la gente con la que es posible que nos tropecemos por la tarde, a la salida de un cine o en la mañana al mirar el espejo.”
Y más: “El libro, nos muestra un México pequeño con neuróticos diminutos que no podremos dejar en el olvido con sólo cambiar la página.”
“Estos dos jóvenes promisorios”, vaticinó Edmundo Valadés. Sabemos que pocas veces su cumplen esos vaticinios, y muchas de esas jóvenes promesas se quedaron con un one-hit wonder.
Don Edmundo no se equivocó. Aunque, hasta donde sé Dolores Zamorano (Tijuana, 1966) no siguió escribiendo y publicando, a Juan le quedaban veintitrés años que supo aprovechar al máximo.
Es memorable su foto en Europa a los 34 años: traje, corbata, gabardina a juego y una mirada de: “Se los dije, perros”, como alguna vez se expresó El Flaco en una conversación. Había ganado un premio de novela policial, y en el viejo continente. Y repetiría la hazaña, casi casi siguiendo los pasos de Hugo Sánchez, pentapichichi, pero un árbitro feroz le silbó en el 2010: se había acabado el juego.
III.- Tabaco para El Flaco
En julio del año 2007, Juan lo volvió a hacer: la Asociación Internacional de Escritores Policiacos (AIEP) le otorgó el Premio Dashiell Hammet a mejor novela policiaca escrita en castellano, por Cadáver de ciudad —“la esperada continuación de Tabaco para el puma”—, durante la Semana Negra, en Gijón, España, un festival que comenzó siendo literario y después se extendió a otras artes.
Nos encontramos después (año 2008) en Tonantzintla, donde unos perros nos cercaron, no sé por qué razón, y donde Juan vaticinó que se irían y nosotros nos quedaríamos: él había encendido su enésimo cigarro e íbamos a buscar algo para tomar. Y se fueron los canes. Y cuando, efectivamente partían los animales, con toda la sorna de que era capaz, Juan les dijo, con los ojos achinados y entre dientes, porque sostenía el cigarro en la boca: “Se los dije, perros.”
Nos reímos. Juan siempre tenía pretextos para reír. Pero, en el fondo, y no muy en el fondo, compartía lo que describía para sí el protagonista de Cadáver de Ciudad: está viendo en la televisión el programa Rescate 911 y expresa: “…una sensación de angustia comenzó a invadirme. No era el hecho de ver el programa o estar solo. Aun viviendo con mi esposa tenía la misma sensación de no compartir con nadie… nada. Angustia. Desazón.”
A lo largo de su narrativa, tengo para mí, Juan Hernández Luna compartió esa angustia, esa desazón, porque lo suyo no era una literatura hilarante y —nuevamente— rocambolesca, iba más allá de ese artificio: hombres y mujeres de sus libros, en realidad, transitan por un mundo de angustia y desazón. Y no siempre encuentran una solución, no lo pueden compartir con alguien. Y nunca hay finales felices.
Nunca. Aunque me acuerdo que, como nos gustaba el rock, él afirmaba que el mejor disco de rock en español, en directo, era el de Radio Futura. No despreciaba el Rock and Ríos de Miguel Ríos, un poco anterior al otro, y que yo halagaba, pero citaba cada canción del de Radio Futura para confirmar su dicho.
Entonces, en una de esas pláticas desembocamos en Los Beatles y, por alguna razón comentamos lo lejos que veíamos la historia narrada en “Cuando cumpla 64 años”. No sé qué edad teníamos, pero era tan lejos el día de llegar a esa edad, que saldamos ese tema hablando del gran disco que es Revolver.
Hoy, 19 de agosto del 2026, El Flaco hubiera cumplido 64 años. Le escribí una carta. Al final le dije: “Me tocó quedarme, pinche Flaco. Lo haré lo mejor que pueda, para que valga la pena tu esfuerzo, tu vida.”
Y fui a buscar tabaco para El Flaco.
Es cuanto.













